Esteban R

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Esteban R 𝙇𝙤𝙨 𝙖𝙧𝙩𝙞𝙨𝙩𝙖𝙨 𝙫𝙞𝙨𝙩𝙚𝙣 𝙢𝙖𝙡

11/10/2026

SIN PREGUNTAS

Merly sacĂł de algĂşn lado un convertible de Chocorramo.

TodavĂ­a estaba en el empaque, salvo por la cabina.

Cuatro llantas. Dos portezuelas. Un timĂłn.

Era un ma***to coche.

El interior era negro y elegante.

Subimos. Lo puse en marcha.

Me bajé mientras calentaba el motor.

Ella se quedĂł adentro.

Miré la placa.

Mi**da.

Tiene pico y placa.

Vi una tienda cerca.

—¿Conoces alguna ruta sin cámaras de fotomultas? —le pregunté al tipo que atendía.

Alcancé a ver el coche rodar loma abajo y estrellarse contra una papelería.

Corrí detrás.

HabĂ­a vidrios regados por todas las baldosas blancas.

Vitrinas intactas. Personas comprando.

Un taxi aparcado dentro.

Nada ocurriĂł.

Vi a Merly agarrar su coche como si fuese cualquier cosa. El coche se redujo al tamaño de su mano.

Ella me esperaba afuera.

Recordé haber visto esos mismos vidrios hacía mucho tiempo. Sugerí que los recogieran para evitar accidentes.

El tendero asintiĂł.

—¡Ayuda! —se oyó gritar.

SalĂ­ de inmediato.

Un gamĂ­n intentaba arrebatarle el cochecito a Merly.

—Mira —le dije—, negociemos. Déjame comprarte un Chocorramo y lo que quieras. Pero ese no. Lo necesitamos.

AccediĂł.

Entré a la tienda. Merly entró conmigo.

El tendero acomodaba todo para cerrar.

Compré un Chocorramo y dos llaveros de dinosaurios.

—¿Es todo?

—Nada más.

Merly salió y el taxi la siguió despacio. Se detuvo detrás de ella.

Nadie conducĂ­a.

El tipo de la tienda se asustĂł.

Salí y le entregué aquello al gamín.

Se fue feliz. Había un niño atrapado ahí.

Le pregunté a Merly sobre lo sucedido.

—Es la fuerza de atracción —respondió.

Algunas cosas nos siguen sin que nos demos cuenta.

Le expliqué el fenómeno al tendero. Le sugerí que aplicara el freno de mano la próxima vez.

—Nunca me había pasado con nadie —me dijo.

—Mira bien ese c**o —le respondí—. ¿Cómo puede algo escaparse de eso?

Ella me tiene. Ella tiene al taxi.

Merly lanzĂł su cochecito en mitad de la calle.

Se expandiĂł en el aire.

CayĂł. RebotĂł. Se quedĂł quieto.

Era extraño, pero de algún modo normal.

Subimos.

OĂ­ un chasquido. Ella fumaba.

—¿Sabes que aquí no se puede fumar? —le dije.

—Estamos dentro del auto —respondió.

—Lleguemos primero a tu casa.

—Está muy lejos. Mejor volvamos a la tuya.

Puse el auto en marcha. Di reversa y seguimos por toda la 80.

Era tarde en la noche.

Ratas saliendo de las alcantarillas.

Perros meando los postes.

Gamines rebuscando en la basura.

Botellas vacĂ­as dejando caer las Ăşltimas gotas de ce***za.

Es todo lo que veĂ­amos.

Doblé por la calle 79.

Aparqué. Apagué el coche. Bajamos.

Entré en el hotel rosado. Subimos las escaleras rosadas. Llegamos a una puerta rosada.

Mi**da. AquĂ­ no es.

Salimos sin cerrar. Escuché a alguien bajar y cerrar de un portazo.

Llegamos al hotel azul que estaba justo al lado.

AbrĂ­ la puerta azul. Ella entrĂł.

Un vagabundo me pidiĂł una moneda.

—No tengo nada.

Cerré.

Le escuché maldecirme.

SubĂ­amos las escaleras.

Un vaso de vidrio le reventĂł en la cabeza.

