02/03/2026
En el corregimiento de La Sierpe, donde el viento sopla caliente entre los árboles y las noches parecen susurrar secretos, todos conocían a Javier.
Pero no por valiente.
Lo conocían por perdedor.
Siempre llevaba su gallo bajo el brazo, con esperanza en los ojos… y siempre regresaba con el ave ensangrentada, derrotada. En las peleas de gallo de San Marcos, de Majagual, de los pueblos vecinos… Javier nunca ganaba.
Las burlas eran despiadadas.
—Ahí viene el enterrador de gallos.
—Mejor ponte a sembrar arroz, Javier.
—Ni los pollitos te respetan.
Las risas lo seguían hasta su casa.
Pero la peor noche fue cuando perdió en el corregimiento de El Naranjo. Su gallo cayó con el pecho abierto, las plumas pegadas de sangre y barro. Javier recogió el cuerpo sin decir palabra y emprendió el camino de regreso hacia La Sierpe.
La luna estaba roja.
El monte estaba demasiado silencioso.
A mitad del camino, donde los árboles se cierran como una jaula y el aire se vuelve espeso, un anciano apareció sentado sobre un tronco atravesado en la vía.
Tenía un sombrero viejo y los ojos hundidos como pozos sin fondo.
—Te duele perder… —dijo con voz rasposa.
Javier se detuvo. Sintió un frío que no era del viento.
—Yo puedo darte un gallo que jamás perderá. Un gallo que hará que se arrodillen ante ti en San Marcos… y en todos los pueblos vecinos.
Javier tragó saliva.
—¿Y qué quiere usted a cambio?
El anciano sonrió. Sus dientes parecían demasiado afilados.
—Nada… por ahora. Solo que algún día regreses el favor.
El monte quedó en silencio absoluto.
Y Javier aceptó.
⸻
A la mañana siguiente, encontró frente a su casa un gallo negro. No era grande. No parecía especial. Pero sus ojos… sus ojos eran rojos. No brillaban: ardían.
Lo llamó simplemente El Negro.
La primera pelea fue en San Marcos.
El coliseo improvisado estaba lleno. El calor, el ron, los gritos… todo parecía igual que siempre.
Hasta que soltaron los gallos.
El Negro no atacó de inmediato.
Caminó lento.
El otro gallo se lanzó con violencia, pero en el aire —antes de tocarlo— lanzó un chillido extraño… como si algo invisible lo hubiera desgarrado.
El Negro saltó.
El sonido fue seco.
Un golpe imposible.
Las espuelas atravesaron carne y hueso como si fueran mantequilla. La sangre salpicó el ruedo y el público quedó mudo.
El gallo rival cayó con el cuello torcido en un ángulo antinatural.
Pero lo peor no fue eso.
Lo peor fue que el Negro no se detuvo.
Picoteó los ojos del vencido. Arrancó plumas. Sacudió el cuerpo como si disfrutara cada segundo.
Y entonces…
Cantó.
Pero no fue un canto normal.
Fue un sonido profundo, ronco… que vibró en el pecho de todos los presentes.
Un sonido que no parecía de este mundo.
⸻
Desde esa noche, Javier no volvió a perder.
Ganó en San Marcos.
Ganó en Majagual.
Ganó en todos los pueblos vecinos.
La gente ya no se burlaba.
Le tenían miedo.
Porque cada pelea era peor que la anterior.
El Negro parecía crecer. Sus plumas eran más oscuras. Más brillantes. A veces, bajo la luz, parecían moverse como sombras vivas.
Los otros gallos no querían entrar al ruedo.
Algunos morían antes de comenzar.
Otros simplemente se desplomaban temblando.
Y cada vez que el Negro cantaba, los perros del pueblo aullaban.
⸻
Hasta que una noche, después de la mayor apuesta en la historia de La Sierpe, Javier regresaba solo… con los bolsillos llenos de dinero.
El camino estaba oscuro.
Demasiado oscuro.
Y ahí, donde todo comenzó… estaba el anciano.
Pero ya no parecía humano.
Su sombra era demasiado grande. Sus ojos ardían igual que los del gallo.
—Es hora de regresar el favor.
Javier retrocedió.
—¿Qué favor?
El Negro comenzó a cantar detrás de él.
El anciano sonrió.
—Yo te di un campeón… ahora tú me darás el siguiente.
El viento sopló fuerte.
Cuando encontraron el dinero tirado en el camino, no había rastro de Javier.
Solo plumas negras.
Y marcas de espuelas hundidas en la tierra… como si algo hubiera sido arrastrado hacia el monte.
Esa misma noche, en un pueblo vecino, apareció un gallo nuevo en el ruedo.
Más grande.
Más oscuro.
Con ojos rojos… pero llenos de algo humano.
Ganó en segundos.
Y cuando cantó…
Algunos juraron que no era un canto.
Que era la voz de un hombre pidiendo ayuda.
Desde entonces, en La Sierpe nadie camina solo de noche por el camino hacia El Naranjo.
Y cuando un gallo canta demasiado fuerte en la madrugada…
Hay quienes se persignan.
Y otros… prefieren no mirar.
⸻
🔥 Ahora dime tú…
¿Javier sabía lo que estaba firmando aquella noche?
¿O el diablo siempre elige a quienes ya están desesperados?
Si te ofrecieran ganar todo… ¿aceptarías el trato?
¿Crees que el gallo sigue peleando en algún pueblo cercano?
Te leo en los comentarios… 🐓🔥