29/07/2026
El abogado del diablo no es solamente una película sobre Satanás escondido dentro de un elegante despacho jurídico. Es una fábula moral sobre la ambición, el orgullo y la facilidad con la que una persona puede justificar sus decisiones cuando obtiene prestigio, dinero y poder. Su idea más inquietante no consiste en que el diablo pueda obligarnos a hacer el mal, sino en que quizá solo necesite descubrir aquello que deseamos y ofrecérnoslo en el momento adecuado.
Estrenada en 1997, fue dirigida por Taylor Hackford y adaptada de la novela de Andrew Neiderman. El guion fue escrito por Jonathan Lemkin y Tony Gilroy. Sus protagonistas fueron Keanu Reeves como Kevin Lomax, Al Pacino como John Milton y Charlize Theron como Mary Ann, la esposa del joven abogado. La película comienza como un drama judicial relativamente realista, pero se transforma lentamente en una historia de terror sobrenatural inspirada en el mito de Fausto: el hombre que cambia su alma por conocimiento, placer y poder.
Kevin Lomax es un abogado defensor de Gainesville, Florida, que presume no haber perdido jamás un caso. Esa racha de victorias constituye su mayor orgullo, pero también revela su primera debilidad moral. Al comienzo de la película defiende a un profesor acusado de abusar de una estudiante. Durante el juicio comprende que su cliente probablemente es culpable, pero decide continuar porque retirarse significaría reconocer una derrota.
Aquí aparece el primer conflicto importante de la historia. La película no afirma que defender a una persona acusada sea algo inmoral: todo acusado tiene derecho a representación legal y a un proceso justo. El problema de Kevin es diferente. Ya no le interesa proteger el sistema de justicia ni comprobar la verdad; lo único que desea es ganar. Utiliza su habilidad para desacreditar a la víctima aun después de sospechar que está diciendo la verdad.
Su éxito llama la atención de un poderoso bufete de Nueva York dirigido por John Milton. Kevin recibe una oferta difícil de rechazar: grandes honorarios, un lujoso departamento en Manhattan, clientes importantes y acceso a un mundo reservado para empresarios, políticos y millonarios. Él y Mary Ann abandonan Florida convencidos de que están comenzando una vida extraordinaria.
El nombre John Milton no fue elegido al azar. Recuerda al poeta inglés que escribió El paraíso perdido, obra sobre la rebelión de Satanás y la caída del ser humano. El personaje interpretado por Al Pacino tampoco aparece inicialmente con cuernos o rodeado de llamas. Se presenta como un hombre carismático, divertido y extraordinariamente comprensivo. Parece respetar la libertad de Kevin, escucha sus opiniones y nunca le ordena directamente que abandone sus principios.
Ahí se encuentra una de las mayores virtudes de la película: Milton no ofrece el mal como algo desagradable. Lo presenta como éxito profesional, reconocimiento y libertad. No le pide a Kevin que venda formalmente su alma. Le entrega exactamente lo que desea y permite que él mismo encuentre razones para aceptar cada concesión.
Kevin comienza defendiendo a clientes cada vez más poderosos y moralmente cuestionables. Descubre contradicciones, manipula testimonios y convierte la sala de audiencias en un espacio donde la verdad importa menos que la capacidad para controlar la percepción del jurado. Su inteligencia, que pudo utilizar para proteger la justicia, termina puesta al servicio de quienes pueden pagar por ella.
Mientras Kevin asciende, Mary Ann comienza a derrumbarse. En Florida era una mujer alegre y cercana a su esposo; en Nueva York queda aislada dentro de un departamento enorme, rodeada de personas que le parecen artificiales y sometida a experiencias que nadie más está dispuesto a creer. Observa rostros que se transforman, siente presencias amenazantes y comprende que el nuevo mundo de Kevin oculta algo monstruoso. Él, sin embargo, interpreta su sufrimiento como un obstáculo para su carrera.
El deterioro de Mary Ann muestra el costo humano de la ambición. Kevin asegura que trabaja para ofrecerles una vida mejor, pero cada triunfo profesional lo aleja más de la persona con quien debía compartirla. Cuando ella necesita compañía, él elige una reunión. Cuando expresa miedo, él lo considera irracional. Cuando le pide abandonar Nueva York, Kevin responde que no puede renunciar precisamente cuando empieza a ser reconocido.
Por eso, la tragedia de Mary Ann no es solamente consecuencia de fuerzas sobrenaturales. También es resultado de la indiferencia de su marido. Milton crea las condiciones, pero Kevin toma repetidamente la decisión de permanecer en el despacho. El diablo no necesita encadenarlo: basta con recordarle todo lo que perdería si regresara a una vida sencilla.
Charlize Theron ofrece una de las interpretaciones más dolorosas de la película. Su personaje pasa de la ilusión al aislamiento, del aislamiento al miedo y del miedo a una desesperación absoluta. Mary Ann funciona como la conciencia emocional de la historia. Ella percibe la corrupción antes que Kevin porque no está embriagada por el reconocimiento profesional.
John Milton, por otra parte, representa una forma moderna del tentador. No vive en un in****no subterráneo, sino en la parte más alta de un rascacielos. No se rodea de condenados visibles, sino de abogados, empresarios y personas influyentes. La ciudad aparece como un espacio vertical: cuanto más asciende Kevin social y económicamente, más se aleja de su humanidad.
