08/05/2026
La palabra παράβολή (parabolḗ) está relacionada con el verbo παραβάλλω (parabállō), formado por παρά, “junto a”, y βάλλω, “poner, arrojar o colocar”. Su sentido fundamental consiste en colocar una realidad junto a otra para que la comparación permita descubrir una relación, una diferencia o una verdad que no había sido expresada directamente.
Una parábola puede presentar sembradores, comerciantes, jueces, propietarios, deudores, trabajadores, mujeres que buscan objetos perdidos o familias divididas. La narración no depende de que esos personajes puedan identificarse históricamente. Su valor procede de la realidad que coloca delante del oyente y de la respuesta que provoca en él.
Por esta razón, la naturaleza parabólica de un relato no convierte su enseñanza en algo irreal. Cuando Jesús habló del trigo y la cizaña, empleó una escena agrícola, pero después explicó que la cosecha representaba la consumación de la era, los segadores eran los ángeles y la separación correspondía al juicio. La historia era parabólica; la verdad escatológica comunicada por ella formaba parte de su enseñanza.
La definición popular de una parábola como “una historia terrenal con significado celestial” resulta útil, pero incompleta. No todas las parábolas son historias desarrolladas ni todos sus temas pertenecen exclusivamente a una realidad celestial. En Lucas 4:23, el dicho “Médico, cúrate a ti mismo” recibe el nombre de parabolḗ. En Lucas 6:39, la pregunta acerca de un ciego que guía a otro también es presentada como parábola. El término podía abarcar comparaciones, proverbios, imágenes breves, enigmas y narraciones más extensas.
Jesús tampoco inventó esta forma de enseñanza. Mucho antes de su nacimiento, diferentes culturas ya utilizaban relatos, comparaciones, fábulas, proverbios y enigmas para transmitir sabiduría, denunciar abusos, formar gobernantes y conducir al oyente hacia una conclusión sin expresarla inicialmente de manera directa.
En Mesopotamia se han conservado tablillas de finales del tercer milenio y comienzos del segundo milenio antes de Cristo que contienen proverbios, acertijos, fábulas y poemas de disputa. En obras como “El debate entre la oveja y el grano”, dos elementos de la vida cotidiana son personificados y presentan argumentos acerca de su utilidad y superioridad. Otros textos enfrentan al ave con el pez, al verano con el invierno, al cobre con la plata o al azadón con el arado.
Estas composiciones no son idénticas a las parábolas de Jesús, pero pertenecen a la misma historia antigua de la enseñanza indirecta. En lugar de presentar una conclusión abstracta, colocaban personajes, animales, plantas u objetos dentro de una situación que obligaba al público a comparar, evaluar y decidir.
En Egipto, la literatura sapiencial también utilizó narraciones y discursos figurados para enseñar acerca del orden, la justicia y la conducta. “El campesino elocuente”, conservado en manuscritos del Reino Medio, cuenta la historia de un hombre pobre que es despojado de sus bienes y presenta repetidos discursos ante una autoridad para exigir justicia. El relato combina narración, ironía, metáforas y reflexión política. Su propósito no se limita a contar lo que le ocurrió a un campesino; convierte su situación en una exploración acerca de la responsabilidad de quien administra justicia.
Las instrucciones egipcias atribuidas a sabios como Ptahhotep y Amenemope emplearon proverbios, imágenes y comparaciones tomadas de la vida diaria para formar a funcionarios y escribas. El principio era claro: una realidad conocida podía colocarse al lado de una enseñanza ética para facilitar su comprensión y conservación.
En Grecia se desarrolló la tradición de las fábulas atribuidas a Esopo, vinculada convencionalmente con el siglo VI antes de Cristo. En ellas, animales y objetos actuaban como seres humanos para exponer la necedad, la ambición, el abuso de poder o las consecuencias de determinadas decisiones. La fábula solía terminar con una enseñanza moral reconocible.
La fábula y la parábola comparten el uso de la comparación y la narración indirecta, aunque generalmente funcionan de manera diferente. La fábula permite que animales, plantas u objetos hablen y actúen como seres humanos. Las parábolas de Jesús suelen desarrollarse dentro de situaciones humanas posibles: sembrar, trabajar, prestar dinero, asistir a una boda, perder una moneda, administrar una propiedad o enfrentar un conflicto familiar. La escena parece cotidiana hasta que aparece una decisión, una inversión o un desenlace que obliga a reconsiderarla.
La tradición más cercana a Jesús se encuentra en el מָשָׁל (māšāl) hebreo. Este término posee un campo semántico más amplio que nuestra palabra “parábola”. Puede designar un proverbio, una comparación, una fábula, una sátira, un discurso figurado, un enigma o una narración con enseñanza. Cuando las Escrituras hebreas fueron traducidas al griego, parabolḗ se convirtió en una de las palabras utilizadas para traducir māšāl.
