18/05/2026
“A las 20:40 estate en la puerta trasera del pabellón para hacer fotos, que viene Connor McGregor.”
Aquella semana estábamos trabajando para Bellator. Días intensos, de muchísimo trabajo y poco descanso. Pero también de esos que disfrutas.
Después del pesaje ceremonial, volvíamos al hotel cuando tuve la brillante idea de tropezarme con los últimos escalones. Fui directo y de cabeza contra una puerta de emergencia y acabé en el suelo, sangrando bastante más de lo que me hubiera gustado. La frente abierta, como un corte de codo en un combate de muay thai.
El cutman me atendió allí mismo y me dio dos opciones: pegamento y cicatriz fea… o puntos en el hospital.
Elegí los puntos.
Aunque al final, en vez de acabar en un hospital, terminamos desviándonos hacia otro evento de MMA bastante underground, con el público asomado por encima de la jaula, porque allí estaba trabajando la doctora que cubriría Bellator al día siguiente.
Mientras me cosía, me pidió permiso para cortarme un poco el flequillo.
Mi respuesta, con la cara bien seria: “Buah… si ya tengo pagado el viaje a Turquía para los implantes, esto va a hacer que me salga todo más caro.”
Y por bromista, en la revisión del día siguiente, me recibió con un par de tiritas de niño pequeño que colocó en mitad de la frente. Bien visibles.
Y aun así, mereció completamente la pena.
Mereció la pena porque esa noche pude fotografiar de cerca a Connor McGregor. Un evento canónico en mi carrera como fotógrafo de deportes de contacto.