Fotoperiodista Alejandro Zepeda

Cómo llegar Página web Contactar con la empresa

Fotoperiodista Alejandro Zepeda ¡HOLA! Bienvenido a mi pagina oficial como fotoperiodista. Me apasiona lo que hago asi que te informare con imágenes de sucesos importantes.

Soy corresponsal para la Agencia EFE de España y European Press Photo, trabajo en AGP Noticias y AGP Deportes. Radico en Baja California

No sé ustedes, pero en los últimos meses he notado cada vez más personas durmiendo en las calles de  , o como eleganteme...
24/10/2026

No sé ustedes, pero en los últimos meses he notado cada vez más personas durmiendo en las calles de , o como elegantemente les llaman en el gobierno, personas en situación de calle, porque hasta para dormir en una banqueta hay que utilizar el término políticamente correcto.

Ahí están, alrededor de la Clínica 8 del Seguro Social, en lotes baldíos, en plena zona turística o simplemente donde los sorprende la noche, algunos sobre cartones, otros cubiertos con cobijas y unos más con lo único que traen puesto.

Y aclaro, sé que la mayoría no representa un peligro, pero tampoco podemos negar que la situación afecta la imagen de la ciudad, hay lugares donde uno tiene que caminar casi de puntitas para no despertar a quienes han convertido las banquetas en dormitorios improvisados.

Algo que particularmente me ha llamado la atención es la cantidad de adultos mayores, hombres y mujeres que, después de toda una vida, terminaron durmiendo a la intemperie, aunque también hay jóvenes, personas con problemas de adicciones.

Y mientras tanto, ¿Qué estamos haciendo como sociedad?, pues lo de siempre, nada.

Peor bueno… Hace unos días, mientras regaba el pasto de mi casa, me puse a pensar, a divagar, a disociar, como le dicen ahora los jóvenes, y se me ocurrió una algo ¿Por qué no construir en Ensenada un gran Centro de Reinserción Social para unas 800 personas?

No hablo de una bodega para esconder a quienes no queremos ver en las calles, sino de un complejo digno, con dormitorios, baños, regaderas, alimentación, atención médica, psicológica y rehabilitación para quienes enfrentan problemas de adicciones.

Imagínense un terreno de unas 30 hectáreas, por allá, por San Vicente o Valle de la Trinidad, con áreas separadas para adultos mayores, mujeres, personas con problemas de salud mental y quienes necesitan rehabilitación, además de talleres, invernaderos y espacios agrícolas donde los residentes que así lo deseen puedan trabajar, aprender un oficio y recibir un salario.

Incluso podría instalarse una pequeña maquiladora dentro del complejo, generar productos, vender cosechas de algo y utilizar parte de los ingresos para sostener su operación, no sería completamente autosuficiente, pero al menos dejaría de ser un proyecto que únicamente consume recursos públicos.

Hice un ejercicio de números y construir algo así podría costar alrededor de 360 millones de pesos, con un gasto anual de operación cercano a los 124 millones, sí, yo sé que van a decir es muchísimo dinero, pero también hay que preguntarnos cuánto nos cuesta como ciudad seguir ignorando el problema.

Y no se trata de levantar a nadie de las banquetas y llevárselo contra su voluntad, sino de ofrecer una alternativa real para quienes quieran salir de esa situación, recuperar su salud, trabajar y eventualmente reintegrarse a la sociedad.

Según información del Gobierno de Ensenada, en 2024 se ha hablaba de unas 1,500 personas en situación de calle, aunque no todas carecen de vivienda, por eso sería indispensable comenzar con un censo actualizado.

¿Por qué no pensar en un proyecto que realmente pueda transformar vidas durante los próximos 20 o 30 años?

No pretendo que mi ocurrencia mientras regaba el pasto sea la solución definitiva, pero al menos creo que vale la pena discutirla.

  es una ciudad sucia, muy sucia, y buena parte de sus habitantes parece estar feliz viviendo entre la basura.Y perdón p...
22/10/2026

es una ciudad sucia, muy sucia, y buena parte de sus habitantes parece estar feliz viviendo entre la basura.

