24/04/2026
En aquellos siglos, las familias adineradas encomendaban retratos de sus pequeños difuntos, ataviados con ropajes lujosos. Unos, durmiendo el sueño eterno; otros, con una flor roja en la mano y una leyenda escrita en donde se explicaban los detalles de su deceso (similar a los textos de los exvotos y a las honras fúnebres de las monjas coronadas). Herederos de una tradición hondamente hispana, los retratos de la Muerte niña desaparecieron poco a poco de los círculos de aristócratas y se desplazaron, a principios del siglo XX, a las comunidades campesinas del Bajío. En lugar de retratos se encargaban fotografías de los niños amortajados con vestidos blancos, requisito indispensable en los velorios de angelitos. Especialista en el tema, Gutierre Aceves describe que en estas ceremonias los niños son amortajados con un traje blanco, huarachitos de cartón con papel dorado, corona de azahares y, entre las manos, una palma de azucenas o nardos, símbolo mariano de la inmortalidad. | EULALIO FERRER
Curaduría: Fatima Alba
Instituto Nacional de Antropología e Historia Museo Regional de Guanajuato Alhóndiga de Granaditas Michael James Wright