16/09/2019
FRAY TOMÁS DE TORQUEMADA (14 de Octubre de 1420-16 de Septiembre de 1498)
A mediados de 1478, desde la ciudad de Sevilla llegaron a manos de los Reyes varios documentos que censuraban el proceder observado por algunos miembros de las órdenes religiosas y acusándose en aquellos papeles a ciertos prebostes de llevar una vida irregular, más propia de aristócratas licenciosos que de ministros de la Iglesia. Preocupada por la trascendencia que pudieran tener tan díscolas actitudes a la vez que transida en lo más íntimo de su fe inquebrantable en Dios, la Reina Isabel la Católica se marcó como objetivos inmediatos la reforma del clero y la supresión de estos hábitos perniciosos en quienes, pensaba, si observaran el debido comportamiento cristiano habrían de servir de ejemplo a su feligresía.
A un tiempo, Fray Alonso de Ojeda, prior del convento de San Pablo de la capital hispalense, clamaba a diario desde su púlpito contra las prácticas heréticas de los judíos conversos, los cuales, sin abandonar realmente sus creencias, habían abrazado el catolicismo para escapar a posibles persecuciones y, en muchos casos, conseguir cargos y prebendas que les estaban vedados en razón de su religión. Para acabar con este grave problema que, sin duda alguna, venía a significar una rémora en la tan ansiada consecución de la unidad religiosa en todos sus territorios, los Reyes se dirigieron al Papa solicitando permiso para establecer en Castilla un tribunal inquisitorial.
Por bula de Sixto IV quedó autorizada la creación del Tribunal del Santo Oficio, fijándose como función primordial de esta institución la incoación de procesos contra toda suerte de herejes, apóstatas, idólatras, bígamos, supersticiosos y autores de libros que atentasen contra la doctrina oficial de la iglesia de Roma. Al igual que en la justicia ordinaria, la instrucción de estos procesos era secreta, y las denuncias y las declaraciones de los testigos quedaban también reservadas al propio tribunal. Como era costumbre en la época, se admitían en pro de lograr la confesión del acusado la prisión y los tormentos, entregándose los reos a las autoridades civiles una vez dictadas las correspondientes sentencias. Estas no eran más duras que aquellas al uso en los tribunales seculares oscilando, según la falta encontrada, desde la forzada reclusión en algún apartado cenobio durante el tiempo que fijase el alto tribunal hasta la muerte en la hoguera cuando la gravedad del pecado cometido era máxima, pasando por las distintas gradaciones de los trabajos forzados, el destierro o, las más habituales, los sambenitos y las corozas*. El castigo de los penitenciados debía ser público, normalmente en días festivos o fechas solemnes para que así se favoreciese la asistencia masiva de sus convecinos. Siendo habituales las reconciliaciones y abjuraciones* de los condenados, dio el vulgo en llamar a estos episodios autos de fe.
El primer inquisidor general fue el dominico palentino Fray Tomás de Torquemada, el cual desempeñaría dicho cargo durante dieciséis años. Hijo del señor de Torquemada, su infancia transcurrió en la apacible seguridad de una familia hidalga de provincias. Siguiendo el proceder habitual de los segundones de la mediana nobleza, es decir, profesar en religión o buscar la gloria empuñando las armas, el joven Tomás se decidió por lo primero ingresando de novicio en el convento de San Pablo, en Valladolid, donde pronto destacaría por su acendrada vocación y conocimientos teológicos. Ya prior del convento de la Santa Cruz, en Segovia, la fama del austero fraile no escapó al entorno de la Reina, la cual le nombraría confesor personal y, llegado el momento, inquisidor general de Castilla y Aragón. Profundamente comprometido con la labor que se le había confiado, fray Tomás de Torquemada reorganizó el Santo Oficio dotándolo de unas exhaustivas ordenanzas y estableciendo tribunales en Sevilla, Córdoba y Jaén. Ferviente defensor del poder real, Torquemada centralizó la institución dándole un marcado carácter nacional. Su gestión al frente del Santo Oficio le atrajo numerosos enemigos recibiendo, incluso, una reprensión del Sumo Pontífice por la extrema severidad de sus disposiciones.
Sin embargo, desde la perspectiva que nos proporciona el paso del tiempo hemos de aceptar que este acusado rigor mantuvo la unidad del pueblo español evitando las confrontaciones religiosas que sufrieron otros países. Bastión de los que creían beneficioso para la nación el destierro de los judíos, su opinión fue de importancia vital a la hora de firmar los Reyes, el 31 de marzo de 1492, el edicto de expulsión. Enfrentado a ciertos sectores económicos que abogaban por la permanencia en nuestro suelo de la poderosa comunidad sefardita, Fray Tomás abandonó el cargo retirándose al convento de los dominicos de Ávila, casa por él fundada, donde le sobrevendría la muerte un día como hoy del año de Nuestro Señor de 1498. Paradigma de inquisidores, se cuentan por igual defensores y detractores de la figura de Fray Tomás de Torquemada, si bien uno piensa, como tan acertadamente expresó el reverendo padre agustino don Miguel de la Pinta Llorente, que “la Inquisición resultaba un formidable instrumento político al servicio de una tarea nacional, tarea a la que dedicaron todo su poder e influencia los Reyes de España”.
(*) Coroza: Capirote de papel engrudado y de figura cónica alargada, que como señal afrentosa se ponía en la cabeza de ciertos condenados, y llevaba pintadas figuras alusivas al delito o a su castigo. Abjurar: Retractarse, renegar, a veces públicamente, de una creencia o compromiso que antes se ha profesado o asumido.
Imagen: Expulsión de los judíos de España (año de 1492) 1889. Óleo sobre lienzo de Emilio Sala. Museo del Prado.