05/06/2026
Linduras del magisterio
Edilberto Nava García
Cuando uno mira la conducta del profesorado oficial, resuenan en el cerebro los amargos recuerdos de algunos excesos que uno sufrió durante la educación primaria. Anticipo que uno prefiere, opta por recordar sólo lo bueno, lo agradable, pero no siempre es así. Lo recuerdo muy bien, el día que mi papá nos llevó a inscribir en la primaria de mi pueblo, era ciertamente extemporáneo. La escuela no era de organización completa, porque poco después de dos años egresaría la primera generación. Así que el director era encargado y se llamó Albino López catalán, oriundo de la vecina ciudad de Tixtla.
El referido director se negó inscribirnos a mis hermanos y a mí. Era la última semana de enero y en ese momento distribuía entre sus colegas profesores los exámenes mimeografiados para ser aplicados inmediatamente. Un mes después yo cumpliría diez años de edad y me dolió mucho que no nos aceptara ni como oyentes. Pero sucedió algo raro: ahí muy cerca del plantel educativo vivían mis abuelos maternos y meses antes (en septiembre) ahí consiguió posada la maestra Sara, que en realidad se llamaba Modesta. Ella fue a recibir su paquete de exámenes y escuchó la negativa del director a inscribirnos. Cuando esa negativa se repitió, pues mi papá no cejaba en su empeño, salió la maestra Sara, quien sin más dijo al director: Si usted no los recibe, yo me los llevo a mi grupo. El director aún le dijo: a ver cómo le hace con las estadísticas, porque se enviaron desde noviembre, a lo que la mentora respondió: se resolverá maestro. Y, sin más, la maestra Sara nos condujo a su grupo, donde, dirigiéndose a sus alumnos les dijo que contestaran con mucha calma las primeras preguntas del examen, mientras nosotros haríamos otra cosa: escribió de inmediato las vocales en el pizarrón de lona negra indicándonos que las copiásemos, como pudiésemos. Recuerdo que las hice muy feas.
No se hacían tantas celebraciones escolares en aquel tiempo; no había marchas ni bloqueos. Desfilé por primera vez el 24 de febrero; el 10 de mayo en la cancha de basquetbol recién hecha con cemento, se hizo un programa alusivo, pero sin regalos a las madres. El siguiente programa en la misma cancha fue para clausurar el año lectivo. Siguió el trabajo del campo y a veces por la noche, mi papá nos enseñaba a leer y escribir, con puntos y comas; también mi mamá nos enseñaba, pero no asiduamente. Apango carecía de luz eléctrica. El caso fue que a finales de junio la maestra nos promocionó al siguiente grado. En segundo año nos tocó de mentor al citado profesor Albino López Catalán, quien estando de buenas, ni se le notaba, pero si algún compañero fallaba a la hora de responder a las preguntas, cogía un metro de madera, con la que a todos nos golpeaba en la cabeza. Tal actitud se repetía una o dos veces por semana y, sin embargo, aprendimos.
Durante los siguientes años lectivos tuvimos a otros profesores. Por ejemplo, Elías Ocampo Vega, castigaba jalando hacia arriba lo que llamamos patilla; me dijeron compañeros que duele mucho. Así fue la educación o la instrucción que recibimos. No había nada de derechos humanos ni los especiales derechos de los niños. Y me da un no sé qué escribir que la noche en que se presentó La Desvelada muerte en la sala de cabildos del ayuntamiento de Tixtla, asistieron dos expresidentes municipales: Edelmira Hernández Alcaraz y Albino López Catalán. Éste último, que ahí supo que mi origen es apangueño, se dirigió hacia mi y me dijo: seguramente fuiste mi alumno. Así fue, le respondí, fue usted mi mentor en segundo año. Vi que no le agradó mucho saberlo. Es probable que haya recordado su desempeño en aquella escuela que ya se denominaba “Pablo L. Sidar”.