01/02/2021
El IMPERIO DEL POLVO Y EL OLVIDO
Siempre he sentido una extraña afición por los lugares abandonados, lugares que personifican, de un modo crudo y bello al mismo tiempo, el poder y el imperio del polvo. Ahí el silencio es quien somete, como un tiránico rey, condenándolos al solo sonido de las aves intrusivas que los anidan y regentean. Tragedias hechas ladrillos. Así se explicitan. Así se los recorre.
Entre ellos nacen las dudas. Abundantes, omnipresentes. Imposibles descartarlas. Inevitables ante cada mirada. Escenarios yermos y atemorizantes. El vacío y la soledad meten miedo, ponen en efervescencia la imaginación, anunciando lo irremediable. Materializando el destino al que todos nos dirigimos. Tal vez sea ése el motivo por el cual tantas personas se niegan a visitarlos, renegando de ellos, esquivándolos; olvidando la belleza intrínseca que poseen.
En estos lugares el dominio de las grietas se hace presente. El reino del papel que se tambalea y aún así resiste a las fuerzas del desgano, la desidia y el olvido. Un pacto faústico que desde el “vamos” se sabe incumplido.
Aunque en apariencia detenidos en un limbo, los lugares abandonados nos engañan, porque el devenir, lento e inexorable, los fagocita y erosiona. Aún enmascarada, la muerte los acompaña. Se los recorre en silencio, como se recorre un cementerio; imaginando todo aquello que pudo haber sido y no fue. Lamentando lo inexorable. Preguntándonos “por qué”.
Recorrer un lugar abandonado conlleva siempre una reflexión sobre la muerte, la destrucción y la insipidez de las cosas. No es posible dejar de pensar que un día otros hombres tan fugitivos como yo vendrán a hacer las mismas reflexiones sobre estas mismas ruinas.
L. Marck