El Antiguo Testamento contiene ejemplos claros. En Jueces 9, Jotam cuenta que los árboles buscaron un rey. El olivo, la higuera y la vid rechazaron abandonar su función, mientras la zarza aceptó gobernarlos y terminó amenazando con fuego a quienes no se refugiaran bajo su sombra. Los árboles no constituyen el tema real de la historia. La fábula denuncia la elevación de Abimelec y la insensatez de quienes lo habían proclamado rey.
En 2 Samuel 12, Natán se presentó ante David y le habló de un hombre rico que poseía muchos rebaños y de un pobre que solamente tenía una pequeña oveja. El rico tomó la oveja del pobre para preparar alimento a un visitante. David escuchó, se indignó y pronunció juicio contra aquel hombre. Entonces Natán declaró: “Tú eres aquel hombre”.
La narración permitió que David emitiera una sentencia antes de reconocer que estaba juzgando su propia conducta. Natán no comenzó con una acusación directa; construyó una escena en la que el rey participó emocionalmente y terminó revelándose a sí mismo. Esta es una de las capacidades más importantes de la parábola: conduce al oyente a tomar posición antes de que descubra que la enseñanza lo incluye.
Ezequiel 17 une expresamente el māšāl con el חִידָה (ḥidāh), el enigma. El profeta presenta una gran águila que toma la copa de un cedro y una vid que dirige sus raíces hacia otra águila. La imagen necesitaba interpretación, porque representaba reyes, alianzas y decisiones políticas. La enseñanza estaba presente desde el principio, pero permanecía oculta para quien solamente escuchara una historia acerca de aves y plantas.
Por tanto, la parábola bíblica posee una doble capacidad. Comunica una verdad y, al mismo tiempo, evita entregarla de manera inmediata. Quien reconoce la comparación puede avanzar hacia su significado. Quien se conforma con la superficie recibe solamente la narración.
Jesús heredó esta tradición profética y sapiencial, pero la utilizó con una fuerza particular para anunciar el Reino de Dios, confrontar estructuras religiosas, revelar la condición humana y exigir una respuesta. Sus parábolas no eran adornos colocados dentro de un discurso. Muchas veces constituían el discurso mismo.
El ambiente de sus historias procedía de la vida de Galilea y Judea. Semillas caían en terrenos diferentes. Los trabajadores esperaban ser contratados en la plaza. Los propietarios arrendaban viñas y viajaban. Las familias negociaban herencias. Las mujeres molían harina y encendían lámparas. Los pastores contaban sus ovejas. Los pescadores separaban lo útil de lo que debía desecharse. Los deudores podían terminar en prisión y las bodas dependían de una preparación que no podía improvisarse a última hora.
La familiaridad de esas escenas permitía que personas sin educación especializada siguieran la narración. Sin embargo, reconocer los objetos y las costumbres no garantizaba comprender la enseñanza. La parábola podía ser sencilla en su vocabulario y exigente en su significado.
La historia del buen samaritano comienza respondiendo a la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”. Jesús no ofrece una definición jurídica. Presenta a un hombre herido, a dos representantes religiosos que pasan de largo y a un samaritano que se detiene. Al final cambia la pregunta: “¿Quién de estos tres fue el prójimo?”. El intérprete de la Ley había preguntado quién merecía ser incluido dentro de la categoría; la parábola lo obliga a pensar en quién está dispuesto a comportarse como prójimo.
En la parábola de los labradores malvados, Jesús habla de una viña, unos arrendatarios, los siervos enviados por el propietario y finalmente su hijo. Los principales sacerdotes y los fariseos comprendieron que hablaba de ellos. La parábola no siempre impedía entender. En ocasiones permitía que los destinatarios reconocieran perfectamente la acusación, aunque rechazaran su contenido.
La función de ocultar aparece de manera particular en Marcos 4. Después de narrar la parábola del sembrador ante una gran multitud, Jesús declara: “El que tiene oídos para oír, oiga”. La frase señala que escuchar sonidos y comprender el mensaje son actos diferentes.
Marcos continúa diciendo:
“Cuando estuvo solo, los que estaban cerca de él con los doce le preguntaron sobre las parábolas”.
El texto no limita la pregunta a los Doce. La expresión οἱ περὶ αὐτὸν σὺν τοῖς δώδεκα (hoi perí autón syn tois dṓdeka) incluye a “los que estaban alrededor de él junto con los Doce”. Había un grupo más amplio que permaneció cerca y quiso comprender.
La diferencia no se estableció simplemente entre una multitud ignorante y doce hombres privilegiados. La narración distingue entre quienes escucharon la parábola y quienes, después de escucharla, continuaron alrededor de Jesús y preguntaron. La explicación fue recibida por quienes no consideraron suficiente haber oído la historia.
