19/08/2026
Hoy quiero contarles mi experiencia como padre de familia en el jardín de niños Colegio El Tesoro del Saber, en .
Debo admitir que nunca he sido muy partidario de inscribir a mis hijos en escuelas privadas. Pero uno puede tener muchas convicciones hasta que llegan los horarios, las distancias, las necesidades familiares y, sobre todo, el momento de encontrarle escuela a la hija más pequeña.
Entonces uno ya no busca lujos ni nombres elegantes. Busca un lugar seguro. Busca maestras que tengan paciencia. Busca que su hija sea tratada con cariño. Y también, porque el amor de padre es infinito pero el presupuesto no, revisa cuánto cuestan la inscripción, los libros, el uniforme y la colegiatura.
Así apareció Tesoro del Saber.
Al principio tuve dudas. Era una escuela pequeña y, como solemos hacer los adultos, confundí por un instante el tamaño con la calidad. Sin embargo, estaba cerca de casa, tenía buena ubicación y sus costos eran razonables. Comparada con otros colegios, resultaba mucho más accesible.
Y llegó aquel día de agosto.
Llevé a Alessa con esa combinación de felicidad, angustia y nostalgia que aparece cuando un hijo se desprende por primera vez de nuestros brazos. Ella llevaba en la cara más preguntas de las que yo podía responder. Yo intentaba transmitirle seguridad, aunque probablemente tenía más miedo que ella.
La dejé en la entrada esperando quizá una escena dramática… llanto, gritos y sus brazos extendidos pidiéndome que no me fuera. Nada de eso. Alessa entró.
Y el que se quedó con ganas de llorar fui yo.
Durante esas primeras horas entendí que nuestros hijos comienzan a crecer mucho antes de que nosotros estemos preparados para verlos hacerlo.
Cuando regresé por ella, salió feliz. Me contó lo que había hecho con la emoción de quien acaba de descubrir un mundo nuevo. Al día siguiente quería volver. Yo sentí alivio y también una pequeña herida en el orgullo, porque uno cree que los hijos no podrán pasar unas horas sin nosotros y ellos rápidamente encuentran juguetes, amigos y maestras que les hacen más fácil la despedida.
Con el paso del tiempo, el cariño de las maestras terminó por enamorarme de aquella escuela que al principio me provocaba incertidumbre.
Pocos alumnos, salones acogedores, atención personal y comunicación inmediata ante cualquier situación. Pero, sobre todo, la tranquilidad de saber que Alessa tenía un nombre, una personalidad y una historia. No era solamente otra niña en una lista.
Nunca escuché una queja seria sobre este preescolar. Seguramente habrá quien tenga una experiencia diferente, porque a cada persona le va distinto en la fiesta. Yo solamente puedo contar cómo nos fue a nosotros.
Alessa terminó sus estudios en julio de este año. Salió contenta, segura y sabiendo leer y escribir, preparada como debe llegar una niña a primero de primaria.
Parece algo sencillo, pero no lo es.
Uno lleva a sus hijos a la escuela esperando que aprendan las letras, los números y los colores. Después descubre que también aprendieron a convivir, a levantar la mano, a compartir, a defender sus ideas y a caminar unos pasos sin nosotros.
La única crítica que puedo hacerle a Tesoro del Saber es creo también su mejor cumplido… Lástima que no tenga primaria. Si la tuviera, habría sido nuestra primera opción.
Algunas escuelas presumen edificios enormes, instalaciones espectaculares y nombres que parecen de universidad extranjera. Tesoro del Saber es una escuela pequeña y modesta, pero allí comprendí que la calidad de un colegio no se mide por sus metros cuadrados, sino por la tranquilidad con la que uno deja a su hija y la felicidad con la que ella sale.
Aquel primer día de agosto llevé a Alessa de la mano hasta la entrada.
En julio salió sabiendo leer y escribir. Salió con amigos, buenos recuerdos y la seguridad necesaria para comenzar una nueva etapa.
Y yo? Yo también salí distinto.
Mientras a ella le enseñaron a dar sus primeros pasos en la escuela, a mí me enseñaron algo mucho más difícil… a soltar poco a poco su mano.