Merly cayĂł sobre los escalones.

Alcé la vista. Había alguien en el rellano del tercer piso. Nos miraba con desdén.

Qué extraño, pensé, antes de que me pareciera normal.

Busqué la forma de agarrarla sin lastimarla.

—¡Merly, háblame! ¡Merly!

—¿Estás bien?

SeguĂ­a consciente. Desconcertada.

Los vecinos de la puerta de al lado salieron.

—¿Qué pasó? ¿Qué fue ese estruendo? —preguntaron.

—Debo irme —me dijo Merly—. Ya es tarde. Mi madre debe estar buscándome.

—Vamos —le respondí.

—Ve primero tú y luego vienes por mí.

SalĂ­ y puse en marcha la moto.

Había puentes por arriba y puentes por debajo. Era una ciudad auténtica que nunca había visto.

Pero me sabĂ­a el camino hacia su casa.

A mitad del trayecto, después de cruzar unos rieles, me detuve.

Pero… ¿qué carajos?

ÂżQue me fuera primero y luego regresara por ella?

No tiene sentido.

ÂżY si lo hizo para irse? ÂżPara largarse con cualquier hijo de p**a?

Puse a rugir el motor y di la vuelta.

Los caminos eran diferentes.

Como si se hubiesen movido. Como si la ciudad se moviera cada cierto tiempo y todos estuviéramos perdidos.

Divisé a un vigilante encima de un puente. Le di la dirección y esperé una respuesta.

—No sé —respondió.

Bajé la pata de la moto. Me quedé allí sentado a la orilla de la carretera. Dejé el casco a un lado.

La mañana estaba fría.

Del otro lado de la calle,

un gato me miraba fijamente.

Desperté.

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30/09/2026

ColosĂł

Recuerdo a un niño, pero sus años, sus años no. Se los quedaré debiendo.

SostenĂ­a un juguete.

Un pequeño buzo azul con aletas amarillas.

Las calles permanecían casi vacías. Había uno que otro vecino sentado en el andén, pensando en no sé qué.

LlovĂ­a con estruendos. HacĂ­a frĂ­o.

El agua corrĂ­a por todos lados.

—Maldita sea, si es un buzo, el ca**ón debe saber nadar — pensó. Lo sumergió.

BastĂł un segundo para que la corriente lo arrastrara loma abajo.

Hundía sus manos en la cuneta. Agarraba. Soltaba. Piedras grandes y pequeñas. Caparazón de caracol. Pedazos de cualquier cosa. Nada.

El agua turbia era cada vez más turbia.

La muerte lo miraba desde el corredor, resguardándose de la lluvia; bajo aquel tétrico aguacero, él era inmortal.

Desesperado, decidiĂł correr hasta CANTA RANA, donde desembocaba la corriente.

No estaba.

Se habĂ­a ido a cualquier sitio.

Las ranas no cantaban.

El viento enloquecido estremecía el follaje de los olivos, los almendros, el arbol de ceiba que ya no está.

Las gotas tamborileaban los techos de zinc.

Lágrimas. Barro. Sudor.

Los pies descalzos.

La ropa mojada y pesada.

20/09/2026

Me gustarĂ­a ser un escritor.

Me gustan las lectoras. Las lectoras tienen buenos c**os.

Que lleguen a mĂ­ al verme y me digan:

—¡Esteban! No sabes cuánto me gustan tus poemas.

Y yo diga:

—Y a mí me gusta tu c**o.

Y nos besemos.

Y la felicidad nos dure lo que durĂł este poema.

14/09/2026

𝚂𝚙𝚕𝚊𝚜𝚑

PartĂ­culas de agua de rosas caen sobre estos ojos cerrados. Sobre este bigote. Sobre esta nariz. Y el aroma me lleva en un suspiro hacia un recuerdo casi olvidado.

Lentamente llego hasta tu pijama roja y corta, hasta ese cabello negro, largo y liso. Veo tus piernas desnudas. Escucho tu voz.

Lágrimas corrían sobre este rostro entonces joven.

Por aquel mensaje que ocultaste rápidamente.

Alguien más te escribía. Contestabas.

Mis ojos rápidos

Esquivaban tus besos anestésicos.