Y perdón por arruinarles la postal de la “Bella Cenicienta” , pero aquí parece que tirar basura es muy común y poco castigado.

Pero ¿Qué tal si empezamos a meter a la cárcel a quienes convierten nuestros arroyos en basureros? No hablo de un papelito de multa ni de un regaño, hablo de castigos ejemplares, multas de 200 mil hasta 2 millones de pesos y penas de hasta dos años de prisión para quienes cometan delitos ambientales por tirar basura, mediante las reformas legales necesarias. ¿Exagerado? Exagerado es el cochinero en el que vivimos.

La tormenta Rachel y las lluvias de esta madrugada sacaron a flote toda su porquería, esa que tiran y después culpan al gobierno por no recoger.

Solo basta con asomarse al arroyo Ensenada, debajo del puente de la calle Once, para admirar nuestro toneladas de basura, plásticos, muebles y desperdicios.

Por cierto, ¿alguna vez te has preguntado dónde termina la basura que se llevan esos señores que pasan recogiéndola en camionetas? Sería interesante investigarlo, no vaya a ser que estemos pagando por cambiar nuestra basura de domicilio… al arroyo más cercano.

El Gobierno Municipal debería revisar las sanciones, porque con multas que pueden ir de unos cuantos miles de pesos a decenas de miles, dependiendo de la infracción, habría que preguntarse si realmente estamos castigando a quienes contaminan o simplemente cobrando por ensuciar.

Por cierto, ¿Y CONAGUA? Pues resulta que el martes 13 de octubre llegaron como salvadores desde la Ciudad de México Jesús Montes, subdirector general técnico, y Leonardo González Neri, gerente de Protección a la Infraestructura y Atención de Emergencias, para recorrer Maneadero y evaluar los daños de la tormenta.

Qué bueno que vinieron, ¿pero y los arroyos de la ciudad? ¿La contaminación? ¿La basura? ¿O esos no venían incluidos en el recorrido?

No sé qué tienen los atardeceres de otoño en  , pero cada vez que veo uno así, me quedo un momento contemplando el cielo...
21/10/2026

No sé qué tienen los atardeceres de otoño en , pero cada vez que veo uno así, me quedo un momento contemplando el cielo y pensando en lo bonita que es la vida.

A veces uno quisiera que las cosas fueran diferentes, que todo fuera un poquito mejor… pero también pienso que podrían ser peor.

Y entonces me doy cuenta de que, a pesar de todo, tengo mucho que agradecer.

La vida no es perfecta, nunca lo será, pero tiene momentos tan bonitos como este que hacen que todo valga la pena. ❤️

Cerrará sus puertas Banco Santander en  , pero tranquilos, no corran a retirar sus ahorros, sobre todo quienes todavía t...
20/10/2026

Cerrará sus puertas Banco Santander en , pero tranquilos, no corran a retirar sus ahorros, sobre todo quienes todavía tenemos nuestros 500 pesos guardados para una emergencia.

Se trata de la sucursal ubicada en la esquina de las calles Ruiz y Tercera, en plena Zona Centro, la más viejita, la que muchos conocimos como Santander Serfin y, antes de eso, Banca Serfin, en los ochenta Somex y más pero más antes Banco Nacional de Occidente, cuando todavía había que hacer fila para cambiar un cheque, depositar dinero o esperar a que el cajero nos dijera que faltaba una firma.

¿El motivo del cierre? resulta que Santander tiene otra sucursal justo enfrente, en el mismo cruce de calles, algo que siempre me pareció extraño, dos bancos de la misma institución mirándose frente a frente.

Pero los tiempos cambian, las filas desaparecen y los bancos descubrieron que ya no necesitan tantos edificios ni tantos empleados para cuidar nuestros millones, porque ahora casi todo se hace desde una aplicación, transferencias, pagos y hasta los corajes cuando se cae el sistema.

Para muchos ensenadenses, aquella vieja sucursal de Ruiz y Tercera quedará en el recuerdo, como parte de una época en la que ir al banco era casi un acontecimiento, había que llevar identificación, llenar fichas, esperar un turno y, si tenías suerte, salir antes de la hora de la comida.

