04/10/2025
Entrar a una iglesia ortodoxa es como entrar a otro mundo. Los techos altos, las paredes llenas de íconos dorados y ese olor a incienso que lo envuelve todo hacen que uno sienta que el tiempo se detiene. No hay prisa, solo silencio y contemplación.
Me impresionó cómo cada rincón está pensado para invitarte a mirar hacia adentro. La luz que entra es tenue, como si quisiera protegerte del ruido de afuera. Y los cantos, tan distintos a lo que conocía, te transportan a un espacio más íntimo.
Tienen un lugar donde se encienden velas para los vivos y para los mu***os. No es un gesto vacío, es un símbolo profundo que viene de siglos atrás. Las velas representan la luz de Cristo y cada llama es una oración, un recuerdo o un pedido que sube en silencio.
Me impresionó ver cómo este rincón está dividido en dos. De un lado, las velas para quienes partieron, un acto de memoria que mantiene viva su presencia en nosotros. Del otro, las velas para los vivos, como un deseo de protección, de salud y de esperanza. Es un recordatorio de que todos estamos conectados, aquí y allá, en vida y en trascendencia.
Ahí sentado, entendí que la espiritualidad no siempre está en lo que decimos, sino en lo que callamos, sencillo. la vida nos pasa y sigo viendo a todos lados...