20/10/2025
Páramo de Mifafí, Venezuela, octubre de 2009.
Fue la primera incursión que hice junto al compañero de montaña opher_camargo en el páramo de Mifafí, dentro del Parque Nacional Sierra de La Culata, en Mérida. Lo inclemente del clima y el desconocimiento de la ruta hicieron de aquella travesía una experiencia marcada por la incertidumbre, el frío y la neblina que apenas dejaba ver el camino.
Mientras ascendíamos, el paisaje se transformaba: los frailejones emergían entre la bruma como guardianes antiguos, y el silencio del páramo solo era interrumpido por el murmullo del viento rozando las laderas. Cada paso parecía adentrarnos más en un mundo detenido en el tiempo, donde la soledad y la grandeza de la montaña se mezclaban con el cansancio y la fascinación.
Coronamos finalmente el pico Piedras Blancas, a 4.737 metros sobre el nivel del mar, bajo un cielo cerrado y un frío que cortaba la respiración. Allí, rodeados de nubes y piedra, comprendimos que la montaña no se conquista: apenas se visita, y en cada visita deja una marca profunda, un recuerdo que se convierte en parte del propio viaje interior.