13/03/2026
CONDESA ALICE CHAVAGNAC DE LE SAIGE (1840-1899)
127° Aniversario de su fallecimiento.
Nació el 7 de noviembre de 1840 en el castillo de Cheronne, en Tuffe, a unos 160 km al oeste de París, Francia. Con casi 50 años de edad, recomenzó su vida como ganadera en Resistencia, Chaco, República Argentina.
Era parte de la nobleza francesa, y llegó al Chaco escapando de una situación económica desfavorable. Instalada en las inmediaciones de Resistencia, logró en once años hacer de su establecimiento ganadero el mejor de la zona. La muerte la sorprendió durante el sorpresivo ataque de un malón a su estancia.
La llamaban cariñosamente la “Rosa de Cheronne”, donde conoció al conde Raúl Le Saige de la Villesbrunne y contrajo nupcias. De esa unión nacieron seis hijos: cuatro mujeres y dos varones.
A causa de graves problemas políticos sucedidos en Francia a fines del siglo XIX, la nobleza fue perdiendo sus inmensas riquezas. El matrimonio Le Saige – Chavagnac sufrió estas consecuencias y cayeron en la ruina. Las amargas contingencias empujaron a la condesa Alice a tentar fortuna en América, arriesgándose a hacerlo en compañía de sus hijos Rolando y Javier, quedando al cuidado de sus cuatro hijas el padre, quien por el precario estado de salud que venía sufriendo no pudo emprender esta aventura.
Se embarcaron como inmigrantes, llegando a Buenos Aires en 1888. Inmediatamente, Alice inició los trámites para obtener el permiso de ocupación de las tierras que iba a poblar, con preferencia en el Chaco. Con los documentos correspondientes se embarcó con destino a Barranqueras, Chaco, y llegó a Resistencia en julio de 1888.
Arribaron al caer la tarde y se ubicaron en una modesta posada. La llegada de la distinguida dama despertó variados comentarios, al manifestar que traía el propósito de radicarse en los campos “Arocena” para ocuparse de la explotación ganadera.
La falta absoluta de caminos, la ausencia de poblaciones cerca del lugar, la cantidad de indios belicosos que merodeaban con fine de asaltar y robar, las fieras que habitaban la zona, eran el panorama que debía afrontar. Así comenzó su preocupación y a la vez su heroísmo.
Doña Alice, con sus dos hijos, fue a conversar con el gobernador Dónovan. Le expresó las gestiones realizadas ante la Dirección de Tierras y Colonias. La garantía ofrecida por el gobierno nacional estaba representada por las tropas de línea al mando de Dónovan y su decisión en la empresa.
Le comentó que peones criollos se habían puesto ya a su disposición. El gobernador le advirtió sobre los peligros del lugar, pero al notar la firme decisión de la condesa le ofreció vehículos de transporte y un destacamento de tropa de línea para llegar a destino.
El teniente Acevedo, que conducía al pequeño grupo que acompañó a la Condesa, decidió recorrer los alrededores y dejó en el lugar solo unos pocos hombres. Encontró ubicado en un sitio cercano, al cacique toba Chará, de buen comportamiento y con buenas relaciones con el anterior gobernador, general Manuel Obligado (el grupo estaba cazando y su presencia no preocupó al teniente). Los tobas eran desde siempre enemigos irreconciliables de los mocovíes.
Alice Le Saige había entablado amistad con don Antonio Brignole y su hijo Wenceslao. Él se ocupó de elegir el lugar y ambos se dedicaron a la construcción de la casa, una vivienda de dos plantas; después de un mes y medio se radicó en la “Arocena”. La casa estaba cerca de María Sara, sobre la traza de la vieja ruta 11, paraje al que los lugareños llaman “La condesa”.
A los meses de arribada a Resistencia, la condesa decidió instalarse en una nueva casa en el paraje la Palometa, y para trasladarse encabezó una caravana de tres carretas, cargadas con baúles, provisiones, un piano, y la imagen de Santa Ana, que fue emplazada en el patio.
Acompañada de un piquete de tropas de línea, al mando de un oficial, una vez instalada comenzó la tarea de organizar un establecimiento ganadero. Con el tiempo, llegó a ser el más importante de la zona, desde Las Palmas (Chaco) hasta Reconquista (Santa Fe).
Cuenta la historia que Alice le Saige era una bella dama de 50 años, de rasgos bien definidos en su pura femineidad, pero sin el menor atisbo de coquetería. Muy al contrario, tras la serenidad imperturbable de la mirada, de sus labios normales en una boca más bien grande, se advertía una seriedad sin alarde, exenta de orgullo vano o de afectada humildad.
