10/07/2026
A veces confundimos la calma con la permanencia. Creemos que aquello que habitamos no está tan mal, que el azul todavía sostiene el día y que basta con acostumbrarse para seguir adelante. Pero hay momentos en que ese azul se hunde en una profunda negrura sin previo aviso. Lo que parecía soportable revela su verdadero peso y la oscuridad deja de ser una metáfora para volverse un lugar.
Dentro de esa oscuridad todo tiene otra textura. Arde, raspa, duele, quema. El tiempo se vuelve espeso y cada paso parece confirmar que no existe una salida. Sin embargo, incluso en el fondo más oscuro, aparecen destellos. No siempre llegan con suavidad: revientan frente a nosotros como luces intensas, obligándonos a abrir los ojos. Son incómodas porque muestran lo que no queríamos mirar, pero también porque iluminan el camino que permanecía oculto.
Entonces entendemos que ninguna oscuridad es infinita. Aquellos destellos blancos no borran las heridas ni las preguntas; pero hacen visible la posibilidad de avanzar.
Al final la noche siempre termina. Y al amanecer todo vuelve a tornarse azul en un juego de sombras. Aunque ese azul no es el mismo. Ya no representa la ingenuidad de creer que nada estaba tan mal, sino la serenidad de saber que todo cambia. Que el dolor encuentra un límite. Que las luces aparecen cuando más necesarias son. Y que, al final, todo pasa, todo se transforma y, de alguna manera, siempre volvemos a encontrarnos.
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Esta pequeña serie forma parte del proyecto La Reina de La Paz. Durante las próximas publicaciones compartiré fragmentos de este proyecto que al final verá la luz en un fanzine impreso hecho a mano con un tiraje limitado.
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