31/07/2026
Nos quedamos con su esencia y el invaluable legado de la Fotografia como herencia intangible.
Hay personas que pasan por la vida dejando fotografías… y hay otras que, sin darse cuenta, terminan formando parte de nuestros propios recuerdos.
Ayer, Huauchinango perdió a una de esas mujeres que, sin buscar protagonismo, ayudó a preservar la memoria de nuestro pueblo.
Así fue Doña Ernestina Olivares.
La familia Olivares siempre ocupó un lugar muy especial en los recuerdos de mi infancia. Doña Ernestina fue una entrañable amiga de mi mamá, y gracias a ella hoy conservo muchas de las fotografías que forman parte de la historia de mi familia.
Cuántas veces estuvo presente con su cámara en los bailables de la escuela, en los festivales, en los eventos cívicos y, de manera muy especial, durante las celebraciones de Nuestro Señor en su Santo Entierro, capturando con paciencia, sensibilidad y amor esos instantes que el tiempo jamás podrá repetir.
Pero el recuerdo más hermoso que guardo de ella no está en una fotografía.
Está en aquellas tardes cuando llegaba a la Posada Morales para visitar a mi mamá. Se sentaban a platicar, como lo hacen las amistades verdaderas. Eran conversaciones sencillas, llenas de cariño, de risas, de recuerdos y de ese afecto sincero que solo el paso de los años sabe construir.
Con el tiempo comprendí que Doña Ernestina no solo retrataba personas; retrataba historias, familias y generaciones enteras. Gracias a su sensibilidad, hoy muchos tenemos el privilegio de abrir un álbum y volver a abrazar, aunque sea con la mirada, a quienes ya no están y a los momentos que marcaron nuestra vida.
Su legado va mucho más allá de miles de fotografías. Nos enseñó que preservar la memoria de un pueblo también es una forma de amarlo profundamente.
Hoy abrazo con el corazón a toda la familia Olivares y elevo una oración para que Dios les conceda fortaleza, paz y consuelo en este momento de dolor.
Y mientras la despedimos con tristeza, me gusta imaginar que Doña Ernestina ya descansa en la presencia de Dios, donde el tiempo ya no existe y el amor permanece para siempre. Me gusta pensar que, en algún rincón del cielo, ella y mi mamá se habrán vuelto a encontrar para continuar aquellas pláticas que tanto disfrutaban, porque las amistades verdaderas nunca terminan; simplemente trascienden.
Gracias, Doña Ernestina, por regalarnos mucho más que fotografías. Nos dejó la memoria viva de Huauchinango y el testimonio de una vida dedicada a conservar los recuerdos de los demás.
Que Dios la reciba en Su Reino y le conceda el descanso eterno. Su legado permanecerá por siempre en el corazón de Huauchinango.