02/03/2026
Soy fotógrafo.
He aprendido a congelar instantes, a robarle segundos al tiempo, a capturar miradas que duran para siempre. He detenido amaneceres, he guardado sonrisas, he inmortalizado abrazos que ya no volverán.
Y aun así… hay dolores que una fotografía no alcanza a cubrir.
Porque por más que tenga miles de imágenes, ninguna puede devolverme el sonido de su voz llamándome por mi nombre. Ninguna puede traer de vuelta sus manos sirviendo café en aquellas tardes tranquilas, donde el mundo parecía pequeño y suficiente. Ninguna puede capturar la forma exacta en que me miraba… esos ojitos llenos de amor, de orgullo, de una ternura que no se repite.
Extraño a mi mamá.
Extraño las tardes en que yo tocaba la guitarra y cantábamos sin importar si afinábamos o no. Extraño cuando me llevaba a la iglesia, cuando caminaba a su lado sin saber que algún día caminaría solo. Extraño cuando leíamos juntos, cuando todo era tan simple y tan verdadero.
Como fotógrafo sé que la memoria es frágil, que el tiempo borra detalles. Y duele saber que ninguna cámara fue capaz de capturar todo lo que ella era. Porque una madre no cabe en un encuadre. No cabe en un archivo RAW. No cabe en una impresión en papel fine art.
Hay cosas que solo se sienten.
A veces el recuerdo me golpea de repente: el aroma del café, una canción, un silencio demasiado largo. Y me doy cuenta de que lo que más extraño no es solo su presencia… es cómo me hacía sentir. Seguro. Amado. Suficiente.
Sus recuerdos siguen vivos en mi mente, y aunque el dolor de su ausencia pesa, también me doy cuenta de que todo lo que soy tiene algo de ella. Mi sensibilidad para ver la luz, mi manera de observar el mundo con profundidad, mi fe, mi forma de amar.
Tal vez una fotografía no basta.
Pero el amor que ella me dio sigue revelándose cada día en mi vida.
Y aunque mis ojos se llenen de lágrimas al escribir esto, también se llenan de gratitud. Porque tuve una mamá que me miró con un amor que ni el tiempo ni la muerte han podido borrar.
Y eso… eso es eterno.