Cuántas veces la Condesa, añorando su lejana patria, su vida de adolescente y su juventud llenas de lujo y riquezas, habrán caído en un estado de nostalgia, cuando solo las lágrimas sirven de bálsamo al alma. ¡Qué grandioso espectáculo habrá sido contemplar a esta delicada mujer ejecutando piezas musicales de su querida Francia, teniendo por escenario la llanura chaqueña y por marco los inmensos bosques vírgenes que venían a quebrar la monotonía de la pampa.
Una mañana de marzo de 1894, habiendo salido Rolando con un grupo de peones a cumplir las labores habituales en el campo, quienes quedaron en la estancia vieron acercarse por el camino de entrada a una pareja pobremente vestida. Él traía sobre sus espaldas un bulto con ropas y ella en sus brazos un niño de unos dos años de edad. Saludaron humildemente y explicaron que el hombre había dejado un trabajo en un obraje hacía poco tiempo, y que siendo persona hábil, deseaba saber si habría para él y su mujer algún sitio en el establecimiento.
Sin dudar, la Condesa les dijo que no había problema y que ambos podrían cumplir tareas junto al resto del personal. Los hizo acompañar hasta un lugar donde se cobijarían en adelante, y antes de que se alejaran les preguntó el nombre del niño, que se mostraba serio y triste. La madre contestó que su nombre era Genaro. La condesa lo tomó en brazos y apreció su pobre y desaliñada vestimenta.
Desde ese momento, la pareja comenzó a servir en tareas varias, con eficiencia, en tanto el niño se ganó la simpatía de todos, especialmente de Alice, que lo cuidó, lo vistió y lo atendió, compartiendo mucho tiempo con él.
Transcurrieron once años. Sus hijos tenían 25 y 21 años de edad. El 13 de marzo de 1899 se oyeron desde el monte cercano gritos y disparos de armas de fuego. De improviso aparecieron alrededor de ochenta indígenas, a los que acompañaban tres sujetos correntinos: Benito y Julián Borda y Victoriano Paites.
El mayordomo y el capataz Simeón Gómez (mu**to de un tiro) organizaron la defensa y la fuga de las mujeres y de los niños, llevándolos a un campo distante un kilómetro de allí. Cuando la condesa se disponía a abandonar su casa, huyendo del malón, notó que el criadillo —Genaro, de siete años de edad— quedaba rezagado a merced de los atacantes.
Alice, sin medir el peligro, regresó para socorrer al pequeño, pero un indio que estaba en el jardín le arrojó una lanza y la hirió mortalmente. La condesa vio cómo los atacantes se llevaban a Genaro. Ella fue auxiliada por los vecinos más cercanos, que la trasladaron a una casa vecina.
Un chasqui llevó la noticia del ataque a Resistencia, donde estaba su hijo Rolando, quien buscó con urgencia al farmacéutico Olaff With y se dirigieron a la estancia, pero Alice Chavagnac de Le Saige de Villesbrunne ya expiraba.
Al día siguiente, una comisión al mando de un alférez fue a la estancia “Santa Ana”, como fuera bautizada por su dueña. Los indígenas ya se habían alejado convenientemente, llevándose todo lo que pudieron de la casa y algunos animales del corral.
Los restos de la condesa fueron velados en Resistencia y recibieron sepultura en esta ciudad. Actualmente sus cenizas descansan en una urna en el panteón de la Sociedad Francesa de Socorros Mutuos del cementerio San Francisco Solano.
El lugar donde estuvo emplazado el establecimiento Santa Ana está a la vera de uno de los caminos del Chaco y es conocido como Condesa Cué, en guaraní “campo que fue de la condesa”.
En el paraje La Condesa, el tiempo y el abandono devastaron la mansión. Nadie volvió a habitar la casona, recelada hasta por los linyeras como rincón ma***to. En medio de la desolación solo quedaron un pozo de agua y unos lirios florecidos. Un corpulento algarrobo casi centenario, quizá testigo de aquella tragedia, daba sombra a la cruz de madera como testigo solitario de aquella la primera empresaria chaqueña.
Alice fue una he***na en aquellos inicios difíciles de la Colonia Resistencia. La calle 4 de Villa San Martín, que nace en la Avenida Sarmiento de Resistencia, lleva el nombre de Alice Le Saige. Su prolongación recorre la ciudad de Barranqueras.
Es el testimonio póstumo de los sucesos que hicieron legendario el lugar, de una paradójica historia que comenzó en un señorial castillo francés en las afueras de París y terminó años después junto al arroyo Salado.
Fuente: Diario Norte
Por: Poly Pérez Berveraggi
Foto: 14-07-2019 Maria Laje