11/10/2026
SIN PREGUNTAS
Merly sacĂł de algĂşn lado un convertible de Chocorramo.
TodavĂa estaba en el empaque, salvo por la cabina.
Cuatro llantas. Dos portezuelas. Un timĂłn.
Era un ma***to coche.
El interior era negro y elegante.
Subimos. Lo puse en marcha.
Me bajé mientras calentaba el motor.
Ella se quedĂł adentro.
Miré la placa.
Mi**da.
Tiene pico y placa.
Vi una tienda cerca.
—¿Conoces alguna ruta sin cámaras de fotomultas? —le preguntĂ© al tipo que atendĂa.
AlcancĂ© a ver el coche rodar loma abajo y estrellarse contra una papelerĂa.
Corrà detrás.
HabĂa vidrios regados por todas las baldosas blancas.
Vitrinas intactas. Personas comprando.
Un taxi aparcado dentro.
Nada ocurriĂł.
Vi a Merly agarrar su coche como si fuese cualquier cosa. El coche se redujo al tamaño de su mano.
Ella me esperaba afuera.
RecordĂ© haber visto esos mismos vidrios hacĂa mucho tiempo. SugerĂ que los recogieran para evitar accidentes.
El tendero asintiĂł.
—¡Ayuda! —se oyó gritar.
SalĂ de inmediato.
Un gamĂn intentaba arrebatarle el cochecito a Merly.
—Mira —le dije—, negociemos. Déjame comprarte un Chocorramo y lo que quieras. Pero ese no. Lo necesitamos.
AccediĂł.
Entré a la tienda. Merly entró conmigo.
El tendero acomodaba todo para cerrar.
Compré un Chocorramo y dos llaveros de dinosaurios.
—¿Es todo?
—Nada más.
Merly salió y el taxi la siguió despacio. Se detuvo detrás de ella.
Nadie conducĂa.
El tipo de la tienda se asustĂł.
SalĂ y le entreguĂ© aquello al gamĂn.
Se fue feliz. HabĂa un niño atrapado ahĂ.
Le pregunté a Merly sobre lo sucedido.
—Es la fuerza de atracción —respondió.
Algunas cosas nos siguen sin que nos demos cuenta.
Le expliqué el fenómeno al tendero. Le sugerà que aplicara el freno de mano la próxima vez.
—Nunca me habĂa pasado con nadie —me dijo.
—Mira bien ese c**o —le respondĂ—. ÂżCĂłmo puede algo escaparse de eso?
Ella me tiene. Ella tiene al taxi.
Merly lanzĂł su cochecito en mitad de la calle.
Se expandiĂł en el aire.
CayĂł. RebotĂł. Se quedĂł quieto.
Era extraño, pero de algún modo normal.
Subimos.
OĂ un chasquido. Ella fumaba.
—¿Sabes que aquà no se puede fumar? —le dije.
—Estamos dentro del auto —respondió.
—Lleguemos primero a tu casa.
—Está muy lejos. Mejor volvamos a la tuya.
Puse el auto en marcha. Di reversa y seguimos por toda la 80.
Era tarde en la noche.
Ratas saliendo de las alcantarillas.
Perros meando los postes.
Gamines rebuscando en la basura.
Botellas vacĂas dejando caer las Ăşltimas gotas de ce***za.
Es todo lo que veĂamos.
Doblé por la calle 79.
Aparqué. Apagué el coche. Bajamos.
Entré en el hotel rosado. Subimos las escaleras rosadas. Llegamos a una puerta rosada.
Mi**da. AquĂ no es.
Salimos sin cerrar. Escuché a alguien bajar y cerrar de un portazo.
Llegamos al hotel azul que estaba justo al lado.
AbrĂ la puerta azul. Ella entrĂł.
Un vagabundo me pidiĂł una moneda.
—No tengo nada.
Cerré.
Le escuché maldecirme.
SubĂamos las escaleras.
Un vaso de vidrio le reventĂł en la cabeza.
Merly cayĂł sobre los escalones.
AlcĂ© la vista. HabĂa alguien en el rellano del tercer piso. Nos miraba con desdĂ©n.
Qué extraño, pensé, antes de que me pareciera normal.
Busqué la forma de agarrarla sin lastimarla.
—¡Merly, háblame! ¡Merly!
—¿Estás bien?
SeguĂa consciente. Desconcertada.
Los vecinos de la puerta de al lado salieron.
—¿Qué pasó? ¿Qué fue ese estruendo? —preguntaron.
—Debo irme —me dijo Merly—. Ya es tarde. Mi madre debe estar buscándome.
—Vamos —le respondĂ.
—Ve primero tĂş y luego vienes por mĂ.
SalĂ y puse en marcha la moto.
HabĂa puentes por arriba y puentes por debajo. Era una ciudad autĂ©ntica que nunca habĂa visto.
Pero me sabĂa el camino hacia su casa.
A mitad del trayecto, después de cruzar unos rieles, me detuve.
Pero… ¿qué carajos?
ÂżQue me fuera primero y luego regresara por ella?
No tiene sentido.
ÂżY si lo hizo para irse? ÂżPara largarse con cualquier hijo de p**a?
Puse a rugir el motor y di la vuelta.
Los caminos eran diferentes.
Como si se hubiesen movido. Como si la ciudad se moviera cada cierto tiempo y todos estuviéramos perdidos.
Divisé a un vigilante encima de un puente. Le di la dirección y esperé una respuesta.
—No sé —respondió.
Bajé la pata de la moto. Me quedé allà sentado a la orilla de la carretera. Dejé el casco a un lado.
La mañana estaba frĂa.
Del otro lado de la calle,
un gato me miraba fijamente.
Desperté.
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