13/10/2026
La casa comenzó a desmoronarse mientras Luis Alberto intentaba desesperadamente salvar a su familia, primero desapareció la cocina, después las paredes comenzaron a ceder y el pedazo de tierra sobre el que estaba asentada la vivienda se desgajó, cayendo al arroyo junto con la construcción de madera y las seis personas que se encontraban en su interior.
Entre la oscuridad, el estruendo del agua y los pedazos de madera que golpeaban su cuerpo, Luis Alberto Vega Alonso, de apenas 26 años, escuchaba los gritos de su sobrina de 12 años, quien era arrastrada por la corriente a unos 10 o 15 metros de distancia, tan cerca que podía escucharla, pero demasiado lejos para alcanzarla.
“No se veía nada, yo escuchaba a la niña, pero no la veía”, recuerda el joven, quien sobrevivió a la fuerza del agua que arrasó con su vivienda durante la noche del sábado, cuando la tormenta tropical Rachel golpeaba el sur de Ensenada.
Durante el sábado, todo parecía transcurrir con normalidad en Ensenada, aunque el pronóstico advertía que la tormenta tropical Rachel llegaría alrededor de las dos de la madrugada del domingo, la lluvia comenzó varias horas antes, copiosa y abundante, con una intensidad pocas veces vista en el puerto.
La temperatura era agradable, pero las precipitaciones aumentaban y el suministro eléctrico ya se había interrumpido en distintas colonias de Ensenada, incluida El Pípila, una comunidad ubicada aproximadamente a 33 kilómetros al sur de la zona urbana, donde Luis Alberto vivía con su familia desde hacía apenas tres meses.
Aquella noche, mientras la lluvia parecía dar una tregua, Luis Alberto estaba con su esposa Silvia Lucero, de 30 años, su pequeño hijo de cuatro años, su cuñada Erika Ivonne, de aproximadamente 35, y sus sobrinos Ivonne Regina, de 12 años, y Gael Gustavo, de 14, todos refugiados en una casa de madera donde todavía había espacio para las bromas y las risas.
“Estábamos vacilando, entre nosotros nos estábamos riendo, no creíamos que la lluvia fuera ser tan fuerte”, recuerda Luis Alberto sobre aquellos últimos momentos juntos, cuando ninguno imaginaba que el arroyo estaba a punto de cambiar sus vidas para siempre.
Alrededor de las 10:30 de la noche, salió con su esposa para fumar un cigarro frente a su habitación, abrió la puerta y uno de sus perros entró desesperadamente hacia la cocina, él fue a buscarlo, lo quería sacar para que no mojara el piso, fue entonces cuando comenzó a escuchar un ruido extraño que confundió con el agua saliendo de una manguera a toda presión.
Tomó una lámpara de mano, miró por la ventana y alumbró hacia el exterior, descubrió que una corriente avanzaba rápidamente hacia la vivienda, le gritó a su esposa y a su cuñada para advertirles, pero ellas no alcanzaban a escucharlo y menos de distinguir el ruido que se aproximaba.
“Nunca me imaginé que fuera el arroyo, yo pensé que era una manguera de agua”, relató.
La corriente golpeó primero la cocina y comenzó a destruirla, los muebles y pedazos de madera entraron hacia la habitación, mientras Luis Alberto intentaba romper una ventana para alcanzar una camioneta pick up que tenía estacionada afuera y buscar la manera de poner a salvo a su familia.
No tuvo tiempo.
La fuerza del agua terminó por socavar el terreno donde estaba construida la vivienda, hasta que una parte de la tierra se desgajó y cayó al arroyo, arrastrando consigo los restos de la casa y a quienes todavía se encontraban dentro, sin dejarles prácticamente ninguna posibilidad de escapar.
Luis Alberto intentó sujetarse de lo que encontraba, pero la fuerza de la corriente le arrebató la lámpara, la ropa y cualquier posibilidad de orientarse, mientras escuchaba los gritos de su sobrina entre la oscuridad.
