04/12/2024
En 2019 viví uno de esos momentos que quedan grabados en el alma. Fui fotógrafa oficial de Altavoz, el festival que mueve a Medellín con música, arte y energía desbordante. Pero hubo un instante en particular que aún me hace sonreír: cuando tuve la oportunidad de fotografiar a Nach, ese gigante de las rimas que ha marcado generaciones con su poesía hecha canción.
Recuerdo cómo el escenario se transformó en un espacio íntimo, a pesar de la multitud. Nach no solo canta; él habla, conecta, te mira con sus letras y te hace sentir parte de algo más grande. Desde el primer verso, la atmósfera cambió. Su voz tenía un peso especial, como si cada palabra tuviera la misión de quedarse tatuada en la memoria de quienes lo escuchaban. Y ahí estaba yo, cámara en mano, intentando capturar no solo su imagen, sino todo lo que representaba.
El reto no era técnico; era emocional. ¿Cómo capturas la esencia de alguien que tiene el poder de hacerte pensar, reír y llorar en una misma canción? Cada click era un intento de atrapar la magia: las luces que bailaban sobre él, la intensidad de su mirada, el público que se entregaba a cada rima como si fuera la última.
Esa noche entendí por qué Nach ha revolucionado el mundo con su arte. No es solo música; es una invitación a sentir, a reflexionar, a entender que las palabras, cuando se usan con propósito, pueden cambiarlo todo.
Hoy, al mirar esas fotos, no puedo evitar sentir una mezcla de nostalgia y alegría. Nostalgia porque fue un instante único, irrepetible. Y alegría porque estuve ahí, en el lugar donde la música, la poesía y la fotografía se encontraron para contar una historia. Una historia que, de alguna manera, también es mía.