30/01/2024
—“Jesús está vivo, Jesús es todopoderoso, Jesús vive en nosotros por la fe. Y además Jesús está a nuestro favor, no en nuestra contra. Él te ayudará en tu lucha contra el pecado en el navegar de tu vida. Confía en Él” —J. Piper
Cristo ha sido el capitán de este bote ya por un buen tiempo, hemos navegado distintas aguas, algunas grandes y muy profundas y otras no tanto. Al principio siempre hay una inmensa emoción y ansias de muchas aventuras. Cuán bueno es que mi Señor sea el capitán, es uno de mis primeros pensamientos.
Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que Cristo es el capitán pero también yo sé navegar. Hay cosas en esta vida que puedo manejarlas mejor yo y para qué molestar no? (Como si eso fuera posible) No te preocupes Señor, aquí lo tengo todo bajo control (la mentira más grande que puedo tener en mi mente)
Advertencias vienen y van, tormentas pequeñas pasan y sacuden al bote, lo controlo y pienso, lo sabía, yo puedo con esto (otra inmensa mentira) Me dejo llevar por el mar, sus aguas infinitas, su gran rugir, sus olas magníficas, por esos atardeceres que solo navegando el bote lo puedo ver, por ese sentir que produce lo creado en lugar del Creador y me pierdo, en el más grande y profundo mar.
Sé que el Señor es el capitán, Él está aquí, yace tranquilo descansando. Una tormenta se acerca, no la puedo evitar, me adentro en ella, el bote comienza a sacudirse como una hoja de papel, las fuertes olas cubren el bote como si fuera un pequeño grano dentro de un vaso. Lo que un día era magnífico de admirar, de repente se convierte en la más grande muestra de mi vida, yo, aunque puedo saber navegar, no soy el capitán, Cristo lo es y lo necesito profundamente, así que comienzo a rogar al Capitán, pero pareciera no haber respuesta y
preguntas me vienen a la mente, mi corazón incrédulo se llena de dudas y los distintos pensamientos comienzan a sucumbir todo mi ser.
Será que no le importa la tormenta que estamos atravesando? Seguro por estar dormido no lo ha sentido, susurra mi conciencia tratando de encontrar calma. Sé que soy responsable, me metí en esta tormenta y de seguro está esperando que yo misma nos saque de aquí, debo hacerme cargo, pienso que otra vez soy yo la que debe navegar. Todavía sin aprender la lección, la tormenta continúa y el temor solo aumenta, pero mi corazón no se rinde y en vez de mirar mi orgullo, de nuevo, miro a Cristo y cuestiono.
Si es Jesús, cómo no va a saber de semejante tormenta! Sentirá los vientos? Las olas? Los truenos? Los relámpagos? Acaso no es Él el experto en navegación? Acaso no tiene Él el control de todas las cosas?
Estará ahí realmente? Es real? Se dará cuenta en algún momento? Saldremos de esta? Acaso es posible librarme de tan grande tempestad? Me escuchará? Será que Él es realmente mi Capitán?
Ahora la desesperanza comienza a cobrar vida, no creo que salgamos de esta, hasta aquí llegamos, nada más oscuro que vivir bajo estas nubes negras, llenas de truenos y relámpagos, que sacuden el mar y hacen que las olas simplemente me consuman.
Cierro los ojos, anhelo tirarme del barco. Qué estoy haciendo aquí? Para qué me subí? Mi mirada se aleja del Capitán, y solo quiere enfocarse en la tormenta. Se me olvida que Él es quien está en control de todas las cosas. Esta tempestad es demasiado grande como para vencerla o pasar por ella, me convenzo a mí misma. Cuánto temor, cuántas dudas, cuánta incredulidad.
Pero el Capitán no depende de donde esté mi mirada para estar al mando. No porque yo estuviera navegando quiere decir que Él dejó de ser el Capitán. Su gracia, Su misericordia y Su perdón no vienen por méritos propios. Que Él sea el Capitán no depende de cuánto confíe o no en Él, Él está al mando de este bote, Él sostiene este bote, Él dirige este bote, y por si fuera poco, no solamente es el Capitán de este bote, es Aquel que controla la tormenta, las aguas y el mar.
Aún en medio de mi incredulidad, mis dudas, mis temores, mis mala decisiones, el yo misma querer ser capitán, y en donde puse mi mirada, el Capitán, Aquel que creó las aguas y que todo lo creado existe por Él y para Él, sale de Su descanso, tranquilo, calla la tormenta, terminan los vientos, el agua se calma y ahí, en medio quién soy, aún a pesar de mí misma, el Capitán, vuelve a poner mi mirada en donde corresponde, calma mi alma, sosiega mis miedos, me llena de consuelo, me infunde paz y aliento, y me llena de gozo.
La tormenta, al final de cuentas, era solo para que pudiera ver, aún mucho más de cerca, la grandeza de mi Capitán, Aquel que aún los vientos y el mar le obedecen, me recuerda, EN SUS MANOS ESTOY SEGURA, EN ÉL ES QUE HAY DESCANSO, NO HAY NADA MEJOR QUE NAVEGAR CON ÉL. ÉL ES EL CAPITÁN, NO YO.
Sin importar las tormentas que puedan llegar a mi vida, el Capitán de este bote es quien dirige mi navegar. La
meta no es vencer una tormenta o salir ilesa de ella, la meta es poder descansar en mi Capitán aún en medio de cualquier tormenta, sabiendo y recordando constantemente, Cristo es quién está al mando.
Las aguas de esta vida son inciertas, peligrosas, fuertes, profundas, y aunque pareciera que yo puedo navegarlas, no lo puedo hacer y está bien, solo recuerda, alma mía, Cristo es el capitán de mi vida.