05/08/2024
El hombre y la montaña
El 5 de agosto se celebra el día del montañista. La fecha se debe a que en el calendario cristiano se recuerda a “Nuestra señora de las nieves”, patrona de las actividades de montaña y venerada por esta causa hace más de 1600 años. La historia del hombre y la montaña se remonta desde los principios de los tiempos; data desde la misma existencia de la humanidad. Sin embargo, el montañismo como actividad es bastante más reciente. No hay un criterio único acerca de su origen, pero hay bastante consenso en considerar como punto de partida la primera ascensión al Mont Blanc realizada por MG Paccard y Jacques Balmat el 8 de agosto de 1786. A partir de ese momento, entonces, el hombre se esforzará en llegar a las cimas del mundo, logrando en 1953 de la mano de Edmund Hillary hacer cumbre en la más alta de todas, el Everest.
Hoy, 5 de agosto, es un excelente día para reafirmar que el verdadero montañista no es quien traslada sus placeres y frustraciones de la ciudad a la montaña, con la convicción de alimentar su ego y sus caprichos. El montañista busca superarse, busca romper sus límites, crecer deportivamente hablando, pero también es quien aprende que la montaña no está ahí para su servicio, para cumplir sus deseos, para ocuparla, como sí lo está un gimnasio. El montañista es quien no sólo pasa tiempo, disfruta y se desarrolla en la montaña, sino quien la habita. Habitar, a diferencia de ocupar, es vivir íntegra y conscientemente un espacio: el frío, el calor, las tormentas, los terrenos abruptos, las dificultades técnicas, son experiencias por medio de las cuales el montañista vive la montaña, converge en un universo de percepciones, imágenes y emociones que constituyen también el gran relato de su vida.
¿Quiénes, si no los montañistas, reconocen la importancia del patrimonio natural y no sólo a nivel personal, físico y mental, sino a nivel ecológico, económico y social? Estar en contacto con la naturaleza fortalece capacidades físicas y mentales, proporciona un valor agregado para la vida cotidiana inigualable. Los montañistas, durante décadas, han recurrido al aire libre no sólo en busca de nuevas experiencias rodeadas de aventura y exploración, sino de un bienestar físico y mental que es difícil (muchas veces imposible) sustituir en las ciudades. Lo siguiente es una obviedad: no hay manera de ser montañista sin tener acceso a las montañas. Quizá quienes realmente se encuentran en contacto directo con las montañas, además de los ecólogos, geógrafos, vulcanólogos, orógrafos y demás especialistas, son los montañistas. Ya sean alpinistas, senderistas, escaladores, corredores, o demás practicantes de actividades del cerro, los montañistas son (o deberían serlo) grandes defensores del patrimonio natural.
El montañista entiende los entornos naturales como espacios para el desarrollo personal en el que puede jugar siempre y cuando sea con las reglas no impuestas por él mismo, sino por el lugar. El montañista sabe que está permitido que las montañas nos cambien, pero no está permitido que nosotros las cambiemos a ellas.
El montañista, el verdadero montañista, sabe que en su casa, la montaña, extender la mano, brindar ayuda, abrazar al prójimo, alentar incluso al desconocido, nos permite caminar juntos y no sólo para estar más seguros, sino para llegar más lejos. El montañista sabe hacer comunidad.