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20/10/2022

Te invito a leer mi , que esta ocasión se titula:

Antorcha es la voz del pueblo; el pueblo hecho voz

Ser retoño entre las flores
y fulgor entre los astros;
ser matiz entre colores
y una huella entre sus rastros.

Ser un lampo en la alborada
y una nota en melodía;
una gota en la cascada
y un destello de alegría.

¡Ser con ellos confundido!
¡En su ejército un soldado!
Si apartados, ¡he perdido!
Junto a ellos ¡he ganado!

El pasado fin de semana volví a convivir con mis compañeros dirigentes de las distintas comunidades del Istmo de Tehuantepec, organizadas en Antorcha. La pandemia, que ha trastocado la vida de millones de mexicanos, especialmente de las capas populares, nos impidió por mucho tiempo continuar con nuestras actividades masivas, por ello, esta reunión en la que platicamos de la problemática actual en nuestro país, fue un verdadero privilegio.

En primer lugar, hicimos un recuento de lo que ha pasado en estos casi tres años de pandemia: por un lado, el alejamiento por la Covid-19 de los líderes de las masas antorchistas; el Presidente y su llamada 4T, arreciaron su campaña contra nosotros motejándonos de “intermediarios”, negándonos el derecho constitucional de representación y petición, acusando sin prueba y con mofa, en televisión nacional a la “Antorcha Mundial” de recibir miles de millones de pesos de los impuestos; nos persiguieron por supuesto lavado de dinero, cancelando cuentas de negocios colectivos, que no de los líderes; se desató una campaña para alejar a nuestros comités y agremiados de comunidades y colonias, con el ofrecimiento de prebendas económicas y cargos electorales. Todo esto se completó con la aseveración de una cantidad considerable de políticos y poderosos en todo el país, de que estábamos a punto de desaparecer.

Más adelante discutimos problemas de vital importancia sobre los que todos los mexicanos debemos reflexionar: por ejemplo, que del 2018 al 2021 salieron más de 500 mil millones de pesos de inversionistas del país y en pandemia cerraron 1.6 millones de empresas medianas y pequeñas, ambas cuestiones influyeron para que se perdieran 12.5 millones de empleos, 10 millones de informales y 2.5 millones de formales; que van ya más de 130 mil mu***os en solo cuatro años de este gobierno, más que los que hubo en los seis años de Peña Nieto; que de 2018 a 2020 aumentaron en 5 millones los pobres y los especialistas sostienen que este año aumentarán en casi 3 millones más; que con la cancelación del Seguro Popular 15 millones de mexicanos dejaron de recibir atención médica, con lo que por ejemplo, ya no hay medicamentos para niños con cáncer; que se cancelaron los comedores comunitarios con lo que se afectó a 300 mil familias; que se cancelaron las escuelas de tiempo completo y con ello, 2 millones 700 mil niños se vieron afectados; que con la inflación de 8.76%, los mexicanos hemos perdido el 56% del llamado poder adquisitivo; y por si todo esto fuera poco, la corrupción aumenta de manera escandalosa, se deja de invertir en las obras y servicios de los pobres, mientras se invierten miles de millones de pesos en la Refinería de Dos Bocas, el Corredor y el Tren Transísmicos y, en los programas del llamado Bienestar con los que el presidente mantiene apoyo electoral de amplios sectores.

Finalmente, en su participación al micrófono, destacados líderes de nuestros comités, comentaron y argumentaron con la peculiar sencillez y sobria claridad que les da la vida a los miembros de nuestro pueblo, su experiencia cotidiana y las afectaciones que a sus condiciones de vida trae la problemática económica, política y social arriba mencionada. A la vez, ratificaron la comprensión de su papel de dirigentes de nuestra organización y, sobre todo, de que la lucha que encabezamos es más urgente que nunca, porque nuestro país no se está transformando, porque lo que morena encabeza es el proyecto político más desastroso de los últimos tiempos.

Por todo lo dicho, este evento que formó parte de un recorrido por esa región, me permitió, una vez más, comprender la importancia de estrechar lazos entre los líderes y las bases de nuestra organización. De tal forma que el cálido contacto con mis compañeros, la identificación plena en torno a la interpretación de la convulsa realidad y el camino a seguir para salir avante en ella y, sobre todo, su firme convicción y decisión de mantenerse unidos a su organización a pesar de la poderosa campaña para apartarlos de nosotros, despertaron en un servidor las emociones expresadas en los versos con que inicio esta colaboración, elaborados por mi entrañable compañera de vida y de lucha, y que tan bien sabe leer lo que siento.

