01/11/2025
Cadena perpetua
Vivir es un trabajo sucio. Nadie te enseña a hacerlo bien, y cuando por fin crees que lo logras, algo o alguien viene y te lo arranca de las manos. Haces cosas, te desgastas, te rompes, das más de lo que tienes… y nada vale. Todo se deshace en el aire como si nunca hubiera importado. Un día decides no hacerlo, solo uno, y todo lo demás que hiciste deja de contar. Te conviertes en el ingrato, en el insensible, en el que falló.
La gente olvida rápido, sobre todo cuando lo que diste ya no les sirve. Y tú sigues ahí, con las manos vacías, tratando de entender en qué momento todo lo que valía empezó a podrirse. Es irónico: el lugar donde querías quedarte ahora te asfixia. Las personas por las que respirabas te cortan el aire. Quieres desaparecer, hundirte en la cama, quedarte mirando el techo hasta que el techo se aburra de mirarte.
Y aun así finges.
Porque eso hacemos: fingir.
Finges que estás bien, que nada duele, que la sombra bajo tus pies no te sigue. Finges que la muerte no te ronda, que no piensas en rendirte, que no hay un cansancio que te muerde los huesos. Finges que aún tienes ganas, aunque por dentro solo quede el ruido de algo que se rompió hace tiempo.
Y mientras finges, el mundo sigue.
Ríe, trabaja, exige.
Y tú estás ahí, preguntándote en qué momento te condenaron a sentirte menos, a cargar con un peso invisible que nadie más nota.
No sabes cuándo empezó, ni quién lo decidió. Solo sabes que lo llevas contigo, pegado a la piel, como una marca que no se borra.
Hay días en los que respirar duele.
No por el aire, sino por lo que arrastra.
Te levantas y ya estás cansado.
Miras el espejo y no reconoces al que te mira.
Y aun así te pones de pie, porque no hay opción. Porque la vida no pregunta si estás listo para seguir. Solo empuja.
A veces pienso que esto es una cadena perpetua. Que la tristeza no se cura, solo se aprende a cargarla. Se sienta contigo, fuma tus últimos ci****os y te mira reír, sabiendo que tarde o temprano volverás a caer.
Quisiera sonreír sin miedo, correr sin que me detengan, escribir sin que me censuren, existir sin pedir perdón. Pero incluso eso parece mucho pedir. Vivir es tener que justificarse todo el tiempo, hasta por sentir.
No sé si debo quedarme o huir, romperlo todo o dejar que se caiga solo. No sé si debo callar o gritar hasta quedarme sin voz. Lo único que sé, con la certeza de quien ha tocado fondo y sigue respirando,
es que aunque duela, aunque queme, aunque no tenga sentido…
esa es la condena.
Seguir viviendo.
-Detrás de lo prosaico de la vida, siempre habrá poesía