Hoy solo basta con sacar el celular, mover un dedo y listo, el dinero cambia de manos sin que nadie tenga que cruzar la calle.

La primera motocicleta apareció entre la arena, luego otra y minutos después otra, como si alguien hubiera organizado un...
19/10/2026

La primera motocicleta apareció entre la arena, luego otra y minutos después otra, como si alguien hubiera organizado una búsqueda del tesoro, solo que aquí nadie estaba jugando, había un joven intentando rescatar el patrimonio de su familia y 16 motocicletas que la tormenta Rachel enterró sin pedir permiso.

Lo encontré mientras realizaba un reportaje sobre una vivienda sepultada por el lodo, a unos metros, un muchacho con sombrero de ranchero clavaba una pala desesperadamente en una montaña de arena, como quien busca unas llaves perdidas en medio del desierto, tenía el rostro desencajado y la mirada fija en la tierra, él sabía que debajo de aquella montaña había algo más que piedras y basura.

Se llama Joshua Mar y es hijo de Don Moi, propietario del Taller de Motos Moi, uno de esos negocios de barrio donde los clientes llegan porque alguien les recomendó al mecánico, donde se conocen por el nombre y donde una motocicleta descompuesta siempre encuentra quién le meta mano, al menos así era hasta el sábado 10 de octubre.

Aquella noche, la tormenta tropical Rachel dejó muerte, destrucción y una avalancha de arena, lodo, ramas, basura y cuanto encontró a su paso, arrastrando material desde un fraccionamiento ubicado en la parte alta de Lomas de San Fernando, hasta sepultar buena parte del pequeño taller.

La construcción de madera quedó enterrada al menos hasta la mitad, en la fachada apenas sobresalía una calcomanía de Otel Motorsport y, sobre el techo, un casco de motociclista permanecía como adorno, una imagen casi absurda.

Me asomé al interior y descubrí un detalle aún más triste, el taller también era la casa de Don Moi.

Ahí no solamente quedaron enterradas herramientas y motocicletas, también el espacio donde vivía, descansaba y seguramente soñaba con un futuro mejor, porque para muchos pequeños comerciantes el negocio y el hogar son prácticamente lo mismo.

¿Cuántas motocicletas quedaron enterradas? le pregunté.

Como unas 16.

¿Y cuántas han encontrado?

Apenas tres , respondió.

Su semblante había cambiado, mostraba cierta satisfacción, no era para menos, acababa de recuperar tres motocicletas de aquella montaña que parecía habérselas tragado.

Joshua me contó que su padre pretende recuperar todas las unidades, limpiarlas y darles mantenimiento, aunque todavía desconocen si volverán a funcionar, mientras tanto, los clientes han mostrado comprensión y algunos incluso se han ofrecido a ayudar.

Quizá porque entienden que nadie deja su motocicleta en un taller imaginando que terminará sepultada por una avalancha.

Mientras las autoridades hablan de reconstrucción y regreso a la normalidad, en el Taller de Motos Moi la normalidad sigue enterrada, porque una cosa es retirar el lodo de las calles y otra muy distinta es recuperar años de trabajo, herramientas, clientes y hasta el lugar donde duermes.

Antes, en aquella construcción de madera se escuchaban motores acelerando, hoy solamente se escucha el golpe de las palas contra las piedras.

Antes de retirarme volví a mirar el taller, el casco seguía sobre el techo, la calcomanía resistía pegada en la fachada y Joshua continuaba escarbando, todavía quedaban alrededor de 13 motocicletas bajo aquella montaña.

Pensé entonces que las tragedias no siempre se cuentan en mu***os o desaparecidos, también se miden en pequeños negocios destruidos, familias que pierden su patrimonio y personas que son obligadas a empezar de nuevo cuando apenas terminaban de construir lo que tenían.

Francisca Segura todavía no sabe que perdió su casa, a sus 92 años cree que la tormenta solamente le echó a perder la es...
16/10/2026

Francisca Segura todavía no sabe que perdió su casa, a sus 92 años cree que la tormenta solamente le echó a perder la estufa y que pronto podrá regresar a su hogar, ese mismo donde vivió más de seis décadas, crió a sus 13 hijos y vio crecer a sus nietos, lo que ignora es que su casa quedó sepultada bajo toneladas de tierra y que su familia intenta protegerla de una verdad que podría romperle el corazón.

