13/07/2026
**La cueva del Cerro de Culiacán no busca visitantes; busca almas atrapadas por su propia codicia.**
El viento en la cima del cerro silba de una forma extraña a las tres de la mañana. Quienes han caminado por sus faldas a esa hora juran que la roca misma parece abrirse, revelando una grieta de la que emana una luz dorada y tan intensa que hipnotiza. Es el brillo del oro puro, un resplandor que promete el fin de todas las penurias.
Don Julián, un hombre ahogado en deudas, no creía en los cuentos de la raza hasta que la vio. Atraído por el fulgor, se adentró en la caverna. Las paredes goteaban luz y el suelo estaba sepultado bajo montañas de monedas y joyas antiguas. Pero el oro no estaba solo.
De entre las sombras emergió un hombre alto, vestía de negro y tenía una mirada tan recia y fría que helaba la sangre. No amenazó a Julián; al contrario, le sonrió con una cortesía siniestra y le propuso las dos únicas reglas del juego:
* **El Pacto de Sangre:** Podía llevarse el tesoro entero en ese mismo momento si a cambio prometía entregar el alma pura de su primer nieto, un bebé que apenas había nacido hacía un mes.
* **La Prueba del Vacío:** Si no quería dar el alma, la alternativa era vaciar la cueva. Podía llevarse todo el oro, pero con una condición mortal: si al salir quedaba una sola moneda olvidada en el suelo, la entrada se sellaría para siempre y él pasaría a formar parte de la oscuridad.
Julián, cegado por la avaricia y confiado en su fuerza, rechazó el pacto del bebé y prefirió llenar sus sacos. Trabajó durante horas, sudando frío, recogiendo hasta el último gramo de metal. Cuando creyó haber terminado, caminó hacia la salida cargando el pesadísimo botín.
A solo un paso de la libertad, escuchó el eco tintineante de una moneda cayendo a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio una pequeña pieza de oro reluciendo en un rincón oscuro que juraba haber limpiado. Al mirar al hombre de negro, este ya no sonreía; su mirada seria sentenció el destino de Julián. La entrada se cerró en un parpadeo de piedra viva.
Hoy en día, la raza cuenta que el resplandor que emite la cueva a altas horas de la noche es aún más brillante. Dicen que no es solo el oro, sino también el alma de Julián, que ahora custodia el tesoro esperando al siguiente avaro.
¿Y tú? ¿Te atreverías a buscarla?