08/01/2019
Hoy 8 de enero era la vuelta a la rutina, el fin de las fiestas de Navidad.
Esta mañana, al llegar, nos hemos encontrado con una triste noticia.
Manuel, nuestro vecino en el edificio donde se ubica nuestra tienda, nos ha dejado para siempre con tan sólo 52 años.
Su hermano Miguel lo encontró ayer, al parecer, en el suelo de la cocina de la casa materna, ya sin vida.
Tras 20 años de vecindad, Manuel y yo nunca habíamos llegado a ser amigos; teníamos una cordial relación de conocidos, salpicada con esporádicos momentos de fraternidad, como el del pasado día 31, cuando se me acercó y me dio dos besos para desearme un feliz año.
En todo este tiempo siempre guardé las distancias, y en alguna ocasión estuve a punto de reprenderle por su comportamiento hacia su madre, que tantas irritaciones llevaba a sus espaldas.
Pero en el último año Manuel parecía haber cambiado, se le veía más pendiente de su anciana madre, no probaba el alcohol, se esforzaba por encontrar trabajo y hasta se había comprado una bicicleta que le ayudaba a llevar una vida más sana.
Repentinamente, cuando menos lo esperábamos, la muerte le sorprendió.
Sin hacer ruido, le dejó paladear los primeros días de 2019 para después llevárselo definitivamente.
Es ahora cuando siento que él ocupaba un espacio en nuestras vidas, más o menos importante, pero un espacio al fin.
Y tan de repente como se marchó, caigo en la cuenta de que su partida me produce desasosiego, de que quizá no supe ver todo aquello que tenía de bueno: su optimismo, sus fuerzas para seguir adelante, su voluntad para superar sus miedos...
Cada día la vida nos muestra un episodio de la historia; hoy aprendí que a veces la soberbia nos venda los ojos, y sólo alcanzamos a ver el alma de aquellos que nos rodean cuando es demasiado tarde.
Por cuestiones de trabajo no he podido ir a despedirme, pero éste es mi homenaje para ti, Manuel.
Que la tierra te sea leve, descansa en paz.