Cuando sus hijos que viven en Guadalajara le llamaron por teléfono para saber de ella, quisieron viajar a Ensenada para acompañarla después de la tragedia, pero Francisca les pidió que no gastaran en boletos de avión, que mejor le mandaran ese dinero para comprarse una estufa nueva, una petición tan lógica que terminó por desgarrar a quienes conocen la verdadera magnitud de lo ocurrido.

A unos kilómetros de donde permanece resguardada, esta su hija María Isabel Estrada Segura, que camina entre montañas de arena, muebles destruidos y paredes cubiertas de lodo, tiene las manos sucias de tanto trabajar, los ojos llenos de lágrimas y una mirada nostálgica que parece buscar entre los escombros a aquella niña que alguna vez corrió por los pasillos de esa casa.

Aquí nació, aquí creció, aquí jugó con sus hermanos y aquí aprendió a vivir, entre esas paredes estaban las risas, los regaños, las celebraciones familiares y las Navidades que reunían a tantos hijos y nietos que ni siquiera los dos juegos de sala de su madre alcanzaban para acomodarlos a todos.

Pero la noche del sábado, durante la tormenta tropical Rachel, la historia de aquella familia cambió en cuestión de minutos.

Eran entre las nueve y las nueve y media de la noche cuando el agua comenzó a entrar a la vivienda, una de las hijas de Francisca, que esa noche se encontraba cuidándola, llamó desesperadamente a su sobrino para pedir ayuda, el hombre llegó acompañado de su hijo sin imaginar que estaba a punto de participar en un rescate que marcaría sus vidas.

Primero escucharon un estruendo, algo parecido a un trueno que hizo temblar la tranquilidad de aquella noche, después vino la tierra, no lentamente, no poco a poco, sino de golpe, el cerro entero se ve uno abajo.

El talud se desplomó sobre la vivienda, rompió ventanas, reventó puertas y comenzó a llenar las habitaciones de arena y lodo, mientras los familiares lograban sacar a Francisca antes de que la casa terminara sepultada.

Cuando intentaron regresar para recuperar ropa, documentos y algunas pertenencias de la anciana, ya no pudieron, donde antes había terreno firme se había formado un arroyo, la corriente había arrastrado vehículos y la tierra había invadido prácticamente toda la vivienda.

Mientras sus hijos agradecen tenerla con vida, ella permanece desesperada por regresar a un hogar que ya no existe como lo recuerda.

Su familia le ha contado una versión menos dolorosa, que entró agua, que se mojó la estufa, que están limpiando el lodo y que pronto podrán revisar sus cosas, pero no le han dicho que sus muebles quedaron destruidos, que las ventanas reventaron y que las habitaciones donde durmió durante tantos años quedaron enterradas.

El domingo por la mañana, María Isabel llegó para hacerse cargo de su madre, como acostumbraban turnarse entre hermanos para cuidarla, pero antes de sacarla del lugar tuvo que cubrirle el rostro con una cobija, no quería que viera la destrucción, temía que aquella imagen fuera demasiado para una mujer que padece diabetes, problemas de presión arterial y que lleva un marcapasos.

Hoy Francisca pregunta, insiste, se desespera, quiere volver a su habitación, sentarse en su sala, recuperar su rutina, no entiende por qué tarda tanto la limpieza de una vivienda que, según le han dicho, solamente se llenó de agua y lodo.

Y María Isabel, con las lágrimas asomándose mientras observa los destrozos, intenta explicar algo que todavía no termina de comprender.

Hay quienes, con la mejor intención, le han repetido que lo material va y viene, que lo importante es que su madre está viva, pero esas palabras, aunque ciertas, también pueden doler cuando se pronuncian frente a alguien que acaba de perderlo todo.

Porque nadie sabe cuánto trabajo costó comprar aquella sala, cuántos sacrificios hubo detrás de cada mueble, cuántos años tuvieron que pasar para levantar esa vivienda y convertirla en el punto de reunión de una familia que hoy suma varias generaciones.