Y los perdía uno tras otro, queriéndolos todos.

DecĂ­as cosas que no recuerdo ahora, que calmaban la fiebre del desasosiego.

SabĂ­as cĂłmo hacerlo.

PerdĂ­ ante esos labios hĂşmedos.

Ante esos cálidos brazos.

Como un hombre pierde ante una mujer que todavĂ­a ama.

Eras mĂ­a y me lo susurrabas.

No tenías sostén, levanté la pijama, las vi caer y quedarse quietas.

Sentí ese pequeño placer de descubrirlas.

Puse una en mi boca con la mano izquierda y con la derecha agarré la otra.

Las dos merecían mi cariño de una u otra forma.

Apretaba tus tetas lo necesario y pellizcaba tus pezones y los rozaba con la punta de la lengua en un ligero vaivén.

Quiero acordarme de las expresiones que hacías al sentir cada pequeño pero contundente movimiento.

Escuchar tus gemidos cerca de mis tĂ­mpanos nuevamente.

Recordarlo todo tan fresco como solĂ­a hacerlo al cerrar la puerta y bajar las escaleras.

Mis dedos conocĂ­an el camino hacia tus piernas.

Ellas se abrían al sentirlos llegar, acomodándose ligeramente.

No hacĂ­an falta las palabras.

CorrĂ­ tus bragas a un lado.

Ellos entraban y salĂ­an como debĂ­an entrar y salir.

Los relojes marcaban los minutos más bellos de aquella sala con cortinas rojas.

Tus padres no sabĂ­an lo que ocurrĂ­a en aquel apartamento verde del tercer piso.

Mientras ellos trabajaban.

Y nunca se enterarĂ­an.

Los muebles, la cocina, el techo amaderado. Eran testigos de lo que estaba sucediendo.

El Ăşnico hombre que podĂ­a tocarte lo estaba haciendo.

Y lo hacĂ­a bastante bien.

PodĂ­a notarlo en tu respiraciĂłn agitada.

AbrĂ­ los ojos y estaba de nuevo frente al espejo.

Viendo mi rostro. Viendo mi barba.

Y ya no estás.

Y ya no estoy.

Y han pasado muchos años.

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08/09/2026

Un tipo se está follando a una vieja frente a la panadería, en un Mazda 2 con los vidrios polarizados.

Tres taburetes permanecen amarrados con una cadena en el andén.

La empleada atiende y hace parecer que la panaderĂ­a es de ella. Me gustarĂ­a que asĂ­ fuese, simplemente no se cansa.

Pido un café y cuatro panes.

Me siento.

—Está temblando otra vez —dijo un tipo que terminaba de comprar.

—Ja, ja, ja —se ríe.

Agarro uno de los panes de la bolsa blanca. Quedan tres.

Creo que tiene envidia.

Yo también la tendría.

No me molestaría estar en este momento tirándome a una flaca en un Mazda 2 a las 3 de la tarde...

Mientras pasa aquel bus verde que va hacia AndalucĂ­a.

Y las señoras al otro lado de la calle llevan a sus hijos de vuelta a casa.

Y la quebrada no puede detenerse.

Mientras esos tres taxis pasan

Y alguien intenta cruzar la calle.

Bueno, ya sabes, mientras el dĂ­a ocurre.

El sol arde en llamas.

Yo me desintegro a gusto dentro de un motel de cuatro llantas.

Puede ser con esta mujer blanca que está pasando ahora mismo.

Cabello cobrizo, zapatos rosados...

—Llevas los cordones sueltos —le digo al verla pasar de regreso.

—Ah, sí, gracias —me dice sin detenerse.

Malditas mujeres.

Saben hasta cuándo amarrar el cordón de su zapato.

Tiro el vaso desechable a la basura.

Me levanto y me sacudo el pantalĂłn.

El carro da pequeños saltos.

Quedan sĂłlo dos panes.

Cruzo la calle y camino loma arriba.

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05/09/2026

Morena, de piel canela y cabello negro.

DormĂ­ tan jodidamente bien.

Ah de ser por eso que la soñé

Bailando, riendo, tomando.

Yo también... tomaba. No me pregunten por el trago; no lo recordaré.

