23/05/2026
Hace muchos años, cuando el pueblo de Tecómitl todavía era campo y magueyales, un grupo de hombres salía todos los días muy temprano a trabajar. Eran tlachiqueros, gente dedicada a raspar el maguey para sacar el aguamiel y hacer el pulque. Su zona de trabajo estaba cerca de una formación de piedra muy curiosa, una especie de burbuja hueca que dejó la lava del volcán Teutli cuando hizo erupción hace miles de años. Por su forma, todos la conocían como la "Olla de Piedra".
Un día, mientras trabajaban entre las espinas y el polvo, escucharon algo que los dejó helados: el llanto de un niño. El sonido venía de entre los matorrales, en un lugar apartado donde no vivía nadie. Dejaron sus herramientas y buscaron por todos lados, pero no encontraron nada. Pensaron que quizá se habían confundido con el viento.
Al segundo día, el llanto volvió a escucharse, clarito y constante. Los hombres volvieron a buscar con más ganas, moviendo ramas y piedras, pero el resultado fue el mismo: silencio absoluto en cuanto se acercaban. Intrigados y ya un poco sugestionados, regresaron a sus casas y acordaron que al día siguiente llegarían más temprano para resolver el misterio.
Fue al tercer día cuando se acercaron a la oquedad de lava. Había una piedra mediana que tapaba el hueco, como si fuera una tapa. Al moverla, se quedaron mudos. Dentro de esa "olla" de piedra volcánica, envueltos en una luz muy brillante, no estaba un niño solo, sino un hombre con hábito de monje que sostenía con mucho amor a un pequeño entre sus brazos.
Asustados y emocionados, corrieron al centro del pueblo para avisar a los frailes franciscanos. Cuando los religiosos llegaron al lugar y vieron la escena, no tuvieron duda: era la imagen de San Antonio de Padua con el Niño Jesús.
Era un 13 de junio. Desde ese momento, la vida del pueblo cambió. En ese mismo lugar, sobre la burbuja de lava, se levantó una pequeña capilla para proteger la "Olla de Piedra" y honrar la aparición. Con el tiempo, San Antonio se convirtió en el patrón de Tecómitl.
Hoy, aunque han pasado los siglos, cada 13 de junio el pueblo se llena de flores y fiesta. Se recuerda que su santo no llegó por casualidad, sino que eligió quedarse ahí mismo, brotando de la propia tierra volcánica para cuidar a su gente.