06/07/2026
La Llorona de La Purísima y El Ejido
Para muchos, la historia de La Llorona no es solo una leyenda. Desde hace generaciones se dice que su lamento recorre los ríos, arroyos y manantiales, buscando sin descanso a los hijos que perdió. Hay quienes aseguran que nunca la han escuchado, pero quienes sí lo han hecho difícilmente olvidan aquel escalofrío que les recorrió el cuerpo.
Lo que voy a contar me sucedió a mí, allá por los años ochenta, en Tacámbaro.
En aquel entonces, los afluentes de agua que cruzan esa parte del municipio eran muy distintos a como los conocemos hoy. No eran grandes ríos, sino dos riachuelos. Uno descendía por el lado de lo que hoy es La Corona, pasando junto a La Purísima y la Joya de Cuinio. El otro bajaba desde el rumbo de la gasolinera del sur, cruzando por donde ahora se encuentran Bachilleres. Ambos se unían a la altura del puente que conduce hacia el CECADEJ.
En esos años, toda esa zona era muy diferente. La Purísima todavía estaba rodeada de sembradíos de caña, mientras que en El Ejido predominaban las huertas y parcelas. Eran lugares tranquilos, donde al caer la tarde solo se escuchaba el viento, el agua correr y los sonidos del campo.
Yo trabajaba como labrador por el rumbo de La Purísima. Aquella tarde me había tocado regar las cañas. Mientras estaba concentrado en mi trabajo, de pronto escuché un lamento que descendía siguiendo el cauce del arroyo, por el lado de lo que hoy es La Corona.
Era el llanto desgarrador de una mujer.
Entre sollozos gritaba desesperadamente por sus hijos.
El sonido era tan triste y tan profundo que sentí cómo la piel se me erizaba. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Miré hacia todos lados, pero no había nadie. Solo aquel llanto que parecía avanzar lentamente siguiendo el agua.
Pensé que tal vez había sido mi imaginación.
Sin embargo, unos días después volví a escucharla.
Aquella ocasión ya regresaba a mi casa, rumbo a Tecario. Para llegar tenía que pasar cerca del arroyo, por detrás de donde hoy se encuentra Bachilleres. Fue entonces cuando aquel mismo lamento volvió a romper el silencio de la tarde.
Era la misma voz.
El mismo llanto.
La misma desesperación.
Parecía que seguía el curso del agua, descendiendo poco a poco rumbo a Tierra Caliente, como si recorriera esos afluentes buscando eternamente a sus hijos.
Muchos dicen que no creen en La Llorona porque nunca la han escuchado.
Yo tampoco puedo asegurar haberla visto.
Pero de algo sí estoy completamente seguro: aquel lamento no era como el de ninguna persona. Escucharlo basta para que el miedo se apodere de uno. La piel se enchina, el corazón se acelera y un frío inexplicable recorre todo el cuerpo.
Afortunadamente, jamás llegué a verla.
Y, siendo sincero, después de escucharla dos veces, tampoco me quedaron ganas de encontrarme con ella.
Porque cuentan los viejos del pueblo que quien llega a verla... rara vez termina bien.