Jesús les respondió:
“A vosotros os es dado conocer el misterio del Reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas”.
Μυστήριον (mystḗrion) no describe aquí un acertijo reservado para personas con una capacidad intelectual superior. Se refiere a una realidad que necesita ser revelada. El Reino estaba actuando delante de todos, pero su forma no coincidía con las expectativas dominantes. Las parábolas permitían reconocerlo a quienes estaban dispuestos a escuchar y mantenían su significado oculto para quienes permanecían fuera.
Marcos relaciona esta función con Isaías 6:9-10:
“Para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan”.
En Isaías, el profeta es enviado a una población que ha escuchado repetidamente, pero ha endurecido su respuesta. La palabra que podía conducir al entendimiento también confirmaba la insensibilidad de quienes se negaban a recibirla. Jesús aplica esa misma dinámica a su enseñanza.
Mateo 13 expresa la situación diciendo que Jesús hablaba en parábolas porque, aunque miraban, no veían, y aunque escuchaban, no entendían. Marcos resalta el efecto de la parábola sobre quienes estaban fuera; Mateo destaca la condición previa de un público que ya había decidido cómo escuchar. Ambas perspectivas se encuentran en la misma escena: la parábola revela y oculta según la disposición del oyente.
Esto significa que Jesús no utilizaba las parábolas únicamente para simplificar enseñanzas difíciles. Algunas fueron pronunciadas precisamente para evitar que una audiencia superficial recibiera una explicación completa sin involucrarse. La historia despertaba una pregunta, pero la respuesta requería permanecer, acercarse y escuchar nuevamente.
Marcos 4:33 declara que Jesús anunciaba la palabra mediante muchas parábolas “conforme a lo que podían oír”. El versículo siguiente añade que, cuando estaba en privado con sus discípulos, les explicaba todas las cosas. La enseñanza pública presentaba la narración; la cercanía del discipulado permitía profundizar en su significado.
La parábola funcionaba así como una selección de oyentes. No separaba necesariamente a los inteligentes de los ignorantes, sino al espectador del discípulo, al curioso momentáneo de quien estaba dispuesto a continuar preguntando. Algunos recibían una historia memorable. Otros percibían que la historia escondía una verdad y buscaban su explicación.
Esto tampoco significa que cada detalle de una parábola deba transformarse en un código independiente. La tierra, las monedas, los trabajadores, los caminos, las lámparas o los animales pertenecen a la construcción narrativa. Algunos elementos representan realidades concretas porque el texto mismo los interpreta; otros hacen posible el desarrollo de la escena. La interpretación debe comenzar con el contexto, la audiencia, el conflicto que provocó la parábola y la respuesta que Jesús buscaba producir.
Una parábola puede comunicar más de una implicación sin permitir significados ilimitados. La historia del hijo perdido habla de un padre, dos hijos, una herencia, una partida y un regreso. Cada personaje participa en la enseñanza, pero el relato sigue respondiendo al conflicto de Lucas 15: los escribas y fariseos criticaban que Jesús recibiera a pecadores y comiera con ellos. Separar la parábola de esa situación permite inventar interpretaciones que el relato nunca pretendió comunicar.
También debe distinguirse entre la historicidad de una narración y la verdad de su contenido. Un personaje puede no haber existido como individuo identificable y, aun así, representar una condición real. Una escena puede estar construida para enseñar y contener datos verdaderos acerca de la sociedad, el juicio, el Reino o la muerte. Clasificar un relato como parábola establece su forma literaria; no elimina automáticamente la realidad hacia la cual apunta.
En conclusión, la parábola es una antigua forma de enseñanza mediante comparación, narración, imagen y enigma. Mesopotamia, Egipto y Grecia utilizaron recursos semejantes siglos antes de Cristo. Israel desarrolló el māšāl dentro de su literatura sapiencial y profética para enseñar, confrontar y revelar aquello que una declaración directa no habría producido de la misma manera.
Jesús recibió esa tradición y la convirtió en uno de los principales vehículos de su enseñanza. Mediante las parábolas anunció el Reino, expuso las intenciones de sus adversarios, obligó a sus oyentes a emitir juicios y colocó delante de ellos verdades que requerían algo más que presencia física para ser comprendidas.
Las multitudes podían escuchar la misma historia, pero no todas adoptaban la misma posición ante ella. Quienes se conformaban con la superficie conservaban solamente el relato. Quienes permanecían alrededor de Jesús, reconocían que faltaba comprender algo y preguntaban, recibían una explicación más profunda.
La parábola no ocultaba la verdad para volverla inaccesible. La colocaba a una distancia que permitía descubrir quién estaba realmente dispuesto a acercarse para entenderla.