María Isabel lo dice con tristeza, su madre consiguió sus cosas con mucho sacrificio, y aunque sabe que una vida no puede recuperarse, también entiende que a los 92 años no es tan sencillo volver a empezar.

Francisca cumplió años el pasado 16 de junio, todavía reconoce a sus nietos y bisnietos, conserva la alegría de convivir con ellos y hace poco viajó por carretera hasta San José, California, para conocer a uno de los más pequeños de la familia.

Es una mujer que ha visto pasar generaciones, que tuvo 13 hijos, de los cuales dos fallecieron, que cuenta con alrededor de 55 nietos y entre 25 y 30 bisnietos, una mujer cuya casa se convirtió durante décadas en el punto de encuentro de todos ellos.

Y ahora ese lugar está sepultado.

María Isabel asegura que nadie de Protección Civil acudió personalmente a advertirles que debían desalojar, que durante toda su vida aquel lugar había sido un cerro y que el agua corría por otra parte, por lo que nunca imaginaron que la tierra terminaría cayendo sobre sus viviendas.

También cuenta que vecinos les hablaron de una constructora que presuntamente realizó movimientos de tierra en la parte alta, una versión que no está confirmada y que tendrá que ser investigada para determinar si existieron modificaciones en los escurrimientos naturales.

En los alrededores también hay casas destruidas y otras que permanecen en riesgo de derrumbe, uno de los sobrinos de Francisca perdió su vivienda y su taller de motocicletas, donde quedaron enterradas unidades de sus clientes.

Mientras tanto, la familia continúa trabajando entre montañas de tierra, con palas, carretillas y las manos, acompañada por vecinos y voluntarios que se han sumado a las labores, aunque necesitan maquinaria pesada para retirar la enorme cantidad de material acumulado.

María Isabel mira lo que queda de aquella casa y recuerda que ahí estaba su cuna, que ahí comenzó su vida, que por esos pasillos corrieron sus hermanos y que en esa sala se reunían durante Navidad y Año Nuevo.

No está hablando solamente de una propiedad, está hablando de su infancia, de su padre que ya falleció, de sus hermanos, de sus hijos y de todos esos momentos que jamás imaginó que terminarían enterrados bajo un cerro.

A veces guarda silencio, otras veces intenta sonreír, pero la tristeza termina imponiéndose, todavía está conmocionada y agradecida de que su madre y su hermana hayan logrado salir con vida.

Dicen que un poco de diversión nunca cae mal, yo me lo tomé demasiado en serio, tanto que terminé convertido en capitán ...
15/10/2026

Dicen que un poco de diversión nunca cae mal, yo me lo tomé demasiado en serio, tanto que terminé convertido en capitán de un kayak amarillo, sin licencia de navegación, sin experiencia y con un trabajador de la CFE como copiloto.

Pero vamos por partes, porque esta historia, de verdad, no estaba en mis planes y, como dicen por ahí, lo que no se planea a veces sale mejor.

Era domingo, había sido un día de locos, de esos en los que amas tu trabajo, pero tu cerebro ya está pidiendo vacaciones, porque una cosa es tener pasión por el periodismo y otra muy distinta es pretender que uno trae baterías Duracell integradas.

La tormenta tropical Rachel había dejado a hecha un desastre, personas fallecidas, familias sin hogar, bardas derrumbadas, inundaciones y escenas desgarradoras, llevaba diez horas recorriendo la ciudad, desde las seis de la mañana, escuchando historias que te parten el alma, estaba agotado, no físicamente, sino mentalmente.

Y entonces apareció el destino, disfrazado de kayak amarillo.

Mientras tomaba fotografías en la calle Segunda, en plena Zona Centro de Ensenada, vi llegar a Luis Josué, un hombre al que jamás había visto en mi vida, no era mi amigo, ni siquiera sabía quién era, pero se acercó y me preguntó.

¿Quieres pasearte en el kayak?

Yo, que a esas alturas ya había perdido buena parte de mi capacidad para tomar decisiones inteligentes, le contesté que sí.

