27/04/2019
La Tlanchana Islense, ¿dadora o vengativa?
Aunque ya era de noche, la barca seguía avanzando, adentrándose en la laguna de San Antonio la Isla. El corazón del pescador palpitaba, sudaba desesperado por atrapar algún alimento. Desde el atardecer, en que se posó en tres diferentes puntos para apresar algunos peces, todos sus intentos habían fracasado. No podía volver a casa con las manos vacías.
En esa oscuridad sólo se escuchaba el chapotear del agua al ser surcada por los remos; el croar de las ranas; y a lo lejos un débil buhhuu buhhuu buhhuu, buh. Eran las lechuzas ululando. Esas aves que tienen su cabeza grande, con plumas que sobresalen en forma de orejas; de buen oído y magnífica visión nocturna que les permite cazar aún en la más densa negrura.
El pescador abandonó el silencio, miró a su hijo con esos ojos prietos, alargados, como de águila, para animarlo. Transmitirle su confianza invitándolo a remar con vigor: -más de prisa chamaco vamos hacia allá, donde está la isleta, puede que allí además de peces, podamos recoger algunas ranas-.
Él sabía que sería una tarea difícil, pues empezaba a arreciar el frío, pero de esa magnífica pesca dependería llegar a casa con mucho alimento no sólo para su esposa y sus otros hijos, sino para mercar una parte que les permitiría dejar de sufrir, aunque sea por unos días ahuyentar a la miseria y penurias. El hambre podía más que el temor a que su vieja y débil barca no resistiera.
Llegaron a la orilla. En este punto, ya no importaba el cansancio ni el hambre sino el deseo de capturar pronto las presas y volver.
El lugar era fantástico. Antes de poner pies en tierra para bajar a aprisionar algunas ranas, abrió con sus manos la densa vegetación de tules y descubrió a una mujer sentada en una gran piedra. Tenía largos y suaves ondulados cabellos negros, vestida de escamas en tonos rojos, morados, naranjas, ocres, amarillos, que brillaban a luz de los rayos de la luna llena que rielaba a lo largo y ancho de la laguna.
Aunque su apariencia era de una mujer-pez, su cola era de víbora. Se acercaba a los labios el caracol marino, llegado de otras aguas, haciendo surgir nostálgicas y dulces notas musicales.
Dijo ser La Tlanchana Islense. Triste porque su marido Cin Cóatl se había ido, la había abandonado. Preguntaba ¿que si no lo habían visto? Describió a su esposo amorosamente:
-indefenso, sin veneno ni colmillos, de pequeños dientes. Solo ataca cuando se ve amenazado por un animal más grande o un humano pero su mordedura no duele. Es guapo. Sus ojos, aunque algo separados son redondos y negros. No muy alto como de un metro sesenta. Eso sí, de cuerpo macizo, color nata, su lomo con manchas castaño oscuras semicirculares. A los costados del vientre luce unas nubes negras pequeñas, esparcidas como si fueran tatuajes. Se alimenta de los roedores que ponen en riesgo las milpas por eso los campesinos lo respetan y veneran como sagrado. Es probable que deambule por los bosques de pinos-.
Explicó que se sentía muy sola, pero si ese pescador aceptaba regalarle a su hijo para que la acompañase, ella, en agradecimiento le suministraría, por siempre, todo el alimento que ofrecía y abrevaba en esas aguas dulces de su laguna: peces, camaroncitos, ranas, acociles. Hasta patos y garcitas. Pues ella era la dueña de ese espacio, la que se encargaba de custodiarlo, cuidarlo, mantenerlo limpio y produciendo.
Además de dejarle a su hijo en reciprocidad, también le pedía prometer que los recursos que se llevaría de la laguna serían únicamente los que usara para la alimentación de él y su familia, de manera mesurada. Que no la explotara desde el lucro y la sinrazón. Que los caudales que ella le daría no eran para desperdiciarse. Pues para permitir la reproducción y subsistencia de todos sus hijos los animales acuáticos, debería limitarse a pescar y cazar escasamente y solo en los meses que está permitido. Pues nada, absolutamente nada justificaría que arrasara con los recursos.
El pescador, después de escuchar todas las recomendaciones, respondió: -Acepto el obsequio que me ofreces-. Ella levantó una mano haciendo una ola de agua, mostró el banco de peces blancos, brillantes con que le llenaba su red. Pero él, apenado, con la cabeza agachada, girando su sombrero nerviosamente entre sus manos contestó: -También acepto llevarme de a poquito, pa'comer y pa'l trueque. Pero no puedo dejarte a mi'hijo, que va a decir mi mujer, nadie me va a'crer que tan poco cariño le tenga, No va a'aceptar que lo haiga regalado, aunque fuera a uste' que es una Deida' La Tlanchana Islense, la dueña de las aguas cristalinas-.
Se despidió con su hijo agradeciendo. Dejando en la desolación a la Tlanchana Islense que lloraba tan desconsolada que sus lágrimas se convertían en pesados granos de cuarzo de luna al caer al agua.
Pasaron semanas. Una tarde, el pescador decidió salir a navegar sólo. Pero no volvió. Ese día el invierno comenzó a asomar sus primeros vientos, neblina y un fuerte frío y ventisca azotaron a la región de la Isla. Primero su canoa llegó en harapos, luego, pasada una semana, su cuerpo inerte alcanzó la orilla. Nunca se precisó el motivo de su muerte.
Años después algunos seres humanos que de “humanos” no tenían nada, empoderados y arrastrados por su voracidad para acaparar más tierras desviaron las aguas. La laguna, poco a poco, se fue empantanando hasta llegar a agrietarse, a secarse en su totalidad.
Cuentan los sabios ancianos del pueblo que por eso, algunas noches se oye llorar a la Tlanchana pues además del abandono de su marido, todos sus hijos los peces, los camaroncitos, los acociles, los ajolotes perecieron ante la sequía, en manos de los humanos inhumanos.
Narran que por eso la Tlanchana se volvió mala, vengativa. Cuando por la noche veía a algún hombre parecido a aquellos que lucraron con su hábitat, los llamaba, los atraía hacia sus escasas aguas y ellos perecían.
Por eso, si alguien del pueblo veía que algún amigo, compadre, familiar o vecino iba caminando en la obscuridad hacia la laguna, lo hacían regresar sobre sus pasos, hasta lo acompañaban a su casa con tal de que no se perdiera. Y la recomendación de los ancestros era: -si andas con unas copitas de más, y oyes a esa mujer que te llama o las notas del caracol sonando, debes empezar a caminar muy rápido, tápate las orejas y canta o habla solo con tal de que no te atraiga, porque si no, ¡hasta’ahí llegaste, ya no la cuentas!-
Historias insertas en la transmisión oral de San Antonio la Isla. Yolanda García Bustos. La Catrina de Azcapotzalco.