Porque en ellos se recuerda que mientras Antorcha siga siendo el pueblo hecho voz, estará más viva que nunca, porque hemos logrado enraizar en las profundidades de su cariño y su confianza, y que nuestra lucha constante y tesonera, más temprano que tarde, formará una gran masa de mexicanos capaces de encabezar a nuestro país por la senda del progreso y desarrollo verdaderos.

20/10/2022

EL VOTO DEBE SER UN ARMA PODEROSA PARA DEFENDER NUESTROS LEGÍTIMOS INTERESES

Por: Aquiles Córdova Morán

Los problemas de nuestro país son múltiples y graves y no son de reciente aparición, vienen de mucho tiempo atrás, como lo atestiguan y confirman las luchas sociales del siglo XIX y principios del XX, principalmente la Guerra de Reforma (que inició en 1854, con la revolución de Ayutla, encabezada por don Juan Álvarez) y la Revolución Mexicana de 1910-1917.

Los hombres de la Reforma se proponían –dicho resumidamente– resolver cuestiones fundamentales como la delimitación precisa entre el poder temporal del Estado y el poder espiritual de la Iglesia, lo que se conoce comúnmente como la separación Estado-Iglesia, que definió el carácter laico del Estado mexicano. Esta reforma tuvo muchas repercusiones en la vida social y política de la nación, como el traspaso de las responsabilidades civiles y de la educación científica de las futuras generaciones al gobierno, y, algo más trascendental quizá, la desamortización de las tierras acaparadas por el alto clero, que en su mayor parte se mantenían ociosas en sus manos, para reincorporarlas de lleno a la actividad productiva, que mucha falta le hacía a la golpeada economía del país.

Sin embargo, justamente para realizar esas reformas había que resolver primero la vieja disputa entre liberales y conservadores sobre qué tipo de Estado debía establecerse en México, en sustitución del gobierno colonial español. Del lado conservador, había dos visiones: el ala más desfasada de los conservadores, inspirada en los Tratados de Córdoba que así lo estipulaban, era partidaria de la monarquía, aunque independiente del rey de España; la otra, compuesta por los menos trasnochados y mejor conocedores del espíritu nacional, abogaba por una república centralista, con un gobierno central único e integrada por provincias que debían quedar sometidas a ese poder central, lo cual era –en el fondo– lo más parecido a la monarquía española, pero convenientemente disfrazado con un traje republicano y democrático. Los liberales, en cambio, defendían un modelo de Estado republicano, democrático y federal, con un Estado nacional a la cabeza de entidades libres y soberanas regidas por una constitución, un parlamento y un poder judicial propios, pero rigurosamente compaginados con las disposiciones establecidas por la Constitución; dicho modelo era muy semejante al que privaba en Estados Unidos, cuya constitución era considerada el mejor modelo de una verdadera democracia.

Como ocurre siempre en la historia real, la Reforma no resolvió todos los problemas del país. La tierra, en particular, de nuevo se concentró rápidamente en manos privadas en lugar de distribuirse entre los campesinos pobres; se formaron más y más grandes latifundios, que se sumaron a los ya existentes (las famosas haciendas porfirianas), que con sus avaros y reaccionarios hacendados se convirtieron de facto en el poder más influyente en nuestra vida política. No podía ser de otro modo, si no olvidamos que todavía no existía un desarrollo industrial vigoroso y, por consecuencia, tampoco una clase obrera numerosa y organizada. Los hacendados –con el apoyo del gobierno– institucionalizaron el trabajo servil de los campesinos (los peones acasillados de las grandes haciendas) con bajos jornales pagados en especie, las tiendas de raya y las cárceles privadas para castigar a los siervos que intentaran huir.

La única actividad productiva de carácter industrial en aquellos años era la minería, sobre todo en el Bajío, el centro-norte y el norte del país, pero el trabajador minero vivía tan sometido y explotado como el peón acasillado. Existía también una industria textil casi artesanal, con obreros sobreexplotados, salarios de hambre y una productividad muy baja, que se ubicaba principalmente en la región centro de Puebla y Veracruz; toda, en manos de españoles. Aun así, creció la población y, con ella, la demanda diversificada de mercancías. También se produjo cierto desarrollo de las exportaciones mexicanas, particularmente de productos agrícolas como el azúcar, el café y el algodón, entre otros; de productos de la minería, como el oro y la plata, y algo de productos textiles.

