30/07/2026
Hay algo que con los años he dejado de intentar proteger.
Mis fotografías.
Porque entendí algo que al principio me costó muchísimo aceptar.
Se puede copiar una fotografía.
Se puede copiar un vestido.
Un encuadre.
Una localización.
Una edición.
Incluso una web entera.
Lo que nunca se puede copiar es el camino que te llevó hasta allí.
Mis fotografías no nacen delante del ordenador.
Nacen mucho antes.
En los museos donde entro sin prisa.
En las películas que me dejan pensando durante días.
En los libros que subrayo.
En las conversaciones con mis amigas.
En la forma en que mis hijas se abrazan cuando creen que nadie las mira.
En la pérdida de mi madre.
En las miles de familias que me han permitido entrar en uno de los momentos más importantes de su vida.
No fotografío como fotografío por lo que he aprendido de otros fotógrafos.
Fotografío como fotografío por cómo me ha atravesado la vida.
Así que, si algún día ves una fotografía que se parece a una mía, probablemente no me enfade.
Porque una fotografía nunca ha sido mi verdadero trabajo.
Mi trabajo siempre ha sido aprender a mirar.
Y eso, por suerte, no se puede copiar.