16/10/2025
Durante mi vida, he tenido una figura de “poder” en los gremios en los que trabajo: he retratado cientos de porristas y bailarinas, he sido profesor universitario de innumerables mujeres, y como fotógrafo, he disfrutado, frente a mi lente, la belleza de otro tanto de ellas…gracias a la formación que tuve en casa, nunca he aprovechado ese poder para abusar de ninguna mujer, sean mayores o menores de edad, aún, cuando muchos hombres conocidos me hayan dicho “marica” por no haber aprovechado tantos “papayasos”…
No soy un hombre cualquiera y frente a los temas de abuso que se han presentado últimamente en la danza, e incluso los que supe, acontecían en el cheerleading colombiano, siempre me opuse y me opondré.
Frente al tema, solo puedo decir: cuando el poder se disfraza de guía y el respeto se quiebra, la danza deja de ser libertad para convertirse en miedo, en temor, en vulnerabilidad.
Hay hombres que, amparados por su nombre, su experiencia o su autoridad, confunden liderazgo con dominio, olvidan que el verdadero maestro no impone, sino que inspira; no manipula, sino que acompaña. El cuerpo del otro no es una extensión de su poder, sino un universo que merece cuidado…y admiración.
La violencia —sea física, verbal o simbólica— descompone la armonía del movimiento, silencia voces, apaga miradas, desvía caminos. Cada gesto forzado deja una huella invisible, una fisura en el alma de quien alguna vez danzó con confianza. Pero incluso en ese quiebre, en ese instante donde el miedo intenta adueñarse del cuerpo, comienza a nacer la posibilidad de reconstruirse.
Gracias a quienes no callan, a quienes se defienden y asumen posturas firmes, gracias a quienes rompen el silencio y se atreven a decir “basta”, gracias a quienes sacuden su cuerpo y alma y se mueven desde la verdad. Cada paso recuperado es una forma de resistencia; cada movimiento libre, un acto de memoria y dignidad.
La danza puede sanar lo que el abuso intentó destruir. Que la danza vuelva a ser un espacio seguro, donde el poder no oprima, sino que impulse. Donde cada paso celebre la dignidad, y el arte vuelva a ser eso que siempre debió ser: un acto de libertad compartida.