El incremento de la demanda que estos cambios generaron sólo se pudo resolver, ante una productividad estancada, con jornadas de trabajo más largas y agotadoras, salarios más bajos (y reducidos aún más con multas arbitrarias) y nulas prestaciones a obreros y peones. Nuevamente, la situación se tornó explosiva, como antes de la Reforma, y no es casual que los primeros síntomas de la tormenta que se avecinaba surgieran entre los mineros de Cananea, en Sonora, y los obreros textiles de Río Blanco, cerca de Orizaba, Veracruz.

Estalló la Revolución; cayó la dictadura de Porfirio Díaz; fracasó la reforma puramente política y democrática que pretendía Francisco I. Madero, y el pueblo en armas entró en escena para saldar, a su manera plebeya –como dijo Marx–, sus cuentas pendientes con los privilegiados. Emiliano Zapata y Francisco Villa, los más conspicuos representantes de este genuino sentir popular, desdeñaron la oportunidad de hacerse con el poder y éste quedó, finalmente, en manos de la burguesía, la nueva clase en ascenso. Venustiano Carranza, su representante del momento, quiso modernizar al país: decretó la ley agraria del 6 de enero de 1915, abrió la puerta a las organizaciones obreras y promulgó la Constitución de 1917, pero no pudo –en parte, por su antiyanquismo visceral– impulsar el desarrollo industrial con el vigor que la nueva clase dominante demandaba: con ayuda de la inversión norteamericana; ello le valió perder apoyo social y cayó asesinado en Tlaxcalantongo.

Lo sucedieron Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Ambos quisieron regresar a la época de la reelección, que tan odiosa se había hecho con Porfirio Díaz, y ambos fracasaron (lección que deberían recoger los aprendices de brujo de nuestros días): Obregón fue asesinado en 1928, cuando ya era presidente reelecto, y Calles, en su intento de conservar el poder mediante hombres de paja, se estrelló contra la integridad revolucionaria y la dignidad republicana del General Lázaro Cárdenas.

Con Lázaro Cárdenas, la Revolución Mexicana alcanzó su punto más alto. Él repartió la tierra entre los campesinos; impulsó la organización obrera y campesina con la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y la Confederación Nacional Campesina (CNC); ejerció con hechos (no con desplantes oratorios vacuos y arrogantes) la soberanía nacional, al dar asilo a los transterrados españoles que huían del fascismo franquista y al revolucionario ruso León Trotski, cuando el mundo entero le había cerrado las puertas; expropió el petróleo y lanzó la más completa y cabal campaña de alfabetización, pues llevó las escuelas rurales hasta el último rincón del país.

Después de Cárdenas, la Revolución hecha gobierno renunció a toda veleidad socializante y se enfiló resueltamente por la senda del capitalismo, aunque sin metas precisas científicamente establecidas. Por esa razón, siguió un camino errático, de ensayo y error, que en cierta medida nos llevó del Milagro mexicano al Desarrollo compartido, de la “sustitución de importaciones” y la “autosuficiencia económica” al Estado benefactor, que gastó sin ton ni son hasta que detonó una inflación catastrófica y la devaluación del peso a niveles no vistos antes. Durante todo este proceso, lo único que se mantuvo constante fue el carácter mixto de nuestra economía –herencia de la Revolución–, un curioso intento de matrimonio entre dos formas de propiedad que por principio se excluyen entre sí: la empresa pública y la privada en la industria; el ejido y la agricultura capitalista en el campo. El resultado fue que ambas se combatieron y estorbaron entre sí todo lo que pudieron, lo cual entorpeció, en cada etapa, el desarrollo del país y agravó más la crisis económica nacional.

Fue por eso que Miguel de la Madrid consideró indispensable un cambio radical de rumbo hacia lo que ahora llamamos neoliberalismo, cambio que se consolidó con el presidente Carlos Salinas de Gortari. Como se puede observar, este giro no fue un capricho de nadie, sino la respuesta a una crisis económica que era ya inocultable. La economía mixta se había agotado sin resolver los grandes problemas nacionales: insuficiente crecimiento económico, bajos salarios, desempleo, pobreza generalizada, mala educación, mal sistema de salud pública y una corrupción galopante, en buena parte alimentada por la empresa pública que los funcionarios manejaban como su patrimonio personal (aquí se ve que las nacionalizaciones no son el remedio mágico que ahora se piensa).

