27/08/2026
Lo más empinado de la subida ha quedado atrás. Hasta ahora, el bosque de alcornoques, quejigos y madroños había sido un buen aliado, cerraba el paisaje, ocultaba lo que había más allá y me permitía avanzar sin saber muy bien qué me esperaba. Pero al alcanzar el Puerto de las Calabazas, el bosque se abre de repente y aparece el valle de la vertiente gaditana.
La visión me deja quieto.
Allá abajo, el paisaje se extiende como si Poseidón hubiera levantado el Atlántico entero y lo hubiera empujado tierra adentro, encajonándolo entre las montañas. El cielo, sin embargo, no tiene nada de mitológico. Es oscuro, amenazante y cada vez más cercano. La tormenta avanza.
Estoy a mitad de camino y la montaña me plantea una elección sencilla, aunque ninguna opción parece especialmente buena: desandar lo andado y bajar con cuidado, o seguir hacia la cima, alcanzar el Aljibe y confiar en que aquella enorme mole de piedra detenga la tormenta y que, al otro lado, la cara este sea más amable.
Se que lo que queda de subida tiene una pendiente más suave. Podría incluso acelerar el paso, pero las piernas recuerdan perfectamente lo que ha costado llegar hasta aquí y reclaman un descanso. Me siento un momento.
Si algo me gusta de la montaña es que allí nadie juega con ventaja. O, al menos, nadie debería hacerlo. Porque si llevar ropa impermeable, botas engrasadas y todo lo necesario para enfrentarse a un cambio de tiempo cuenta como ventaja, yo ahora mismo estoy en clara superioridad.
La tormenta no entiende de excusas, pero a mí me reconfortan.
La decisión está tomada. Subo al Aljibe.
Después bajaré por la cara este y ya veremos qué ocurre. Solo me queda confiar en que la montaña cumpla su parte del trato y detenga el temporal. Y, sobre todo, en que cuando llegue a la carretera aparezca alguien dispuesto a recoger a un montañero empapado y dejarlo, por pura misericordia, junto a un café caliente en la venta del Puerto de Galis.
Nunca había tenido un café tan presente antes de llegar a una cima.