29/03/2022
La cruzada de los niños: poema de Bertolt Brecht.
Estamos en tiempos de guerra. Ucrania, Palestina, Iraq, Siria… Pero también, África, casi que entera o eso conflictos internos de cada país Y esos hombres de piel negra o de comunidades indigenas (inmigrantes sin tierra ni papeles) intentando saltar vallas que son fronteras entre la vida y la muerte, o echándose al mar en unas débiles pateras, que quizás son la última esperanza de llegar a algún puerto, porque el naufragio era en tierra firme, porque el naufragio es de hace siglos, porque esa también es otra guerra, y no se detiene.
Estamos en tiempos de guerra, y ya se sabe: los más débiles pagan las consecuencias. Hoy día no hay «guerras justas». No puede haberlas. Y esta cruzada continúa.
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Y entonces, contra esas guerras, a favor de la paz, es bueno volver a poemas como este de Bertolt Brecht, de 1939 Un poema que en tono épico habla de la cruzada de una centena de niños a través de la nieve, escapando de los desastres con que se anunciaba la Segunda Guerra Mundial, intentando escapar sin más esperanza que un perro que hacía de lazarillo.
Trataban de escapar de la guerra,
nocturno infernal,
y así, quizá, algún día alcanzar,
en otro país, la ansiada paz.
Un poema triste. Sí. ¿Pero acaso no es más triste la realidad? ¿Y cómo acercar este tema a los niños? ¿No es lo mejor hacerlo con un poema que les permita sensibilizarse, y razonar sobre la guerra? ¿Un poema en el que ellos, los niños y las niñas, son los tristes protagonistas? ¿Se debe edulcorar la guerra al modo de Hollywood para mostrarla a la infancia? ¿Es preferible dejar el asunto en manos de la manipulación mediática que no repara en causas y consecuencias y se queda tan solo con la imagen amarillista , escandalosa, obscena: imagen que a la postre terminará por insensibilizar en su perversa función de alejamiento y olvido a todo espectador (sea cual sea la edad)?
Un poema para estos tiempos oscuros.
La cruzada de los niños
(Bertolt Brecht - Adolfo Celdrán)
En Polonia, en el año treinta y nueve
se libró una batalla muy sangrienta
que convirtió en ruinas y desiertos
las ciudades y aldeas.
Allí perdió la hermana al hermano
y la mujer al marido soldado.
Y, entre fuego y escombros, a sus padres
los hijos no encontraron.
No llegaba ya nada de Polonia,
ni noticias ni cartas.
Pero una extraña historia, en los países
del Este, circulaba.
La contaban en una gran ciudad,
y al contarlo nevaba.
Hablaba de unos niños que, en Polonia,
partieron en cruzada.
Por los caminos, en rebaño hambriento,
los niños avanzaban.
Se les iban uniendo muchos otros
al cruzar las aldeas bombardeadas.
Había, entre ellos, un pequeño jefe
que los organizó.
Pero ignoraba cuál era el camino,
y ésta era su gran preocupación.
Una niña de once años era
para un niño de cuatro la mamá:
le daba todo lo que da una madre,
más no tierra de paz.
Un pequeño judío iba en el grupo.
Eran de terciopelo sus solapas
Al pan más blanco estaba acostumbrado.
Y, sin embargo, todo lo aguantaba.
También habla un niño muy delgado
y pálido, que siempre estaba aparte.
Tenía una gran culpa sobre sí:
la de venir de una embajada n**i.
Y un músico, además, que en una tienda
volada habla encontrado un buen tambor.
Tocarlo les hubiera delatado,
y el niño músico se resignó.
Y hasta un perro llevaban que, al cogerle,
se disponían a sacrificar.
Pero ninguno se atrevía a hacerlo,
y ahora tenían una boca más.
También había una escuela
y en ella un maestrito elemental.
La pizarra era un tanque destrozado
donde aprendían la palabra "paz".
Y, al fin, hubo un concierto entre el estruendo
de un arroyo invernal.
Pudo tocar el niño su tambor
pero no le pudieron escuchar.
No faltó ni siquiera un gran amor:
quince años el galán, doce la amada.
En una vieja choza destruida,
la niña el pelo de su amor peinaba.
Pero el amor no pudo resistir
los fríos que vinieron:
¿cómo pueden crecer los arbolillos
bajo toda la nieve del invierno?
No faltaban la fe ni la esperanza,
pero sí les faltaba carne y pan.
Quien les negó su amparo y fue robado
después, nada les puede reprochar.
Mas nadie acuse al pobre que, a su mesa,
no los hizo sentar.
Para cincuenta niños hace falta mucha harina:
no basta la bondad.
A un soldado encontraron
herido en un pinar.
Siete días cuidándole y pensaban:
"ÉI nos podrá orientar".
Mas el soldado dijo: "¡A Bilgoray!".
Debía de tener
mucha fiebre: murió al día siguiente.
Le enterraron también.
Y los indicadores que encontraban,
la nieve apenas los dejaba ver.
Pero ya no indicaban el camino:
todos estaban puestos al revés.
Aunque no se trataba de una broma:
era sólo una medida militar.
Buscaron y buscaron Bilgoray,
más nunca la pudieron encontrar.
Se reunieron todos con el jefe
confiados en él.
Miró el blanco horizonte y señaló:
"Por allí debe ser".
Vieron fuego una noche:
decidieron seguir, sin acercarse.
Pasaron tanques otra vez muy cerca,
pero iban hombres dentro de los tanques.
Al fin, un día, a una ciudad llegaron
y dieron un rodeo.
Caminaron tan sólo por la noche
hasta que la perdieron.
Por lo que fue el sureste de Polonia,
bajo una gran tormenta, entre la nieve,
de los cincuenta niños
las noticias se pierden.
Con los ojos cerrados,
dentro de mí los veo como vagan
de una casa en ruinas
a otra bombardeada.
Y al caer el ocaso, ya sus caras
no parecen iguales.
Ahora veo caras de otros niños:
españoles, franceses, orientales...
Y en aquel mes de enero,
en Polonia encontraron
un pobre perro flaco que llevaba
un cartel de cartón al cuello atado.
Decía: "Socorrednos.
Perdimos el camino.
Este perro os traerá.
Somos cincuenta y cinco.
Si no podéis venir,
dejadle continuar.
No lo matéis. Sólo él
conoce este lugar."
Era letra de niño,
y campesinos quienes la leyeron.
Ha pasado año y medio desde entonces.
Desde que hallaron, mu**to de hambre, un perro.
(1970)
Versión de Adolfo Celdrán
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