Es verdad que nos vendieron el neoliberalismo como la solución perfecta a nuestros problemas. La receta era sencilla: privatizarlo todo y dejar el resto en manos de quienes sí saben de negocios: los señores del dinero. Pero no fue así. Aquí estamos de nuevo, con los mismos problemas que al principio, sólo que agravados por la avaricia privada, por la pandemia de la COVID-19 y por el gobierno de la Cuarta Transformación; el crecimiento económico es peor que antes; la concentración de la riqueza es más insultante, si cabe, mientras mucha gente pasa hambre o se muere por falta de medicinas y de médicos; el sistema de salud pública yace en ruinas; el desempleo crece; la baja del ingreso familiar aumenta; la educación es pésima; y la vivienda popular, el mejoramiento urbano de pueblos y colonias y los servicios básicos –como agua, luz y drenaje– están totalmente olvidados y sin fondos para su atención.

Todo eso nos está ahorcando, mientras el Presidente se la pasa peleando con los medios de comunicación de México y el mundo, con los intelectuales y los opositores y haciendo campaña a favor de sus candidatos. Para quitarnos toda esperanza –como dice Dante–, ahora nos ofenden y nos humillan al proponernos como candidatos a “ídolos populares” que no saben nada de política, pero son famosos. El 27 de mayo, Diego Fonseca publicó en el New York Times un artículo titulado “México y la decadencia de la política”, en el que señala: “La política cayó al terreno del freak show en México. El mercado electoral del país es un espectáculo que nada más parece necesitar los personajes rimbombantes de Federico Fellini. (…) Estas candidaturas silvestres, posibles en buena medida por las redes (dice mucho que un partido se llame Redes Sociales Progresistas) han banalizado la política cuando más se necesita vigilancia democrática, debates programáticos y planes concretos para resolver los problemas de fondo de México”.
El 1 de junio, Luis Carlos Ugalde dijo en elfinanciero.com.mx: “En los últimos veinte años se ha dado un proceso de degradación de la clase política local. Los tres principales partidos de la llamada transición a la democracia –PRI, PAN, PRD– son responsables de haber permitido que personas frívolas, incompetentes y corruptas fueran candidatos y luego gobernadores. (…) De los quince gobernadores que se elegirán este domingo, veo dos enormes riesgos (…). Si resultan ganadores, los habitantes (…) lo sufrirán a lo largo de los siguientes años con mayor corrupción, nepotismo, violencia e ingobernabilidad”.

Lo que dice Ugalde es verdad, pero lo que antes eran condenables excepciones, hoy es la norma gracias a la Cuarta Transformación. Respecto a los riesgos, hoy son ya una realidad (y no son los únicos), cuyos frutos envenenados –como Ugalde adelantó– no tardarán en aparecer; sin embargo, cualesquiera que sean, creo que es mi deber decir que sólo el 50 por ciento será culpa de quienes los postularon, el otro 50 por ciento será de quienes votaron por ellos.

Los mexicanos debemos tomar conciencia de esto, tenemos que preguntarnos qué piensan, y por qué lo piensan, quienes desperdician así su voto o, peor aún, lo usan para dañar sus propios intereses. Debemos preguntarles, si tenemos esa oportunidad: “¿qué esperan de una bailarina o de un descerebrado que no es capaz de hilar dos frases coherentes seguidas? ¿No les interesa el futuro de sus hijos, de su pueblo, de su país?”. Todo buen ciudadano mexicano debe tener claro qué país desea, a qué clase de vida aspira para él y los suyos y quién o quiénes son los mejor capacitados para convertir en realidad sus deseos. Y votar por ellos y sólo por ellos. Solamente así haremos de nuestro voto un arma poderosa para defender nuestros intereses legítimos y no una mercancía que vendamos o alquilemos por unos cuantos pesos, a cambio de soportar a un mamarracho en el poder tres o seis años. Tenemos que saber por quién votamos y por qué razones; si no, nos condenamos a vivir siempre como vivimos ahora, y no creo que nadie diga que es el paraíso, que así estamos bien, requetebién, y no necesitamos ningún cambio. Por hoy, la suerte está echada. Ya veremos qué nos depara el futuro inmediato, aunque no lo veo muy prometedor. Ojalá me equivoque.

* Texto de uno de los pronunciamientos que realiza el Ing. Aquiles Córdova Morán, los días jueves, vía redes sociales.

30/09/2022

Te invito a leer mi que esta ocasión se titula:

Insisto, se acrecienta el peligro de conflictos sociales en Oaxaca

Sé que es reducido el impacto que las opiniones críticas tienen en una sociedad controlada por los grandes medios de comunicación -que en su mayoría son empresas cuya línea editorial está supeditada a los convenios de sus contratantes-, y, que por tanto, mis modestos análisis poco influirán en la vida política de Oaxaca, sin embargo, los antorchistas no cejaremos en el intento de influir en la conciencia de los sectores relegados.