La película tampoco presenta el dinero como la única tentación. Kevin desea algo todavía más peligroso: demostrar que es superior. No soporta perder porque cada victoria confirma la imagen extraordinaria que tiene de sí mismo. El despacho de Milton alimenta esa necesidad colocándolo frente a casos imposibles y permitiéndole sentirse indispensable.
De esta manera, la vanidad se convierte en el tema central. La codicia puede satisfacerse con dinero; la vanidad nunca queda completamente satisfecha porque necesita nuevas demostraciones de importancia. Kevin no solo quiere tener éxito: desea ser admirado por tenerlo. Incluso cuando reconoce que algo está destruyendo su matrimonio, continúa porque renunciar significaría aceptar que tomó una decisión equivocada.
El personaje de Al Pacino comprende perfectamente esa debilidad. Milton no se presenta únicamente como enemigo de Dios, sino como defensor de los impulsos humanos. Argumenta que las personas han recibido deseos y, al mismo tiempo, reglas que les impiden satisfacerlos. Su discurso es seductor porque mezcla verdades parciales con conclusiones engañosas. Es cierto que el ser humano posee deseos; lo falso es suponer que satisfacerlos siempre conduce a la libertad.
Para Milton, ser libre significa hacer todo aquello que uno desea. Para la película, la verdadera libertad consiste en poder renunciar a un deseo cuando cumplirlo exige destruir a los demás o traicionar la propia conciencia. Kevin parece libre cuando acepta la oferta, pero termina prisionero de su prestigio, de sus clientes y de la necesidad de no perder.
La revelación de que Milton es el padre de Kevin lleva el conflicto a un terreno todavía más profundo. El diablo no es únicamente una fuerza externa: representa una parte del protagonista. Tony Gilroy explicó que la relación entre ambos permitía mostrar a Milton como el lado de Kevin que le asegura que puede obtener todo aquello que desea. El mal no entra desde fuera como una criatura extraña; encuentra dentro del personaje una ambición que ya existía.
Esta idea evita que Kevin pueda considerarse una víctima completamente inocente. En la confrontación final intenta responsabilizar a Milton de todas sus desgracias. Sin embargo, este le recuerda que nunca lo obligó: preparó el escenario, colocó las oportunidades frente a él y esperó. Kevin eligió cada paso.
El libre albedrío es, por tanto, el núcleo moral de la película. La tentación puede ser poderosa, las circunstancias pueden ejercer presión y otras personas pueden manipularnos, pero llega un momento en que debemos reconocer nuestra participación. Culpar al tentador de todas nuestras acciones sería otra manera de escapar de la responsabilidad.
El desenlace parece ofrecerle a Kevin una segunda oportunidad. Regresa al momento inicial del juicio y decide abandonar la defensa del profesor, aun sabiendo que puede enfrentar consecuencias profesionales. Por primera vez acepta perder para no continuar dañando a una víctima. Parece haber comprendido que ninguna victoria justifica sacrificar la conciencia.
Pero la película todavía reserva su advertencia más inteligente. Un periodista le ofrece convertir su decisión en una historia pública y presentarlo como un abogado valiente que desafió al sistema. Kevin acepta la entrevista. Entonces el reportero adopta la apariencia de Milton, quien celebra nuevamente la vanidad como su pecado favorito.
El final significa que el mal no desaparece cuando rechazamos una tentación concreta. Simplemente cambia de estrategia. Kevin consiguió resistir el dinero y el poder, pero inmediatamente cayó ante la posibilidad de recibir admiración por haber actuado correctamente. Ya no sería famoso como abogado invencible, sino como héroe moral. La apariencia cambió; la necesidad de reconocimiento permaneció intacta.
Esta última escena convierte la película en algo más complejo que una historia religiosa convencional. Hacer lo correcto también puede alimentar el ego. Una persona puede ayudar a otros únicamente para ser admirada, rechazar el dinero para sentirse moralmente superior o exhibir sus sacrificios con la intención de recibir aplausos. Incluso la virtud puede corromperse cuando se convierte en espectáculo.
El mensaje principal de El abogado del diablo es que el mal rara vez se presenta diciendo su verdadero nombre. Puede aparecer como una oportunidad irrepetible, un ascenso, una relación deseada, una victoria profesional o el reconocimiento que creemos merecer. En lugar de exigirnos una gran traición inmediata, avanza mediante pequeñas concesiones que parecen razonables por separado.
Kevin no pierde su conciencia en un solo momento. Primero decide ganar un caso dudoso; después acepta un empleo; luego descuida a su esposa; más adelante defiende a personas cuya culpabilidad conoce y finalmente acepta que su éxito vale más que cualquier daño provocado. Cada decisión facilita la siguiente.
La película también advierte que el talento no garantiza la integridad. Kevin es inteligente, trabajador y disciplinado, pero esas cualidades no lo convierten automáticamente en una buena persona. Cuando la capacidad se separa de la ética, puede hacer que alguien sea más eficaz para cometer injusticias. El problema no es que Kevin carezca de principios, sino que aprende a acomodarlos a sus intereses.
Mary Ann deja otra enseñanza: ningún éxito puede considerarse verdadero cuando se construye sobre el abandono de quienes nos aman. Kevin cree estar levantando una vida mejor para ambos, pero nunca se detiene a preguntarle si ella desea esa vida. La convierte en acompañante de su ambición y solo reconoce su sufrimiento cuando resulta demasiado tarde.