18/02/2023
Un lugar donde sobreviven ciertas cosas
Sentarse en un banco de la plaza Constitución, caminar por la San Antonio, irse al parque Quintana, a la costanera, pasar por lo geniol. Gualeguay encierra en sus calles antiguas y algo olvidadas tradiciones, sensibilidades a contramano.
Grupos de adolescentes se corren los unos a los otros con baldes con agua y barro, bombuchas y demases. En poco tiempo la plaza es una verdadera batalla campal de agua y risas. Camionetas repletas de gurises alardean desde lo alto y se renueva el contrapunto bélico.
En los barrios, desde la terraza de una panadería otra banda encomiada castiga de agua y de burlas a una señora en bicicleta, al viejo que pasa fumando y, claro, a las pibas del barrio.
Gualeguay resopla su alborada de sencillez y honra.
Ahí donde viven aún mirando las estrellas los sueños de Juanele, de Manauta y de Mastronardi. Ahí donde la poesía se hace corso y se arremolina en un carnaval blanco de diabluras y de risas, donde enchastrar con la espuma pura al otro se vuelve rito, comunión pagana.
Donde respiran las casas bajas de paredes ajadas, donde el ripio esparce bullicioso su color, donde todo parece olvidado, ahí resisten aún, sencillas y diáfanas, casi sin quererlo, las canciones que cantábamos cuando éramos niños.
Camino al puerto y su cielo de agua y de islas ya lejanas. Ahí donde el tiempo se hace eco y descansa.
Ahí donde el tiempo descansa, toma aire, para seguir su arremolinado andar, ahí está de brazos abiertos la hermosa y cordial Gualeguay.
Por Nico Nomás