22/03/2026
Donde el mimbre recuerda
Dicen en el camino a Saltiacotitan que hay una tienda donde el tiempo no se vende… se teje.
Nadie sabe desde cuándo está ahí. Algunos aseguran que apareció una madrugada, como si la hubieran sembrado entre el polvo y el calor, y que desde entonces ha permanecido igual, respirando lentamente, como los árboles viejos que ya no crecen pero tampoco mueren.
Las canastas no son objetos. Son recipientes de memoria.
Si uno se acerca lo suficiente y sin prisa, sin intención, puede escuchar cómo sus fibras susurran nombres olvidados, risas de niños que ya son abuelos, promesas que nunca se cumplieron.
La mujer que camina con la canasta sobre la cabeza no siempre ha estado allí… pero tampoco se ha ido nunca.
Algunos dicen que es la misma desde hace décadas, que no envejece, que cada paso suyo sostiene el equilibrio de algo más grande que ella: el peso invisible de lo que el mundo moderno ha dejado atrás.
No habla. No necesita hacerlo.
Su andar es un idioma antiguo.
El paletero, en cambio, sí pertenece al tiempo.
Aparece y desaparece como una campanada de azúcar en medio del calor. Sus colores rojo, verde, azul, son los únicos que no obedecen al dorado solemne del lugar. Pero incluso él, sin saberlo, baja la voz cuando pasa frente a la tienda, como si temiera despertar algo que duerme entre las sombras de las lámparas de mimbre.
Al atardecer, cuando la luz se vuelve espesa y dorada, ocurre lo inevitable:
las sombras de las canastas comienzan a moverse solas.
No es viento.
Es recuerdo.
Las formas proyectadas en la pared se transforman en manos que tejen, en cuerpos que esperan, en historias que se repiten una y otra vez, como si el lugar se negara a olvidar a quienes lo habitaron.
Y entonces, por un instante, breve, casi imperceptible,
la carretera deja de ser camino…
y se convierte en frontera.
Quien cruza, no siempre regresa siendo el mismo.
Hay lugares donde uno compra objetos…
y hay otros, como este, donde sin darse cuenta…
uno deja algo de sí, para siempre, entre las fibras del tiempo.