Los oaxaqueños enfrentan un sin fin de efectos de las contradicciones de la sociedad en decadencia en que vivimos, aquí algunos de ellos: la pérdida de más de 60 mil empleos formales en 2021 y más de 25 mil en lo que va de este año, según el INEGI; inflación de 10.3%, es decir, el segundo índice más elevado del país; el aumento alarmante de la violencia y los crímenes, pues en 2021 tuvimos 2, 258 homicidios y en lo que va del 2022, llevamos ya, 1, 210; un discurso sobre un “Modelo de Desarrollo” que se promueve a nivel nacional pero que excluye a muchos, debido a una administración plagada de funcionarios negligentes, insensibles y con reducida seriedad al frente de su cargo; radicalización de las manifestaciones de parte de organizaciones y comunidades ante el peligro de que el gobierno estatal saliente deje sin solución un elevado número de obras, conflictos comunitarios y problemas sociales; los estragos del cambio de poder en el estado, cuyos miembros se debaten en una batalla campal en las elecciones a presidentes municipales en los más de 400 municipios que se rigen por “Usos y Costumbres”, proceso que pudiera acrecentar los más de 200 conflictos intercomunitarios activos; y finalmente, indicios de que el próximo año habrá menos recursos para obras y servicios básicos.

Pero lo anterior corre peligro de agravarse porque, por si algo faltara, algunos políticos, funcionarios y portavoces de los poderes mediáticos, insisten en seguir combatiendo a las organizaciones y a las manifestaciones con calumnias y rabiosas declaraciones, para granjearse una posición o por lo menos favores y concesiones ante el gobernador electo. Con lo cual encaminan a la sociedad oaxaqueña a un entorno social que solo penderá del delgado hilo de la mesura y la sensatez de los funcionarios que despachen en la siguiente administración estatal, esperando que no aflore un solo exceso, que de nueva cuenta traiga la violencia a nuestra entidad como en el 2006 y 2016.

Hace unos días, por ejemplo, el diputado del PAN, Leonardo Díaz Jiménez sostuvo, sin pruebas, que los líderes de agrupaciones sociales se han “prostituido” por el interés económico, por lo que mencionó que era necesario regular las protestas en Oaxaca, para evitar bloqueos y manifestaciones que sólo afectan a las y los ciudadanos de la entidad, por ello lamentó que la iniciativa que propuso en ese respecto, esté en la “congeladora de la Comisión Permanente de Administración de Justicia”, finalmente dijo, que no está en contra del derecho a la manifestación, pero sí en frenar tantas protestas y bloqueos para evitar seguir afectando a los ciudadanos que son los más perjudicados (sic).

Por su parte, la Editorial de El Imparcial, con el encabezado “Los engendros del gobierno”, y sin presentar pruebas tampoco, sostuvo que la ciudadanía de la capital, distritos y municipios conurbados, vivieron un in****no de atropellos, amenazas y violencia en sus derechos civiles, al conculcárseles el derecho a la libre circulación con bloqueos, toma de casetas de peaje, carreteras e importantes vialidades y el acceso al aeropuerto, sin que ninguna autoridad restituyera esas libertades, cuando hace unos días, decenas de organizaciones “parasitarias de la dádiva gubernamental, exigían recursos millonarios”.

Estos indicios de enrarecimiento social pasan inadvertidos para el ciudadano común, tan poco familiarizado con la información que se adentra en cuestiones de fondo, que impactan de manera importante en la vida social de los oaxaqueños.

Nadie parece cuestionar a quienes se escandalizan por las manifestaciones y bloqueos -cuyo radicalismo no descalifica la justicia de sus reclamos y, sobre todo, la urgencia de solución a sus demandas legítimas-, y es que esos que dicen preocuparse por los derechos de los “ciudadanos, de los oaxaqueños”, que no caen en la cuenta que quienes se manifiestan, radicales o no, también son ciudadanos oaxaqueños y, peor aún, personas a las que se les violan sus derechos constitucionales de varias maneras, primero, al negarles acceso a una vida decorosa, con obras y servicios básicos en sus viviendas y comunidades, segundo, que ante el abandono de las autoridades, tienen que trasladarse hasta la capital para que se conozcan sus demandas, más tarde, otras tantas visitas para obtener compromiso de solución y, finalmente, marchas, plantones o bloqueos para que se cumpla la palabra empeñada de los funcionarios, es decir, un verdadero viacrucis.

