10/22/2025
La primera valoración de mi libro: DIARIO DE VIDA, la hizo Juan Carlos Roques, el editor de todos mis libros y no deja de engurruñarme el corazón cada vez que la leo, pero ahora más porque él no la está pasando bien. Por esas normas de hacer silencio frente al dolor ajeno he sido prudente, pero hoy volví a repasar su nota y quiero decirle gracias, gracias… para hacerle llegar mi cercanía, idéntica a la de él cuando escribió tan sentidas palabras.
“Pensé en escribir estas líneas al principio del libro, como suele hacerse. Pero preferí́ dejarlas para el final. No quería condicionar tu lectura ni entrometerme en lo que esta obra pudiera despertarte. Ahora que has llegado hasta aquí́, me parece el momento justo para contarte por qué este libro me tocó tan hondo.
He tenido el privilegio de editar ya cinco libros de Gladys Pérez, pero este, en particular, me atraviesa de una manera distinta. Quizás porque, más allá́ de ser su editor, antes fui su alumno. Aprendí́ con ella a contar historias con sonido, a hacer de la radio un ejercicio de sensibilidad, arte y corazón. Y eso —te lo aseguro— no se olvida.
Durante el proceso de edición, hubo una sensación que me acompañó todo el tiempo: este libro no solo está bien escrito, está vivo. Tiene alma. Y eso es raro. Gladys logra una mezcla difícil de encontrar: una prosa clara, directa, sin florituras innecesarias, pero al mismo tiempo cargada de emoción, de imágenes, de poesía cotidiana. Se atreve con temas que incomodan —la vejez, la muerte, el Alzheimer, la invisibilidad de las mujeres mayores— y los aborda con una
honestidad desarmarte. Sin disfraces. Sin discursos prefabricados. Sin miedo.
La verdad es que su forma de entrelazar ideas profundas con anécdotas personales, y de usar un lenguaje tan visual —como cuando habla de la “vejuquéz”, del “Wi-Fi colgado del corazón”, o dice que “cada arruga es un archivo”— le da al texto una identidad única. Cercana. Vibrante. De esas que te hacen reír con una frase y, al renglón siguiente, te aprietan el pecho con otra.
Además, hay algo fundamental que lo distingue: Gladys no observa la realidad desde afuera, la cuenta desde adentro. No habla de los viejos, habla como vieja. Y lo hace con una lucidez poco común, con ternura, con humor, con rabia a veces, pero también con una capacidad de asombro que emociona. No analiza la vejez: la habita. La interroga. La desmonta. Y la dignifica.
Eso la convierte, sin duda, en una cronista. No en el sentido clásico del periodismo, sino como alguien que recoge lo que otros no miran. Alguien que atrapa gestos, frases, escenas mínimas que parecerían invisibles... si no fuera porque ella las escribe y las hace brillar.
A veces parece que estuviera hablándote en la cocina, mientras revuelve un café y recuerda algo que vale la pena contar.
Y otras veces te lanza una frase como si fuera un espejo: te hace verte en ella, aunque no tengas la edad, ni las cicatrices, ni los achaques.
Este libro es más que un testimonio. Es una toma de posición ante la vida. Una tesis escrita con entrañas, con humor, con palabras simples que pesan como verdades. Si tuviera el poder, movería cielo y tierra para que llegara a todas las bibliotecas posibles. Porque este libro no solo merece ser leído. Merece quedarse. Formar parte de ese pequeño grupo de libros que no se olvidan.
Y es que lo que aquí́ se dice —sin aspavientos, sin moralismos, sin recetas— ilumina zonas que muchas veces preferimos dejar en penumbra. Y lo hace desde un lugar profundamente humano, con esa sabiduría que solo se alcanza después de haberlo vivido todo... o casi todo.
Gracias por llegar hasta aquí́.
Ojalá este libro también te haya dejado pensando.
O sintiendo.
O, si tienes suerte, ambas cosas”.
Juan Carlos Roque García