Allá en Deán Funes, no soy Luisito, ni Lucho, ni nada, allá soy el hijo del fotógrafo o el hijo de Don Garay que en realidad es lo mismo. Tuve la dicha de acompañarlo y aprender a su lado en los últimos años de su trabajo, allí escuché muchos conceptos técnicos que aún hoy siguen vigentes mas allá de las tecnologías. Respiré el olor a revelador y fijador prácticamente desde que estaba en la panza
de mi vieja, recuerdos de muchas noches mirando a mi papá manipular cubetas y tanques de revelado bajo esa tenue luz roja para que todo salga perfecto en el laboratorio blanco y negro y nada se velara, ese lugar que aún hoy muchos años después que mi viejo nos dejara cada vez que visitó mi casa de la infancia, cuando hay que buscar algo que está en esa habitación mi vieja me dice “Fíjate en el laboratorio”, aunque poco y nada queda de aquello. Luego de que mi viejo se fue me hice fotógrafo casi a la fuerza, pero tenía apenas 18 años y lo que menos quería eran responsabilidades. Abandoné el oficio al poco tiempo, dejando que esa huella que él forjó durante más de 40 años se fuera esfumando. A lo largo de mi vida hice un poco de todo y de nada me arrepiento, despunté varios oficios, profesiones y hobbies, y eso era hasta hace un tiempo la fotografía. Hasta que tomé la decisión de retomar aquel camino e incursionar en este hermoso terreno de manera profesional como una forma de vida y también como un homenaje a quien puso mi pasión por la fotografía en mi ADN.