¿Y qué dicen de esas violaciones, cuál es la defensa para estos ciudadanos, a quién recurrir, quién castigará a los funcionarios omisos? Nada, no dicen nada, porque no buscan justicia, buscan servir a los poderes en turno, sin importar que se ponga en peligro a la sociedad que dicen defender, al incitar a las autoridades a que detengan la inconformidad con represión.

El Movimiento Antorchista por su parte, sostiene que quienes violan la Constitución son aquellos que niegan el derecho a una vida digna a millones de mexicanos, y que por más promoción de la violencia que hagan, por más represión que promuevan, nunca podrán evitar que la sociedad luche por hacer efectivos sus derechos, porque a medida que empobrecen a la población, lenta pero paulatinamente, la van empujando a romper las cadenas que la aprisionan. ¡Cuidado con el fuego porque quienes lo encienden no son nunca los que lo apagan!

30/09/2022

LA INFLACIÓN ES UN EFECTO DE LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL

Por: Aquiles Córdova Morán

Tal vez todos estemos enterados de que el mundo entero padece una ola inflacionaria, es decir, una elevación generalizada de los precios de bienes y servicios que se compran y se venden en los mercados nacionales y en el mercado mundial. Se trata, dicen los entendidos, de una crisis universal de los precios como no se veía hace mucho tiempo.

Esta ola inflacionaria, como no podía ser menos, también nos está pegando a los mexicanos, aunque, desde luego, no a todos por igual. Forbes publicó hace poco la lista de las fortunas más grandes del mundo, entre las cuales hay muchos mexicanos cuya riqueza se incrementó durante la pandemia (y, en algunos casos, incluso más aceleradamente que en tiempos normales), mientras que los trabajadores formales e informales, los de empleo temporal y los que padecen desempleo abierto ven cómo sus ingresos se encogen, pierden valor y compran menos cada día.

Con el fin de ayudar a quienes más sufren los efectos de la inflación, el presidente López Obrador dio a conocer, el 4 de mayo de este año, el llamado Paquete de Acciones Contra la Inflación y la Carestía (PACIC), integrado por una serie de medidas que entró en vigor de inmediato y cuyo objeto, dijo el Presidente, es mantener estables los precios de 24 productos básicos, los de mayor demanda entre las clases populares; se trata de productos alimenticios como arroz, sopa de pasta, aceite, frijol, pollo, leche, carne de cerdo y de res, frutas y verduras. El PACIC también incluye medidas contra la inflación en general, entre las cuales destacan los subsidios al precio de la gasolina, el gas y electricidad; incentivos al cultivo de maíz y frijol para el autoconsumo, y la eliminación de aranceles a la importación de alimentos de gran demanda como trigo, papa, zanahoria y otros.

Desde su publicación, el plan antiinflacionario del Presidente despertó dudas sobre su eficacia, aunque por razones diferentes: por un lado, hay quienes lo critican por su falta de fundamentación económica y el consiguiente carácter errado de las medidas de contención que propone; por otro, hay quienes aseguran que es ingenuo creer que los grandes empresarios y comerciantes aceptarán reducir sus utilidades a favor del bienestar de los trabajadores.
Por ejemplo, Valeria Moy, directora general del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), divide el contenido del PACIC en dos clases de medidas: las que considera medidas recicladas de programas ya existentes y las que cree que debieran formar parte de nuestra vida cotidiana, tal como ocurre en cualquier Estado de derecho.

Entre las recicladas, menciona el mantenimiento de los subsidios a los precios de la gasolina, el gas y la electricidad, apoyos que costarán al erario 330 mil millones de pesos, una cantidad enorme de dinero que podría aplicarse de manera más productiva. “Mantener el precio de los combustibles bajo, sin duda, puede ayudar a contener la inflación, al ser estos de los principales insumos en cualquier proceso productivo, además de sus implicaciones evidentes en el costo del transporte. Pero esos estímulos cuestan y merman las finanzas públicas, además de ser profundamente regresivos” (página web del IMCO, 6 de mayo de 2022). Por mi parte, creo que el error es mucho más grave, porque el problema no es “contener” la inflación, sino erradicarla, acabar con ella de raíz, y los subsidios a los combustibles jamás podrán lograr eso. Son un paliativo caro, pero no una medida de fondo para resolver el problema. Se trata, además, de medidas forzosamente temporales, imposibles de mantenerse permanentemente, por lo que no sustituyen a las medidas curativas correctas.

