02/09/2024
Ser fotógrafo es ser como un alquimista de emociones, un escultor de luz y sombra que capta lo invisible. Como fotógrafos, somos testigos silenciosos en la danza íntima de las parejas, donde cada mirada es un grito, cada gesto, una caricia. Nos acercamos tanto a sus almas que sentimos sus latidos resonar en nuestros propios pechos, como si el aire entre ellos y nosotros se cargara de su misma emoción. Es una paradoja: estamos tan cerca que casi tocamos su esencia, pero somos tan invisibles como el viento que juega con sus cabellos.
Luci y Eduardo: cada paso que dieron fue un gesto de poesía sin palabras, una mezcla de risas que sabían a promesas y lágrimas que brillaban con el sonido de la esperanza: "No sabes cuánto lo amo", fueron sus palabras. Y yo, con mi cámara en mano, éra como espejo infinito, reflejando ese amor que parecía más grande que el mundo mismo. Cada clic fue un latido, cada captura, una nota de una melodía, inmortalizando el instante efímero en que sus almas se encontraban y se reconocían.
Fotografiar es sentir más allá de la vista; es tocar con el corazón aquello que las manos no pueden alcanzar. En ese momento, mientras los veía girar y reír, comprendí que mi labor no era solo documentar un día especial, sino convertirme en el guardian de su amor, en el narrador de una historia escrita con luz. Sentí el calor de sus sonrisas en mi piel y el peso de sus sueños en mi espíritu. En cada fotografía, me llevo un pedazo de su alegría, de su entrega, como si cada imagen fuera una pieza de su universo que guardare para siempre.
Así fue la boda de Luci y Eduardo, una entrega mutua donde el amor se hacía tangible, casi palpable, y yo, como su cómplice, los atrape en su forma más pura y eterna.
Gracias 🙏