14/08/2026
Hay historias que uno no sale a buscar.
Simplemente aparecen.
Esa tarde, en Zicatela, Puerto Escondido, yo estaba sentado frente a un ceviche, pensando en volar un rato el dron, cuando apareció Pepe Estevane.
Músico nacido en el antiguo Distrito Federal, egresado de la UNAM y, por decisión propia, alguien que un día eligió dejar ciertas certezas atrás para dedicarse a vivir aquello que realmente le apasiona.
Lo conocí justo antes de tocar en la cevicheria frente a Ñou Kava Suites • Puerto Escondido
Primero fueron las palabras, después los instrumentos: abrir el estuche, sacar cada pieza, preparar, afinar, acomodarse… su guitarra Fender, un viejo amplificador, una flauta, el micrófono y su Handycam Sony.
Cada objeto parecía contar una parte de su historia.
Poco a poco, aquella mesa frente al mar se convirtió en su escenario.
Le pregunté si podía fotografiarlo. Me dijo que sí.
Y entonces comenzó otro viaje.
No fue solamente fotografiar a un músico tocando en Zicatela. Fue acompañarlo durante unos minutos y observar ese instante en el que una persona se transforma para hacer aquello que ama.
Mientras Pepe comenzaba a tocar, el mar de fondo rompía en olas enormes. El Pacífico parecía tener su propio lenguaje y, por momentos, daba la impresión de que la música de Pepe dialogaba con él.
Había algo en su presencia, en su manera de habitar aquel momento, que me recordó a Melquíades, ese personaje de García Márquez que parecía llegar de otros mundos cargado de historias, misterios y una especie de alquimia propia.
Pepe tenía algo de eso.
Una alquimia musical hecha de reggae, blues y jazz, mezclada con el mar, la arena, el viento y esa libertad que parece abrazarte en Zicatela.
Entre el mar, la arena, el sol que comenzaba a caer y el sonido de sus instrumentos, entendí que quizá eso es también es Puerto Escondido, un lugar al que algunos llegan para encontrarse con una versión más auténtica de sí mismos.