Otras medidas recicladas, según Moy, son la continuación (y reforzamiento, quizá) de Sembrando Vida y Producción para el Bienestar, que tampoco atacan de raíz la inflación y que, en cambio, provocarán significativas distorsiones en el mercado. Relacionado con éstas, el Presidente ofreció ampliar el programa de entrega de fertilizantes a más estados del país, cuando sabemos que ese producto está escaseando en el mundo entero, debido a las sanciones impuestas a Rusia, y cuando es un hecho que la producción nacional es prácticamente inexistente. A esto se añade otra medida reciclada desaconsejable en un entorno inflacionario: se trata de los precios de garantía, que aseguran a los productores un precio mayor para sus productos que el que reina en el mercado. Eso obliga a los comerciantes libres a ofrecer un precio igual o mayor al de garantía, es decir, que esta política proteccionista presiona los precios al alza, al revés de lo que se necesita en un periodo de inflación.

Entre todas las medidas del PACIC, Moy considera como la más interesante la eliminación de aranceles a algunos de los 24 productos de la canasta básica, como papa, zanahoria, atún, trigo, maíz, limón, arroz, manzana, frijol y tomate. Tal medida puede resultar eficaz, dice, para bajar el precio de estos productos específicos, mas no para contener la inflación en general; aunado a ello, deja desprotegidos a los productores nacionales, que no pueden competir con el precio del producto extranjero. Además, es una medida que durará seis meses solamente. “¿Qué pasará al terminar este plazo? ¿Se regresará a los aranceles previos? ¿Se trabajará en un plan gradual de disminución arancelaria? ¿Se compensará a los productores por la pérdida de esta protección? Sobre eso, aún no sabemos nada”, dice Valeria Moy (página web citada).

En resumen, Moy señala que las medidas recicladas, es decir, las que vienen funcionando de tiempo atrás, han demostrado ya su ineficacia contra la inflación, puesto que no lograron impedir su surgimiento; que otras son igualmente ineficaces, pero riesgosas por las distorsiones que producen en el mercado; otras van en sentido contrario al combate a los precios altos, y, aunque una medida puede reducirlos, daña a los productores nacionales y será difícil revertirla al término de su operación. Es una manera seria y razonada de prever el fracaso del PACIC.

Una buena síntesis de las opiniones que ven el fracaso del programa en la imposibilidad de que las empresas y las grandes cadenas comerciales cumplan su palabra de renunciar a una parte de sus utilidades para mantener los precios de los productos de la canasta básica, es la opinión del Banco de México que, sin tomar partido anticipado respecto al éxito o fracaso del PACIC, ha dicho que cree que puede ser una buena medida de contención del alza de precios si el Presidente logra que se aplique correctamente y se cumpla con toda puntualidad. Queda implícito que, en caso contrario, el plan fracasará, como pronostican algunos.

Veamos, entonces, qué pasa en la realidad. Según la fecha de su publicación, el PACIC lleva ya más de un mes funcionando, y mucha gente se pregunta si ha habido o no resultados positivos. En una revisión rápida de los medios, he encontrado que casi todos coinciden con que la mayoría de los 24 productos enlistados por el Presidente, lejos de haberse mantenido estable, ha subido de precio. Unos pocos son los que han bajado, pero los comerciantes aseguran que se trata de una baja estacional, es decir, que se debe a que estamos en la temporada de mayor producción, y no como consecuencia del PACIC. La mayoría de informadores reporta alzas en los precios de alimentos tan básicos como arroz, leche, huevo, pollo, chuleta de puerco, aguacate, bistec de res, jitomate, chile serrano y chile verde en general, azúcar y sal, por mencionar los más importantes.

Viejos y experimentados vendedores de la Central de Abastos relatan significativos cambios en la conducta de sus clientes, que delatan el poco dinero con que cuentan y el penoso esfuerzo que hacen por ahorrar y estirar el gasto. Por ejemplo, hay una renuncia generalizada a adquirir productos empaquetados por kilo o más y de marca conocida; los consumidores optan por comprar a granel o por pieza, aunque corran el riesgo de obtener productos de mala calidad. Huevo, aguacate, jitomate, fruta, limón o cebolla por pieza, ya no por kilo o por reja; ya no compran arroz, frijol, pasta para sopa o azúcar en paquetes con sello de marca, adquieren cantidades menores a granel. Lo mismo ocurre con productos no alimenticios, como los de limpieza del hogar, garrafones de agua y productos para el aseo personal como afeites, cremas, lociones y perfumes.