No había pasado ni futuro. Pero había contexto entre nosotros y no hacía falta más.

HabĂ­a todo un mundo ahĂ­ dentro, pero ella era el centro y los confines.

Me coloqué los lentes naranjas que estaban sobre la repisa. Todo era posible.

Abracé todo lo que mi mente construyó de ella.

Intenté besarla...

Me evitĂł bastante bien.

No me opuse.

Tomé un trago y desperté.

Triste y pensativo.

Ni siquiera en mi cabeza puedo hacerte mĂ­a.

01/09/2026

Los dĂ­as son caros y el p***o es barato.

El sol saliĂł del este hace algunas horas.

Yo me encuentro obligándome a dormir.

Eso no va ahĂ­, eso tampoco, ni eso.

Nace el desorden.

Cerca de las Cross hay pedazos de papel con manchas amarillas.

Allá donde desayuno

Alguien colocĂł el plato sobre la mesa, luego se fue a trabajar.

Y el café, el café ha dejado de botar humo.

No me he ganado nada.

El sueño me abandonó, ahora me tiene el hambre.

Un correo. Una llamada. Un mensaje. Algo que me haga levantar.

Y el baño, y la toalla, y el cepillo.

Me espera todo lo que no me necesita.

Suena el teléfono.

No me levanto.

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01/09/2026

No hay tĂ­tulo

Seguramente alguien encontrĂł la cura de esto.

Si tuvo suerte, está en un manicomio.

De todas formas, un loco no puede contra un imperio.

Pastillas hasta pa' tirar pa' el techo.

Ya suman un s**o.

—No quiero tomar más esto —me dice.

Está aburrido.

Qué larga es la noche para mi viejo.

Él se sienta en el piso y se recuesta en el borde de la cama. Comienza a jugar con cosas que encuentra.

No está ahí, aunque parece.

Entonces, ¿dónde está mi viejo?

No lo sé.

A veces se pierde en su mente y lo ves haciendo o diciendo cosas sin sentido.

Y duele.

No sabes cuánto.

Se levanta del piso y se sienta en la silla. Se acuesta a mi lado y luego camina hacia el baño...

VĂ­ctima del insomnio.

Y de un sistema que se lucra

con fármacos. Fármacos. Fármacos.

Malditos fármacos...

Se lo llevan.

Yo solo veo

cĂłmo se va.

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17/07/2026

Tomate y cebolla en el sartén. Medio pan sobre un plato. La leche está a punto de hervir. Quiebro tres huevos. Huele a desayuno.

A veces no se vive tan mal en una vida alquilada. PodrĂ­a vivir asĂ­ hasta que las cuentas vuelvan a alcanzarme.

VendĂ­ mi alma en un contrato.

De 12 a 8. De 12 a 10. De 12 a 12.

Hace unos días la fui a recuperar. Me la traje cargada porque las piernas se le iban a reventar y el párpado del ojo izquierdo le daba pequeños saltos.

Mientras los huevos frĂ­en, alguien camina sin parar en un parqueadero del sur de la ciudad, en el sĂłtano tres, durante ocho o doce horas.

Alguien lo vigila.

Alguien lo regaña.

Sirvo el café. Llevo el plato a la mesa.

Desayuno.

16/07/2026

Rojo, amarillo, verde.
Ahora veo negro y naranja.
No quiero abrir los ojos.

Ella mueve las manos: suelta, agarra, vuelve a soltar.

Hace su trabajo.

Siento dolor donde la anestesia no llegó. Doy pequeños saltos.

En cualquier momento acabará.

Quisiera levantarme y decir: Basta. Basta. No aguanto más. Irme.

Aunque no podrĂ­a hacerlo con la boca abierta.

Joder.

Intento pensar en otras cosas...

La moto afuera, esperándome.
El camino de regreso.

Pero el dolor siempre encuentra la forma.

—Baja la cabeza, no tensiones los músc**os, relájate. Te mueves como si te estuviera matando.

Apenas puedo reĂ­rme.

SerĂ­a una muerte horrible.
Sabor a hierro.

Cruje el sofá.

Me sigue esperándo.

DirecciĂłn

MedellĂ­n

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