09/06/2026
En este viaje, he estado perseguida por la impresión de que los trenes conectan solo pedazos de tierra separados por agua. Como si fueran la única forma de unir lo que parece separado — una percepción que nunca había tenido antes, sobretodo porque ni ha sido el caso en los espacios geográficos por donde he paseado.
En este viaje he compartido techo con distintas dinámicas familiares. Algunas que me recuerdan a la mía. Otras con historias muy particulares de crianza y situaciones distintas. Familias que se tratan bonito y fluyen. Familias que se disfuncionan pero una pasta de amor las mantiene unidas. Familias que empiezan. Familias en crisis. Sin que ninguna sea mejor que otra, simplemente observando la diversidad y siempre fascinada por las interacciones humanas.
Y de pronto empiezo a pensar que somos como los trenes: tendiendo puentes entre distancias, con o sin agua de por medio. Países, generaciones, versiones de nosotros mismos, crecimientos y reparaciones. Unidas por necesidad, separadas por necesidad y/o aguantando por necesidad. Léase por necesidad amor o cualquier otra sentimiento en la rueda de emociones.
Traducimos las infancias, reconocemos a los adultos con niños por sanar. Entendemos conceptos, perdonamos, intentamos aceptar y todos continuamos.
Siempre existirán maneras de reconectar con nosotros mismos y con los nuestros.
Son distintas las razones y suertes por la que nacemos donde nacemos. Los factores y ecuaciones que nos hacen finalmente ser quiénes y cómo somos.
Toca honrar a ese pedazo de espacio que nos dio nuestro primer sentido de pertenencia y crecer. Fusionarnos, si es posible, con otro humano que vivió como nosotros su propia experiencia y si se puede, seguir extendiendo rutas a través de los hijos, construyendo historias y seguramente otros traumas y heridas.
Si no sabes si sigo hablando de trenes, está bien. Lo que finalmente quiero decir es que todo está conectado.