03/02/2026
MEMORIAS DEL CAMINO A MONZON
(por David Abal Abal)
Cuentan con gran nostalgia, recordando sus épocas doradas, los viajeros que ahora se apoyan en un bastón, aquellas hazañas al surcar caminos indómitos, desolados y repletos de peligro, cuando llegar hasta las selvas de Monzón era todo un desafío. Pero eso sí: siempre iban bien provistos en la lliclla o haku (manta), con suculentos fiambres preparados por sus bellas esposas: cuy frito, chicharon, cancha de maíz tostada con manteca de chancho y, el más durable, el rucucho, apropiado para esas travesías de días enteros. Nunca faltaba el wallki (bolsita de cuero de oveja tierna para la coca) ni las sagradas hojas que disipaban el agotamiento y el frío de las alturas.
Don Mañu, natural del pueblo de Llata y viajero experimentado, había atravesado esas pesadas rutas en más de una ocasión. Cuenta que en una de ellas se encontró a medio camino con una caravana proveniente del Callejón de Conchucos, que también se dirigía a las selvas de Monzón. De ellos cuenta en tono de burla amistosa, que viajaban más relajados, pues cargaban ollas de barro y, a veces, parecía que iban con casa y todo: se instalaban a cocinar a medio camino, alargando el viaje que normalmente duraba de dos o tres días hasta una o dos semanas, y exagerando, incluso, hasta un mes antes de llegar al destino final.
Los llatinos, en cambio, tan apresurados, pasaban volando a su lado. Y cuando volvían, los conchucanos apenas habían avanzado un tramo decente. De ahí nacían las bromas: cumpaa… kaychau takrashqaykiyaq wamipis hukpistanashi wachashqa (compadre… tú, hasta que tú vives aquí, tu esposa ya dio a luz de otro). A lo que los conchucanos, a quienes de apodo o gentilicio despectivo solían llamar “Gonchis”— respondían sin perder la calma: allichaq cumpaa, ashñupa kaptin karqakushachir, allqupa kaptin ushaatachir sapasisha, diablupa kaptin chupanta takaskirchir nanqasikushaq (está bien, compadre. Si es de b***o, echaré carga; si es de perro, mandare cuidar mis ovejas; y si es de diablo, cortaré su cola y el niño hará lo que le mande). Esta respuesta, más que generar tensión o conflicto, llenaba de carcajadas el ambiente, terminando todos mu***os de risa, celebrando la camaradería del camino.
Mañu, al viajar solo en aquella ocasión, se unió a esta caravana que caminó todo el día. y ya llegada la tarde, cuando el sol empezaba a brillar con más intensidad antes de ocultarse y los vientos de la Halqa hacían que los pajonales cantaran al son de los silbidos de los pajarillos de las alturas, apareció el zorro… caw caw caw, aulló antes de camuflarse entre la hierba alta, y avanzar sigilosamente hasta llegar al cadáver de una mula que había perecido por el cansancio y fue abandonada en el camino.
Los viajeros, viendo que el espectáculo prometía, se sentaron en la loma a descansar y masticar la coca, observando en silencio aquel insólito acontecimiento. Uno de ellos consultó a las hojas si aquel suceso era buen presagio, pero fue interrumpido por la súbita aparición de un enorme cóndor.
El ave dio tres vueltas completas en el aire y se posó de golpe sobre el cadáver, espantando al zorro que salió corriendo despavorido de la escena. De inmediato, el cóndor comenzó su faena abriendo un gran agujero en las entrañas de la mula y hundiendo su cabeza en ella, para saciar su voraz apetito.
Los viajeros miraban fascinados, sin decir palabra, cuando el más atrevido de los viajeros susurro: shumalla aywar, tiwyatskir say kunturpa hananman ratarkupti… imaraq kanman (si voy sigilosamente y salto a la espalda del cóndor, ¿qué pasaría?). La curiosidad pudo más que el juicio, y se levantó sin hacer ruido, acercándose a pasos de gato hasta estar a pocos centímetros de la inmensa ave. El cóndor, ensimismado en su festín, ni sintió la presencia humana. Entonces, de un salto ágil, el viajero se montó a su espalda. El cóndor, sorprendido y furioso, se sacudió con violencia y echó a correr por la planicie, extendiendo las alas e intentando levantar vuelo.
El viajero, sintiendo que estaba a segundos de ser llevado por los cielos, apretó las alas del cóndor con las piernas y gritó desesperado: ¡chakichaw viruyamuy heeeeee! ¡chakichaw wiruyamuy heeeeee! (¡oye… garrotéenle en el pie! ¡oye… garrotéenle en el pie!). Sus compañeros, que hasta ese instante disfrutaban del espectáculo, soltaron carcajadas antes de reaccionar. Pero cuando vieron que el ave ya casi se alzaba en vuelo con todo y jinete, corrieron con garrotes en mano en su auxilio. El cóndor zigzagueaba, corría, saltaba, trataba de volar; y el viajero, se aferraba como podía al lomo del ave.
Los viajeros se abalanzaron sobre el cóndor a garrotazos, pero en la confusión y el apuro acertaban más al pobre jinete que al ave. Entre tumbos y palos, el atrevido gritaba: ¡chakinchaw wiruyamuy heeee, chakinchaw wiruyamuy! (¡oye… garrotéenle en el pie! ¡oye… garrotéenle en el pie!). mientras recibía golpes por todos lados. Y cuando el dolor ya era demasiado, protestó a gritos: ¡Kunturta wiruyamuy nichaq, ana ñuqataq ari! (¡les digo que al cóndor le peguen, no a mí!). Pero en vez de detenerse, sus compañeros seguían dando palazos a lo que se moviera, porque entre alas, patas, plumas, gritos y polvo ya nadie distinguía quién era ave y quién era hombre.
Por fin, después de una buena tanda de garrotazos y confusiones, lograron derribar al gran cóndor. Exhaustos pero eufóricos, se regocijaron con la hazaña: nadie, en su sano juicio, se había atrevido jamás a montar un cóndor, y menos aún derribarlo. Como trofeo, se llevaron sus plumas, tan grandes que con ellas —dicen— se podían fabricar quenas, los denominados pinkullos de nuestra tierra.