17/05/2026
Hoy celebramos la gran solemnidad de la Ascensión del Señor. El Evangelio de san Mateo nos deja las últimas palabras de Jesús antes de volver al Padre:
“Vayan y hagan discípulo, y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
La Ascensión no significa que Jesús se aleja de nosotros. Al contrario: ahora está presente de una manera nueva, más profunda y universal. Antes caminaba por los caminos de Galilea; ahora camina en el corazón de cada creyente, en la Iglesia, en la Eucaristía, en los pobres, en la familia, en nuestra vida diaria.
Los discípulos tenían miedo, dudas e inseguridades. Y aun así, Jesús les confía una misión inmensa: anunciar el Evangelio al mundo entero. Esto nos enseña algo muy importante: Dios no espera personas perfectas para actuar; Él transforma personas sencillas en testigos de esperanza.
La Ascensión también nos recuerda hacia dónde va nuestra vida. Cristo sube al cielo para abrirnos el camino. Nuestro destino no es quedarnos atrapados en el miedo, el pecado o la tristeza; nuestra meta es la vida eterna con Dios. Por eso el cristiano vive con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo.
Y hay una frase que sostiene toda nuestra fe:
“Yo estaré con ustedes todos los días”.
No algunos días. No solo cuando somos fuertes. Todos los días: en la enfermedad y en la alegría, en el trabajo y en el cansancio, en las luchas de la familia y en los momentos de soledad. Cristo no abandona a su pueblo.
Hoy Jesús también nos dice: “Ve y anuncia con tu vida”. Tal vez no predicaremos en grandes lugares, pero sí podemos evangelizar con una palabra buena, con paciencia, con perdón, con honestidad, con una fe viva en medio del mundo.