Y ahí me tienen, navegando por la calle Segunda, aunque decirle calle era demasiado optimista, porque el pavimento había desaparecido un metro bajo el agua y aquello parecía un canal de Venecia, por un momento hasta me sentí un auténtico gondolero italiano.

Cuando apenas comenzaba a sentirme dueño de los siete mares, apareció un trabajador de la Comisión Federal de Electricidad.

Oiga, ¿me puede dar un raite hasta aquel tablero?

Resulta que necesitaba llegar al equipo eléctrico que suministra energía a una planta de bombeo para desalojar el agua de la zona, así que, sin convocatoria de prensa, sin presupuesto extraordinario y mucho menos ceremonia de arranque, nació la primera misión naval de la CFE con un fotoperidoista convertido en taxista acuático.

El hombre se subió y comenzó nuestra travesía, aquello parecía un espectáculo de circo, avanzábamos en zigzag, un poco a la izquierda, otro poco a la derecha, por momentos pensé que terminaríamos en El Sauzal, pero llegamos al tablero, subió los interruptores y ¡milagro!, la bomba comenzó a funcionar.

Habíamos cumplido la misión, aunque todavía faltaba regresar al electricista, porque tampoco podía abandonarlo en medio del Gran Canal de la calle Segunda.

Lo dejé sano y salvo junto a su unidad y regresé a entregarle el kayak a Luis Josué, quien seguramente jamás imaginó que al prestárselo a un desconocido terminaría colaborando con la CFE.

La verdad, no sé si ayudé mucho, si estorbé poquito o si ya puedo agregar a mi currículum experiencia en transporte marítimo, pero después de tantas horas de tragedia, aquel momento me regaló algo que necesitaba, reírme un poco y despejar la mente.

Ahora tengo una historia más para contarles a mis hijos, y si como me imagino que les va a dar vergüenza que su padre haya terminado de gondolero en plena calle Segunda, no hay problema, esperaré a tener nietos, a ellos les contaré que su abuelo fue capitán de barco, colaborador de la CFE y pionero del primer transporte turístico en la Venecia ensenadense; total , para entonces ya nadie podrá desmentirme.

14/10/2026

Pues resulta que no todo lo que parece mi**da, es mi**da, y en esta ocasión vale la pena aclararlo, porque así como señalamos, también tenemos la obligación de reconocer cuando las cosas no son como parecen.

Hace unas horas denunciamos públicamente a la empresa Sanimex, luego de que una de sus unidades fuera captada descargando líquido en el arroyo Ensenada, a la altura de la calle Bronce, a plena luz del día, lo que provocó molestia e indignación entre quienes presenciaron la escena.

Pero la historia no fue así, resulta que la empresa no estaba arrojando desechos de fosas sépticas, sino agua de lluvia que había quedado estancada en diferentes puntos de Ensenada, como parte de las labores de limpieza y recuperación tras el paso de la tormenta tropical Rachel.

Y hay que reconocer los errores, nos equivocamos al señalar que estaban tirando excremento, y corresponde hacer la aclaración con la misma fuerza con la que hicimos la denuncia.

Ahora bien, también les tengo una recomendación a los amigos de Sanimex, pónganle una lona a sus unidades, un letrero, una manta, algo que diga que están apoyando en las labores de limpieza, porque ver una p**a que habitualmente se utiliza para el manejo de residuos de fosas sépticas descargando líquido en un arroyo, sin ninguna explicación visible, evidentemente puede generar sospechas.

No cuesta mucho colocar un mensaje que diga “Apoyando en las labores de limpieza tras la tormenta Rachel”, y de paso se reconoce públicamente el trabajo que están realizando.

Y si fuimos duros para señalar, también debemos ser claros para rectificar.

El periodismo no consiste en tener siempre la razón, sino en contar lo que sucede, verificar, corregir cuando sea necesario y no esconder los errores debajo de la alfombra.

Esta vez no era mi**da, era agua de lluvia, y qué bueno que se aclaró.

La casa comenzó a desmoronarse mientras Luis Alberto intentaba desesperadamente salvar a su familia, primero desapareció...
13/10/2026

La casa comenzó a desmoronarse mientras Luis Alberto intentaba desesperadamente salvar a su familia, primero desapareció la cocina, después las paredes comenzaron a ceder y el pedazo de tierra sobre el que estaba asentada la vivienda se desgajó, cayendo al arroyo junto con la construcción de madera y las seis personas que se encontraban en su interior.

