17/11/2014
La vi en uno de esos días en los que me empapó la lluvia tropical. Era de esas tormentas que lo cubren todo, de las que no se puede escapar y que prefieres mirar bajo techo, quizá con una taza de café en la mano. Los goterones que caían sobre ese pedazo de tierra tenían las dimensiones de pelotas de ping pong y amenzaban con quedarse un tiempo largo. Observación equivocada de quien no conoce ese clima y se maravilla después con la facilidad que tienen las nubes de entregarse y abrirse para el sol.
Fue precisamente cuando el calor comenzaba a tomarse el ambiente, que divisé esa nueva especie. Una no registrada, sin parentesco alguno, y discrepante de cualquier etiqueta previa dada por la ciencia. Con ayuda del viento, la oruga de agua serpenteaba de un lado a otro en la hoja en donde había caído, azar de por medio. Se movía con gracia, como celebrando su suerte, que le permitía vivir más. Pareciera que sabía de ella pues bastaba de una pequeña ráfaga, de otra gota en el camino o del cruce de un animal alado (o todo junto) para desviarla de su viaje, que terminaría solo unos centímetros más allá. Un destino fatal: solo partículas regadas en la tierra.
Continuó ahí durante varias horas, su cuerpo transparente reflejando la luz y aumentando los detalles de la planta que ahora era su mundo.
Inevitablemente, el tiempo hizo su trabajo y ella comenzó a despedirse. Al principio se quedó quieta, pues ya no tenía más viento para bailar. Luego redujo su tamaño, ya que el calor le ofreció, a paso lento y con escalas, un viaje de vuelta al cielo. Antes del final hubo un leve vaivén. La oruga de agua, ya mínima, se deslizó hacia la punta y al parecer, dudó un segundo, antes de regresar a la tierra. A ser nada.
FPérezPhotography by Fernando Enrique Pérez Gamboa is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License