El sobre
Estaba sentado en la mesa del comedor, con los brazos y cabeza apoyados sobre ella. Tomás no encontraba lo que buscaba. Todas eran parecidas. O no le decían nada. Incluso las mostraba a otros, conocidos y desconocidos pero no generaban la reacción deseada. Se dio cuenta que había perdido la magia ¿O quizás nunca la tuvo? Tal vez disminuyo, se la robaron… en fin no estaba, no la sentía. Re
cordó aquel día lluvioso. Donde el cielo a pesar de estar acompañado por la puesta del sol, se iluminaba aún más con las luces de la tormenta. Ese día, su abuela le pidió que no entrase al cuarto del fondo. Sin embargo avanzó hasta la puerta de madera oscura y entró, como siempre lo hacía, cada vez que su abuela le recordaba “Tomy no entres al cuarto del fondo que hay cosas que se pueden romper”. Y era cierto. Había un montón de objetos acumulados. Algunos en cajas, otros tapados, a la vista y con polvo. Pero ese día fue distinto a otros. Al mismo tiempo que prendió la luz para emprender la aventura de revisar todo lo que estuviera a su alcance; un trueno irrumpió. Uno de película, como las de terror. Tomás se asusto, apretó sus ojos y los tapo con sus manos. La electricidad se había cortado y para ese entonces la tarde había caído dando paso a la oscuridad de la noche. Cuando decidió separar sus dedos y mirar a través de ellos, relámpagos iluminaban un único sector e incesantemente entraban por la ventana alumbrando un bulto que no reconocía. No le parecía que fuese la máquina de escribir, ni el tocadiscos, tampoco la máquina de pastas que usaba su abuela para hacer los fideos el domingo. Se acerco lentamente y lo palpo. Y a pesar de ser especialista en descubrir que se esconde debajo de las “cosas tapadas”, esta vez el paño era una especie de frazada gruesa, que desconcertó su tacto. El teléfono sonó e hizo que emergiera de sus recuerdos. Una vez más lo habían llamado para un trabajo. Le recordaron que últimamente su labor dejaba mucho que desear y que si no veían mejores resultados buscarían a otro. Desganado, emprendería el trabajo sin saber por dónde empezar, ni dónde. Así que la enfundo y salió a la calle en busca de respuestas. Paso por el kiosco y se compro unas pastillas de limón, esas circulares. Eran tan ricas que las terminaba masticando. No solo eran sabrosas, sino que además reemplazaban el habito de llevarse a la boca ese papelito blanco relleno del veneno mas tentador. Masticando despidió al kiosquero y al panadero que estaba barriendo la vereda. Con ayuda del semáforo cruzo la Avenida y se dirigió al parque que estaba a seis cuadras de su hogar. Se sentó y espero. De lejos pudo visualizar al señor que asiduamente se sentaba en el mismo banco todos los días cada vez que iba, al hombre de seguridad hundido en el celular y ancianos jugando al ajedrez con los tableros pintados en las mesas. Un ventarrón fresco se hizo sentir en su cuerpo.
- Fría mi piel, cerrado mis poros y las ideas…
Claramente no era un buen día. El viento acumulo a su lado un montón de basura. Y entre ella, un papel llamo su atención. Y pensó:
- Todos los sábados por la mañana… voy a pasar. A la mañana siguiente, luego de de un café demasiado dulce y un pedazo de pan, emprendió camino hacia el parque. S**o de su bolsillo el papel arrugado del día anterior. El evento era a las 9 hs, demasiado temprano a su parecer. Su celular marcaba las 8:33 hs. En el lugar estaba el señor del banco, el encargado de seguridad y los ancianos de siempre, que abandonaban las mesas de ajedrez y se organizaban en equipos para jugar a las bochas.