Entre la oscuridad, el estruendo del agua y los pedazos de madera que golpeaban su cuerpo, Luis Alberto Vega Alonso, de apenas 26 años, escuchaba los gritos de su sobrina de 12 años, quien era arrastrada por la corriente a unos 10 o 15 metros de distancia, tan cerca que podía escucharla, pero demasiado lejos para alcanzarla.

“No se veía nada, yo escuchaba a la niña, pero no la veía”, recuerda el joven, quien sobrevivió a la fuerza del agua que arrasó con su vivienda durante la noche del sábado, cuando la tormenta tropical Rachel golpeaba el sur de Ensenada.

Durante el sábado, todo parecía transcurrir con normalidad en Ensenada, aunque el pronóstico advertía que la tormenta tropical Rachel llegaría alrededor de las dos de la madrugada del domingo, la lluvia comenzó varias horas antes, copiosa y abundante, con una intensidad pocas veces vista en el puerto.

La temperatura era agradable, pero las precipitaciones aumentaban y el suministro eléctrico ya se había interrumpido en distintas colonias de Ensenada, incluida El Pípila, una comunidad ubicada aproximadamente a 33 kilómetros al sur de la zona urbana, donde Luis Alberto vivía con su familia desde hacía apenas tres meses.

Aquella noche, mientras la lluvia parecía dar una tregua, Luis Alberto estaba con su esposa Silvia Lucero, de 30 años, su pequeño hijo de cuatro años, su cuñada Erika Ivonne, de aproximadamente 35, y sus sobrinos Ivonne Regina, de 12 años, y Gael Gustavo, de 14, todos refugiados en una casa de madera donde todavía había espacio para las bromas y las risas.

“Estábamos vacilando, entre nosotros nos estábamos riendo, no creíamos que la lluvia fuera ser tan fuerte”, recuerda Luis Alberto sobre aquellos últimos momentos juntos, cuando ninguno imaginaba que el arroyo estaba a punto de cambiar sus vidas para siempre.

Alrededor de las 10:30 de la noche, salió con su esposa para fumar un cigarro frente a su habitación, abrió la puerta y uno de sus perros entró desesperadamente hacia la cocina, él fue a buscarlo, lo quería sacar para que no mojara el piso, fue entonces cuando comenzó a escuchar un ruido extraño que confundió con el agua saliendo de una manguera a toda presión.

Tomó una lámpara de mano, miró por la ventana y alumbró hacia el exterior, descubrió que una corriente avanzaba rápidamente hacia la vivienda, le gritó a su esposa y a su cuñada para advertirles, pero ellas no alcanzaban a escucharlo y menos de distinguir el ruido que se aproximaba.

“Nunca me imaginé que fuera el arroyo, yo pensé que era una manguera de agua”, relató.

La corriente golpeó primero la cocina y comenzó a destruirla, los muebles y pedazos de madera entraron hacia la habitación, mientras Luis Alberto intentaba romper una ventana para alcanzar una camioneta pick up que tenía estacionada afuera y buscar la manera de poner a salvo a su familia.

No tuvo tiempo.

La fuerza del agua terminó por socavar el terreno donde estaba construida la vivienda, hasta que una parte de la tierra se desgajó y cayó al arroyo, arrastrando consigo los restos de la casa y a quienes todavía se encontraban dentro, sin dejarles prácticamente ninguna posibilidad de escapar.

Luis Alberto intentó sujetarse de lo que encontraba, pero la fuerza de la corriente le arrebató la lámpara, la ropa y cualquier posibilidad de orientarse, mientras escuchaba los gritos de su sobrina entre la oscuridad.

“¿Qué voy a pensar? Quería ayudar a mi niño, a mis sobrinos”, respondió cuando le pregunte qué pasaba por su mente mientras la vivienda iba cayendo al arroyo.