Los comerciantes de tales productos se quejan de que todo esto se traduce en menores ventas que, además, deben ofrecer a precios fijos, lo cual reduce sus ganancias, que nunca fueron muy grandes. Algunos aseguran: “Abrimos el negocio por costumbre o por deber de trabajar, pero la verdad es que hay días en que nos vamos en blanco, es decir, con cero ganancias”. Los clientes, por su parte, señalan que los precios más altos son los de las cadenas de autoservicio y los de grandes negocios en los centros urbanos, esto es, justamente aquellos que, según el Presidente, se comprometieron de muy buena voluntad a mantener precios fijos.

A la vista de estos hechos, la opinión más difundida es que el PACIC es un fracaso rotundo, uno más de los inventos distractores de la Cuarta Transformación. Sin embargo, algunos especialistas dicen que las medidas del Paquete son de aquellas cuyos resultados sólo empezarán a verse en un año o más, por lo que hacer ahora un juicio definitivo es prematuro e inexacto. Pero hay también quienes afirman que estamos ante un fracaso inevitable, en virtud de que el plan fue elaborado sin base científica y sin un conocimiento a fondo de la naturaleza de la inflación actual; creen que se trata de una maniobra mediática de corte electorero con vistas a la lucha por la presidencia de la República en 2024.

Yo soy de los que piensan que el PACIC es un fracaso rotundo por una razón evidente: ni el Presidente ni quienes lo asesoran en estas materias han dado muestras de estar conscientes del carácter excepcional, muy complejo y difícil de explicar, de la inflación mundial actual, al grado de que tiene desconcertada a la flor y nata de los economistas del capital global, al Foro Económico de Davos, dirigido por el filonazi Klaus Schwab. Ellos y todos los expertos en la globalización neoliberal han sostenido, al menos desde la década de 1980, que la inflación es un fenómeno puramente monetario y que, cuando se presenta, es consecuencia siempre de un descontrolado exceso de circulante en la economía que provoca una demanda excesiva de bienes y servicios, demanda excesiva que los productores no pueden satisfacer y a la que responden elevando los precios de sus productos. El remedio clásico es elevar la llamada tasa de interés referencial, responsabilidad del Banco Central de cada país, con objeto de retirar dinero de la circulación. Esto provoca el empobrecimiento de los consumidores, que disminuyen su demanda y, por tanto, los precios, aunque también provoca un menor crecimiento de la economía.

Pero sucede que hoy no se dan los supuestos de la teoría neoliberal: no hay una acelerada expansión económica, ni un exceso de la demanda, sino una crisis de bajo crecimiento del PIB mundial y una desigualdad y empobrecimiento crecientes de las grandes masas, que reducen su capacidad de compra y de consumo. Y, sin embargo, la demanda supera a la oferta de productos. La receta clásica de elevar las tasas de interés, entonces, agravará el problema en vez de curarlo, al acelerar la contracción económica y, con ello, la escasez de la oferta. Los precios subirán más en vez de bajar.

Lo que sucede en realidad es que la pandemia y la inseguridad mundial, provocada por la política guerrerista y rapaz de Estados Unidos, han puesto al descubierto que la inflación no es un fenómeno monetario, sino estructural, inherente al hambre de ganancia del capital, que se traduce en una lucha permanente entre la utilidad de las empresas y el salario de los trabajadores. La pandemia y la amenaza de guerra nuclear han desorganizado el mercado de insumos y de materias primas para los grandes monopolios, lo cual ha elevado sus costos de producción y disminuido sus utilidades. Para defenderlas, en virtud de que los salarios ya están bastante deprimidos, no les queda otro recurso que echar mano de su poder monopólico de imposición de los precios a escala planetaria ralentizando la producción, es decir, generando una escasez artificial y, por tanto, una elevación de los precios.

Así, la inflación actual es una manifestación clara del agotamiento irreversible de la globalización neoliberal, algo que no pueden curar las viejas recetas de esa misma globalización neoliberal. La única solución posible es la lucha mundial de los obreros por mayores salarios y mejores niveles de vida; una lucha no contra los patrones, sino contra el capital. Es eso, justamente, lo que no ve el PACIC de López Obrador, de ahí que esté condenado al fracaso, eso sí, en perjuicio de las clases pobres del país. Los obreros mexicanos necesitan saber que llegó la hora de recordar y poner en práctica la consigna lanzada por Marx y Engels en su tiempo: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Antorcha los llama a eso.

* Texto de uno de los pronunciamientos
que realiza el Ing. Aquiles Córdova Morán, los días jueves, vía redes sociales.

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