05/10/2026
Hay historias que uno escucha de niño y que, aunque pasen los años, se quedan guardadas en algún rincón de la memoria.
Esta es una de ellas.
Mi mamá siempre me contaba algo que le ocurrió cuando yo todavía era niño. Vivíamos muy cerca del canal que abastecía de agua a los cultivos de caña que estaban alrededor de nuestra casa.
Era un día cualquiera y ella se encontraba haciendo sus labores en la casa. Estaba lavando los trastes, como lo hacía todos los días, cuando por alguna razón volteó hacia los cañaverales que teníamos cerca de la vivienda.
Fue entonces cuando vio algo a lo lejos.
Entre las cañas había una figura blanca que avanzaba lentamente.
Al principio pensó que quizá era una persona cubierta con alguna sábana o un pedazo de tela que el viento estaba arrastrando. Pero mientras más la observaba, más extraña le parecía.
Mi mamá decía que parecía un enorme manto blanco que avanzaba por sí solo.
No podía distinguir a ninguna persona debajo.
Intrigada por aquello, salió de la casa y comenzó a correr hacia los cañaverales para averiguar qué era.
Pero por más que se apresuraba, no conseguía acercarse.
La figura seguía avanzando.
Y fue entonces cuando mi mamá notó algo que hasta el día de hoy le causaba escalofríos al recordarlo.
Aquello no estaba caminando.
No tocaba el suelo.
Según ella, aquella figura blanca parecía ir flotando a poca distancia de la tierra mientras atravesaba los cañaverales.
Avanzaba rápidamente, abriéndose paso entre las plantas sin detenerse, como si nada pudiera impedirle continuar su camino.
Mi mamá siguió intentando alcanzarla, pero cada vez se alejaba más.
Hasta que finalmente la figura desapareció entre los cañaverales y ya no pudo verla.
Regresó a la casa completamente asustada.
Yo era apenas un niño cuando me contó aquella historia, pero recuerdo perfectamente la manera en que me la narraba. No lo decía como quien cuenta una leyenda que escuchó por ahí.
Ella estaba convencida de que aquello lo había visto con sus propios ojos.
Y había un detalle que hacía que la historia le pareciera todavía más extraña.
Todo ocurrió por estas mismas fechas, cuando faltaba poco para llegar el Día de Mu***os.
Mi mamá decía que quizá no había sido algo de este mundo.
Ella creía que tal vez podía tratarse de alguna de esas almas que, según cuentan nuestras tradiciones, regresan durante estas fechas para recorrer nuevamente los lugares que alguna vez conocieron.
Yo no sé qué fue lo que vio.
Quizá fue una ilusión, una tela movida por el viento, alguien caminando entre las cañas...
O quizá realmente había algo allí que no tenía una explicación sencilla.
Pero hay algo que sí recuerdo.
Durante mucho tiempo, cuando yo estaba en el patio y miraba aquellos enormes cultivos de caña, inevitablemente pensaba en aquella historia.
Y cuando mi mamá me veía ahí afuera, muchas veces terminaba llamándome para que entrara.
Porque después de haber visto aquel manto blanco flotando entre los cañaverales, había una cosa que le daba mucho miedo:
que algún día yo también pudiera verlo.