04/06/2026
No sé si estoy lista para escribirlo. No sé si realmente pudiera encontrar las palabras para lo que quiero sacar de mí. A veces pienso en la escritura como mi último acto de liberación, como si vaciar estas líneas imperfectas fuera lo mismo que vaciar mi cabeza.
Nunca había buscado tanto consuelo en algo como lo hago con la escritura.
Es un acto de redención hacia mí misma, hacia las noches de eternos pensamientos y las mañanas de un ritmo cardíaco incesante. Escribir me redime, me devuelve a mi centro y coloca mis ojos, mi cabeza y mi corazón en un solo lugar.
Escribir me regresa a mi cuerpo. Cuando la mente vuela, el corazón empieza a desconocer y los ojos dejan de mirar lo real, las palabras cobran vida en mis manos y ponen sentido a todo lo que parecía lejano e irreal, inverosímil para el pensamiento y, principalmente, inconcebible para el corazón.
Nunca me cansaré del poder de las palabras, porque existe una fuerza inmensa en decir las cosas por su nombre. Las vuelve tangibles y reales; las puedo tocar, agarrarme de ellas y usarlas como superficie para volver a ponerme de pie. El verdadero valor de todo esto, pienso, es que una vez que las palabras aparecen frente a ti —No lo tengo. No tomaría las mismas decisiones— con todo lo que son y significan, nunca vuelven a desaparecer.
Y escribirlas permite que dejes de escapar de ellas y comiences a ser testigo de lo que sí es verdad.