26/05/2018
vida en fotografías.
No tengo muy claro si se trata de una búsqueda, de una huida, o de ninguna de las dos cosas. Pero el caso es que me cuesta mucho estarme quieta.
Esta vez el camino me ha llevado hasta un rincón de Cangas de Onís. Concretamente a una aldea llamada Jelgueres, donde paso las tardes haciendo cosas fascinantes como dormir la siesta (caso de hoy), jugando con Mael y su mamá Daniela, o contemplando los atardeceres más preciosos. Daniela educa a su hijo de una forma muy especial, y además de hacerme con depósitos de cariño, aprendo muchísimo. También leo un poco y contemplo libros de fotografía que, a medida que pasan los años, van cogiendo nuevos valores y nuevas dimensiones.
Quería deciros que aquí se está muy a gusto, pero que se está mejor cuando venís a visitarme. Para que lo hagáis, puedo sobornaros con unas setas en el Polesu, o unas sidras en la Cueva, o un vino del Alimerka en casa Delfina. También puedo sobornaros con una luz cálida y bellísima que hace que el verde de las vegas coja muchísima fuerza, con unos amaneceres cubiertos de neblina, con montañas de caliza y piornos y avellanos.
Si todo esto fuera poco, tengo una jefa que me mima y me cuida como no me merezco, (solo le falta bañarme con leche de burra como a Cleopatra), una persona alejada de todo estándar y que vive libre y con respeto. Y un compañero lleno de sabiduría llamado Ramón que lleva media vida surcando los Picos y que, aunque él quizás no lo sepa, desprende una luz muy especial. Sólo por estas personas yo creo que ya merece la pierna.