25/08/2026
Qué bonito pensar en el cuerpo como el lugar donde sucede nuestra vida.
En él hemos sentido el sol sobre la piel, el cansancio después de un día largo, el frío del mar, un abrazo que necesitábamos, las piernas temblando después de hacer algo que creíamos imposible.
Con él hemos corrido, bailado, trabajado, creado, amado.
Nos ha llevado a lugares nuevos y también nos ha sostenido en días en los que apenas teníamos ganas de levantarnos.
Y mientras nosotros contamos los años, él guarda la historia.
Cambia, porque nosotros cambiamos.
Tiene marcas, cicatrices, pliegues, fuerza, suavidad… pequeños rastros de todo lo que significa estar vivos.
Quizá por eso cuidar nuestro cuerpo debería ser un acto mucho más profundo que querer modificarlo.
Moverlo porque amamos sentirlo fuerte.
Alimentarlo porque queremos verlo florecer.
Dejarlo descansar porque también merece ternura.
Llevarlo al mar. Exponerlo al sol. Dejarlo bailar.
Permitirle ocupar espacio y disfrutar.
No vinimos a pasar la vida intentando convertir nuestro cuerpo en algo digno de ser amado.
Vinimos a vivir dentro de él.
Y qué manera tan bonita de agradecerle por llevarnos hasta aquí, que aprender a tratarlo como trataríamos cualquier cosa que amamos profundamente:
con paciencia, con cuidado, con respeto y con mucha ternura. 🤍