29/05/2025
En un mundo que se desplaza con un clic,
donde el pensamiento se dobla al ritmo
de notificaciones y píxeles,
vendimos nuestro silencio
a un algoritmo que sueña por nosotros.
Hablamos de amor con emojis amarillos,
y mientras recorremos la vida de otros,
olvidamos lo que significa llorar de verdad.
El corazón late, pero fuera de ritmo,
en una orquesta donde el alma desafina.
Un mundo donde la IA toma fotos y compone poemas,
dice “te amo” con una precisión
que haría sonrojar a los poetas ebrios.
Pero no conoce
el peso de una ausencia en el pecho,
ni cómo un simple “hola” puede hacerte temblar.
Tan racional, tan perfecta,
que resulta absurda.
Porque el amor, el verdadero amor,
es defectuoso, caótico, inestable.
Es esperar horas por un mensaje,
decirlo todo en el momento equivocado,
no tener sentido,
y aun así sentirse profundamente correcto.
Vivimos en una era de espejos digitales
que no reflejan nada,
donde la profundidad es solo un filtro
y la verdad, un algoritmo por optimizar.
Y, sin embargo, en este carrusel de bytes,
entre errores disfrazados de emociones
y silencios hechos de notificaciones perdidas,
hay un fallo que no logro corregir.
Un dulce bug que siempre regresa,
incluso cuando todo lo demás funciona.
Se esconde entre líneas de código
y latidos descompasados,
un detalle que nadie nota,
pero que para mí lo significa todo.
No hace falta descifrarlo.
Yo lo siento. Siempre.