- Tienen más energía que yo…- Pensó. Las escenas de risas, gritos e insultos, que generaba en los mayores el viejo bochín, fueron interrumpidas por los protagonistas de la mañana; quienes comenzaron a organizarse para la jornada. Tomy desenfundo a su amiga. Aún así, estaba indeciso. Por lo tanto decidió esperar y observar. No es lo mismo mirar que observar, decía su abuela, “Mirar, lo hacemos todos. Pero observar… está reservado para unos pocos”. Extrañaba mucho a su abuela. Le había enseñado muchas cosas, simplemente siendo ella.
-Te extraño viejita linda- Susurro Tomás. Añorando a su abuela se le ocurrió que tenía que seguir a los participantes del evento. Disimuladamente vería a través de ellos, escucharía su concierto… si, cerró los ojos y escucho esa especie de percusión hecha con los dedos de los presentes. Se puso delante, detrás, de costado e intentaba hacer una lectura de todo eso, hasta que sin darse cuenta la desenfundo y sumo sus manos al ritmo. Sintió que su visión con el resto de los sentidos se fusionaban. Tomas miro el reloj, eran las 12 hs. El tiempo lo había traspasado. Sintió el cansancio en los hombros, manos y se sentó al lado del señor que siempre veía de lejos:
- ¿Y joven, consiguió lo que quería?- Pregunto el anciano.
- Creo que sí señor- Respondió Tomas asombrado.
- Yo también- Y le regalo una sonrisa, arrugando aun mas su rostro- Me dicen Quico…-
- Yo soy Tomas. Mucho gusto- Y se dieron un apretón de manos
El joven retomo el camino a casa y en el recorrido decidió volver por la mañana. No sabía bien para qué. Al día siguiente, vio a los ancianos que esta vez estaban acompañados de sus nietos. Un evento, de los tantos propuestos por el parque. Por primera vez no vio al señor del banco. Si estaba el de seguridad, que dejo de manipular el celular al verlo. Tenía un sobre marrón en la mano y se acercaba directamente hacia él.
- Buenos días ¿Usted es Tomas?
- Buen día… sí, soy yo.
- El señor Quico me dejo este sobre para usted.
- Ah, muchas gracias- Y el agente se retiro al lugar de siempre. Estaba desconcertado. Y lo estuvo aun más cuando abrió el sobre y vio su contenido. En él había un papel escrito:
“Te mueves como un animal a punto de cazar, que luego de devorar a su presa, se refleja en su rostro el placer de lo vivido. Lo vi en tus ojos”
Estaba acompañado de una imagen. Quico le había sacado una foto mientras él utilizaba a su amiga. Así llamaba a su vieja cámara. Tomas sin soltar el sobre salió corriendo en dirección a su casa. Sin hacer caso a los semáforos y bocinas de los autos, que manifestaban su desacuerdo, cruzo la avenida hasta entrar al edificio. No espero el ascensor, subió las escaleras y entro a su departamento. Revolvió el placard, hasta que encontró la caja. En ella había una imagen que nació en aquel cuarto, el del fondo de la casa de su abuela. La tarde que había llegado a su fin con una tormenta. Recuerda que levanto lentamente lo que tapaba a aquel objeto. Nunca lo había visto pero sintió que iba a ser suyo. Lo manipulo y pudo mirar a través de él. Sin darse cuenta lo disparo y una luz ilumino su rostro. Luego de unos segundos de ruido y creyendo que había roto aquel aparato, algo salió de su interior. La imagen del rostro de un niño que acaba de encontrar un tesoro, había sido capturada por la cámara de películas instantánea de su abuela. El tenía 8 años. Puso esa imagen junto a la del sobre. El niño y el adulto. Una diferencia de años pero el mismo brillo en los ojos. Detrás de la foto, Quico escribió “Tu pasión capturó a mi cámara”. Detrás de la foto antigua, con letra de su abuela se leía la dedicatoria “Para mi nieto Tomy, que observa con todos sus sentidos”. Emocionado, el joven dijo:
- No perdí la magia ¡Gracias viejita linda…! –
Esta es su historia. Tu mirada ¿Con que se apasiona? RVVR