28/05/2026
Hay legados que no se explican a través de la razón; se incrustan en la sangre, y mi unión con la Virgen de Aguas-Santas es, precisamente, esa clase de herencia compartida.
Hoy, mientras Jerez de los Caballeros se estremece con la procesión magna Mariana que será historia —con todos sus palios cobijando las calles durante mas de casi ocho horas para conmemorar el centenario de la Hermandad—, me resulta inevitable volver la vista atrás. Solo desde el ayer logro comprender hasta qué punto mi propia identidad germinó en ese rincón del mundo.
Mi familia no fue una espectadora de la llegada de Aguas-Santas: fue la mano que la ayudó a ponerse en pie con su fundación.
Mi abuelo, mi madre y los míos junto con Jesús Macarro y otros ciudadanos moldearon los primeros pasos de la hermandad. Crecí habitando sus costuras, entre el aroma de las flores, el encaje de las enaguas y los muros de la ermita.
Entre los diez y los dieciséis años, mi único juego posible pasaba por allí. Recuerdo perfectamente jugar con una parihuela pequeñita, de apenas un metro y medio, llevando encima a la Virgen de la Luz, esa misma que hoy preside la Amargura en esta Magna. Mi infancia fue también la de preparar el cáliz, el vino y las formas para la misa; una estampa de niño en la que, con total inocencia, terminaba comiéndome de golpe cinco hostias sin consagrar, como pan de angelito, mientras las iba organizando entre cientos y cientos de flores.
Aquel espacio fue mi verdadera escuela sentimental, artística y humana. El murmullo de las mujeres rezando en el más estricto silencio, los claveles que se disponían con mimo para la Virgen —«la grande y la chica», como yo solía llamarlas—, las puertas abiertas de par en par al caer la tarde y esa certeza constante de que, bajo aquel techo, siempre ocurría algo trascendental, aunque se manifestara en un susurro. Es un álbum vivo que me nombra: mi tía Pepi comprando las flores; mi tío Manolo autor del altar madera y entregado a su ebanistería; mi padre ejerciendo como tesorero; y aquellas horas interminables de juegos en el patio junto a Encarna Valle y mi primo Jose Manuel.
Nuestra vida familiar entera está sellada bajo ese techo. En Jerez son pocas las que comparten el nombre de mi hermana: Aguas-Santas. Allí se casaron mis padres; allí lo hicieron también mis tíos Pepi y Manolo. De aquel día de mis tíos nunca olvidaré que fue la primera boda en la que yo participaba como un niño que llevaba las arras. Cuando llegó el momento de salir y me dieron el arroz para lanzárselo, mi mente de niño pensó que aquello era para comérselo, así que me lo empecé a comer todo en lugar de tirárselo a ellos. En la intimidad de esa misma ermita, a solas con Ella, celebré mi primera comunión, y años más tarde, mi hermana y mi cuñado volvieron a casarse y a decir «sí, quiero» bajo su mirada protectora. Recuerdo con una sonrisa la firmeza de mi madre cuando repetía hace muchos años : «Cuando me muera, el entierro allí».
«Mamá —le replicaba yo—, eso es imposible; el sitio es demasiado pequeño para lo famosa que tú eres». «Claro que se puede; entran la gente por un lado y salen por otro por otro…».
El tiempo le demostró que logísticamente era inviable, pero su deseo permaneció para siempre como una vela encendida en el altar de nuestros recuerdos.
Es imposible no evocar a mi abuela Pepa y a mi tía Cipri —la mujer de Lineros— abriendo las puertas de la ermita cada tarde al llegar el mes de mayo. O a las amigas de mi madre —tantas que ya nos faltan— con quienes compartí momentos imborrables, Consuelo Moreno, Sole Sanabria, Maria Luisa Calzado y un largo etcétera. La memoria me devuelve también el eco de las excursiones a Salvaleón y, de manera muy luminosa, la romería a Villaverde del Río junto a Jesuli—quien precisamente ahora me ha hecho llegar este extracto de los estatutos de la cofradía—, compartiendo camino con Sofia Caballo, Modesto Valle e Isabel,Pajita que hoy sus hijas llevan la hermandad y tantos otros.
Conviene tener presente un orgullo geográfico y devocional: en toda España solo existen tres patronas Aguas-Santas: Jerez de los Caballeros, Villaverde del Río y Salvaleón. Tres enclaves que humedecen mi recuerdo como un manantial inagotable.
Hace poco tiempo, tras la marcha de papá, me tocó la difícil tarea de ordenar y recoger sus pertenencias. Al detenerme en las fotografías antiguas, corroboré la sospecha de toda una vida: los años más puros de mi adolescencia se vivieron allí, al amparo de la Virgen. Si tuviera que resumir todo este universo en una sola imagen, elegiría una rutina tan sencilla como una oración de la infancia. Cuando en nuestra casa irrumpía la incertidumbre o el dolor, mi madre no dudaba: tomaba la llave de la ermita y marchaba a refugiarse en la Virgen. Esa llave no era un simple trozo de metal; era nuestro salvoconducto. Abría una puerta pequeña al mundo, pero nos devolvía la paz al corazón.
Por todo esto, la Procesión Magna Mariana de hoy trasciende el concepto de un desfile procesional. Es para mi regreso definitivo a casa, presenciado por la ciudad entera. Es nuestra memoria colectiva caminando en orden, la herencia familiar abriendo paso y la fe hecha luz en la calle. Hoy, Jerez le da las gracias en voz alta a la Virgen de Aguas-Santas mientras algo se nos renueva en el pecho. Cuando el palio comience a avanzar, el tiempo no importará: será nuestra propia historia la que camine sobre los hombros de su pueblo.
Junta de Cofradías de Semana Santa, Jerez de los Caballeros
Pepi Giles