03/09/2026
Primero fuimos nosotros dos.
Marido y mujer, aprendiendo a compartir los días, a tomar decisiones juntos y a imaginar un futuro que, por aquel entonces, todavía no tenía todos los rostros que llegaría a tener. Después llegó él, y el amor adquirió otra responsabilidad, otro ritmo, otra manera de existir. Pasaron algunos años y decidimos, una vez más, ampliar la familia.
Y, antes incluso de que se la presentaran, él ya ensayaba el lugar que ocuparía en la vida de su hermana. Acercaba el rostro, apoyaba las manos, inventaba maneras de estar cerca… quizá sin comprender del todo que, dentro de aquella barriga, también estaba naciendo una nueva versión de él: la de hermano mayor.
Todavía no conoce su voz, ni el peso de su pequeña mano buscando la suya. Pero en estas fotografías ya se acerca, escucha, acaricia y protege. Como si algunos afectos fueran aprendidos por el cuerpo antes de encontrar palabras.
Algún día, su hermana mirará estas imágenes y descubrirá algo precioso: antes de conocerla, su hermano ya tenía una manera de cuidarla. Y el tiempo será generoso con los dos. Les dará secretos, juegos, pequeñas alianzas, alguna que otra pelea y muchas maneras de volver a elegirse.
Y nosotros, como pareja, miraremos estas fotografías desde otro lugar. Recordaremos cuando éramos dos, el día en que nos convertimos en tres y aquella decisión, años después, de hacerle sitio a una vida más. Tal vez entonces entendamos que construir una familia también fue eso: ensanchar, poco a poco, nuestro lugar en el mundo para que cada uno de ellos pudiera llamarlo hogar.
Y quizá por eso fotografiamos: para que, muchos años después, nuestros hijos puedan mirar hacia atrás y reconocer no solo cómo éramos, sino cuánto de su historia ya estaba comenzando entre nosotros.