01/01/2026
Desde su aparición en el siglo XIX, la fotografía se convirtió en una herramienta poderosa para documentar el mundo. Pero más allá de su función técnica, también fue un instrumento de poder. En pleno auge del colonialismo europeo, las imágenes capturadas por fotógrafos –profesionales y aficionados– ayudaron a construir una visión del “otro” que reforzaba estereotipos, jerarquías raciales y narrativas de dominación.
Durante la expansión colonial, las cámaras en manos de fotógrafos profesionales, soldados, misioneros, funcionarios y colonos registraron escenas de territorios y poblaciones sometidas. Estas imágenes no solo ilustraban relatos de viajes o informes oficiales, sino que también alimentaban la curiosidad y el control simbólico desde las metrópolis. La fotografía parecía ofrecer una “verdad objetiva”, pero en realidad reflejaba los prejuicios y aspiraciones del mundo occidental.
El “otro” en el espacio y en el tiempo
En el siglo XIX, Occidente construyó dos figuras del “otro”: el salvaje espacial, vinculado a tierras lejanas, y el humano prehistórico, asociado a un pasado remoto. Estas representaciones se difundieron en revistas ilustradas, novelas, exposiciones universales y museos, consolidando una visión ra***ta que justificaba la exclusión social de los pueblos no occidentales.
En el siglo XIX y principios del XX, la fotografía fue una herramienta de poder que ayudó a definir al “otro” como objeto de estudio, espectáculo o subordinación.