“¿Qué voy a pensar? Quería ayudar a mi niño, a mis sobrinos”, respondió cuando le pregunte qué pasaba por su mente mientras la vivienda iba cayendo al arroyo.
El agua lo arrastró más de cien metros hasta dejarlo prensado contra un árbol que lo mantenía atrapado por la espalda, hasta que una nueva ola golpeó con tanta fuerza que venció el árbol, lo sumergió nuevamente y terminó por liberarlo.
Cuando logró salir a la superficie, alcanzó a sujetarse de la ventana de otra vivienda que se estaba inundadando, donde un hombre lo ayudó a ponerse a salvo, estaba golpeado, raspado y sin saber qué había ocurrido con las cinco personas que minutos antes compartían con él aquella noche de lluvia.
A las seis de la mañana del domingo regresó para buscar a su familia, caminó hasta el sitio donde estaba su vivienda y encontró una escena difícil de asimilar, la casa donde apenas unas horas antes estaban todos reunidos había desaparecido, incluso una parte del terreno sobre el que estaba construida había sido arrancada por la corriente.
Solo quedaban pedazos de madera, sillones y algunos objetos esparcidos por el terreno, entre ellos los juguetes de su pequeño hijo, los mismos que hasta la noche anterior formaban parte de la vida cotidiana de aquella familia.
“Subimos hasta donde estaba la casa y ya no había nada, encontramos pedazos de la casa, sillones, juguetes de mi niño”, relató.
Luis Alberto comenzó a recorrer el lugar acompañado de familiares y personas de la comunidad, buscó entre los restos de la construcción y caminó por el arroyo tratando de encontrar a sus seres queridos.
Horas después, la tarde del domingo fue encontrado el cuerpo sin vida de su esposa Silvia Lucero, después localizaron a su sobrina Ivonne Regina, al día siguiente a su cuñada Erika Ivonne y finalmente a su sobrino Gael Gustavo, todos víctimas de la corriente que había destruido su hogar.
De las cinco personas que el arroyo le arrebató aquella noche, cuatro han sido encontradas sin vida,
pero todavía faltaba su pequeño hijo de cuatro años, cuya ausencia mantenía la angustia de Luis Alberto y de toda una comunidad que se había volcado a buscarlo.
Elementos de distintas corporaciones de emergencia y seguridad, vecinos, familiares y habitantes de la zona recorrieron el arroyo, revisaron entre las ramas, removieron el lodo y exploraron lagunas y acumulaciones de agua, conscientes de que la fuerza de la corriente pudo haber arrastrado al niño a distintos puntos del cauce.
Con el paso de las horas, la búsqueda continuó hasta que finalmente el pequeño fue localizado sin vida, confirmándose así la muerte de los cinco familiares que acompañaban a Luis Alberto aquella noche.
La noticia puso fin a la incertidumbre sobre su paradero, pero también confirmó la dimensión de una tragedia que dejó al joven sin su esposa, sin su hijo, sin sus dos sobrinos y sin su cuñada, además de haber perdido su vivienda y prácticamente todas sus pertenencias.
Había llegado de Sonora apenas tres meses atrás para comenzar una nueva etapa en Ensenada junto a su familia, prácticamente no tenía familiares cercanos en la ciudad y hoy reconoce que el apoyo de los familiares de su cuñado ha sido fundamental para enfrentar la tragedia.
“Ellos nunca me han dejado solo, me han apoyado y estoy agradecido con ellos”, expresó.
Durante la entrevista, Luis Alberto todavía llevaba en el brazo y espalda las heridas de aquella noche, pero su relato regresaba una y otra vez al momento en que la casa se derrumbó, cuando escuchaba a su sobrina entre la corriente y cuando intentó desesperadamente salvar a quienes estaban a su lado.
Hoy, mientras que los elementos de rescate y habitantes de la comunidad continúan recorriendo el arroyo El Pípila, buscando entre el lodo y los restos que dejó la corriente, Luis Alberto sigue esperando encontrar a su pequeño hijo de cuatro años.