27/02/2024
Todo el panorama relacionado con la ley de excepción decretado por el Gobierno salvadoreño en pro de la seguridad y bienestar de sus habitantes, ha abierto una gran conversación en temas sociales y políticos en la región y en el mundo entero, pero: un asunto es lo que puede concluirse desde las percepciones y teorías, y, otro es lo que se vive siendo un poblador más de las calles y colonias en El Salvador. El estar allí, definitivamente, es vivir otra realidad acompañada de diferentes perspectivas. .
Entonces, desde la sensibilidad como fotógrafo independiente para encontrar elementos positivos y de construcción social, con la convicción de poder ver realidades de manera diferente, lejos de los medios masivos que mediáticamente arman un discurso común y oficial del panorama, lejos de esa perspectiva particular de un turista perdido muchas veces de la verdadera realidad; he tomado la cámara y, en un acercamiento a los distintos pueblos alejados de la capital, he ido documentando y buscando historias que nos puedan dar una lectura cercana a las realidades que hoy han transformado el pueblo Salvadoreño.
En un recorrido de esos, he llegado al municipio de Suchitoto, una población ubicada a 48 km de la capital y reconocida por marcar la historia como un territorio de influencia desde siglos pasados. Con el desarrollo de la guerra civil del país en los años 80, Suchitoto fue una de las poblaciones más afectadas, generando un caos donde la mayoría de sus habitantes emigraron y la dejaron casi abandonada. La historia dice que de los casi 10.000 pobladores para esa época, apenas 50 familias alcanzaron a permanecer en su territorio y resistir los embates de la violencia.
Luego de la guerra, llegó todo el flagelo de las pandillas, donde por supuesto, Suchitoto también sufrió todo lo relacionado con esta cruda problemática, donde por muchos años más, le tocó resistir a esa nefasta realidad que, por sus condiciones, los hacían más vulnerables.
Hoy el panorama afortunadamente es otro y podemos hablar de verdadera paz y libertad, la misma que en mi ejercicio fotográfico, puedo dar testimonio a través de los rostros de las personas que aparecen allí. De ese pequeño grupo de pobladores, cuando todos se fueron por la guerra en un fenómeno de desplazamiento colectivo, abandonando incluso de manera radical del país; solo quedaron quizás los valientes, los más fuertes o, los más desfavorecidos, los más vulnerables, los más solitarios; o quizás, los que tenían más fe.
Ya han pasado más de 40 años desde que la guerra y la violencia se robaron la libertad, la tranquilidad, la felicidad. Ya han pasado más de 40 años cuando algunas de aquellas pocas familias que resistieron y se quedaron, hoy; con la experiencia de adultos, con la lentitud por los años transcurridos, con la sonrisa gastada y dando gracias a todo lo que hoy está pasando en temas de seguridad En el Salvador; hoy pueden mirar con tranquilidad y tener la certeza de sentir, una verdadera y nueva, realidad. Ya hoy no hay miedo, las calles se han convertido en el más bonito espacio de compañía.
Entonces con esas políticas en seguridad implementadas con la ley de excepción, se ha abierto una conversación amplia sobre la defensa de los derechos humanos en El Salvador, los ojos de la comunidad global están puestos allí desde el desconocimiento absoluto de lo que verdaderamente pasó en décadas, con el pueblo salvadoreño, donde la libertad siempre estuvo atrapada en el absurdo de la delincuencia e inseguridad; sus derechos siempre estuvieron presos de la violencia.
Las marcas aún están presentes y parte de la soledad también, las calles son testigos de ello y, gracias a este ejercicio fotográfico, los rostros que hoy vemos documentados, son el símbolo más bonito de resiliencia donde el testimonio quizás se sustenta en esa verdadera libertad que hoy reflejan, la misma que ellos hace mucho tiempo, habían dado por perdida pero que los hizo demasiado fuertes, porque siempre permanecieron allí.