El agua lo arrastró más de cien metros hasta dejarlo prensado contra un árbol que lo mantenía atrapado por la espalda, hasta que una nueva ola golpeó con tanta fuerza que venció el árbol, lo sumergió nuevamente y terminó por liberarlo.

Cuando logró salir a la superficie, alcanzó a sujetarse de la ventana de otra vivienda que se estaba inundadando, donde un hombre lo ayudó a ponerse a salvo, estaba golpeado, raspado y sin saber qué había ocurrido con las cinco personas que minutos antes compartían con él aquella noche de lluvia.

A las seis de la mañana del domingo regresó para buscar a su familia, caminó hasta el sitio donde estaba su vivienda y encontró una escena difícil de asimilar, la casa donde apenas unas horas antes estaban todos reunidos había desaparecido, incluso una parte del terreno sobre el que estaba construida había sido arrancada por la corriente.

Solo quedaban pedazos de madera, sillones y algunos objetos esparcidos por el terreno, entre ellos los juguetes de su pequeño hijo, los mismos que hasta la noche anterior formaban parte de la vida cotidiana de aquella familia.

“Subimos hasta donde estaba la casa y ya no había nada, encontramos pedazos de la casa, sillones, juguetes de mi niño”, relató.

Luis Alberto comenzó a recorrer el lugar acompañado de familiares y personas de la comunidad, buscó entre los restos de la construcción y caminó por el arroyo tratando de encontrar a sus seres queridos.

Horas después, la tarde del domingo fue encontrado el cuerpo sin vida de su esposa Silvia Lucero, después localizaron a su sobrina Ivonne Regina, al día siguiente a su cuñada Erika Ivonne y finalmente a su sobrino Gael Gustavo, todos víctimas de la corriente que había destruido su hogar.

De las cinco personas que el arroyo le arrebató aquella noche, cuatro han sido encontradas sin vida,
pero todavía faltaba su pequeño hijo de cuatro años, cuya ausencia mantenía la angustia de Luis Alberto y de toda una comunidad que se había volcado a buscarlo.

Elementos de distintas corporaciones de emergencia y seguridad, vecinos, familiares y habitantes de la zona recorrieron el arroyo, revisaron entre las ramas, removieron el lodo y exploraron lagunas y acumulaciones de agua, conscientes de que la fuerza de la corriente pudo haber arrastrado al niño a distintos puntos del cauce.

Con el paso de las horas, la búsqueda continuó hasta que finalmente el pequeño fue localizado sin vida, confirmándose así la muerte de los cinco familiares que acompañaban a Luis Alberto aquella noche.

La noticia puso fin a la incertidumbre sobre su paradero, pero también confirmó la dimensión de una tragedia que dejó al joven sin su esposa, sin su hijo, sin sus dos sobrinos y sin su cuñada, además de haber perdido su vivienda y prácticamente todas sus pertenencias.

Había llegado de Sonora apenas tres meses atrás para comenzar una nueva etapa en Ensenada junto a su familia, prácticamente no tenía familiares cercanos en la ciudad y hoy reconoce que el apoyo de los familiares de su cuñado ha sido fundamental para enfrentar la tragedia.

“Ellos nunca me han dejado solo, me han apoyado y estoy agradecido con ellos”, expresó.

Durante la entrevista, Luis Alberto todavía llevaba en el brazo y espalda las heridas de aquella noche, pero su relato regresaba una y otra vez al momento en que la casa se derrumbó, cuando escuchaba a su sobrina entre la corriente y cuando intentó desesperadamente salvar a quienes estaban a su lado.

Hoy, mientras que los elementos de rescate y habitantes de la comunidad continúan recorriendo el arroyo El Pípila, buscando entre el lodo y los restos que dejó la corriente, Luis Alberto sigue esperando encontrar a su pequeño hijo de cuatro años.

Dirección

Ensenada

Notificaciones

Sea el primero en enterarse: le enviaremos un correo electrónico cuando Fotoperiodista Alejandro Zepeda publique novedades y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin y puede darse de baja en cualquier momento.

Contactar Con La Empresa

Enviar un mensaje a Fotoperiodista Alejandro Zepeda:

Atajos

Compartir

Categoría

Servicios De Fotografía cercanos