11/08/2026
LA ILUSIÓN Y LO ETERNO EN LA POLÍTICA CASILDENSE
Había una vez en un Pueblo lejano, lejano en el tiempo y en su propio territorio, casi exiliado de todo, hasta de sí mismo, pero aún conservaba una chispa de ilusión, para salir de su propio exilio estructural alienado. Un día, surge de entre su población... un personaje misterioso, el Señor Momo. (Qué poco creativo el escritor para elegir nombre, pero insiste con el relato).
Surge en las sombras de una página digital anónima. Era de cajón el anonimato. Aun no le daba la cara porque tiraba dardos para herir al político de turno. Era genial, lo lograba en forma de chiste mal contado, y nada te hace reír más que lo mal contado y ridículo. El morbo, el misterio, el aplauso rápido, éxito asegurado. Se servía de los errores y las circunstancias políticas de ese momento, más ciertas apetencias non sanctas. Porque hay que reírse y divertirse, eso es lo importante. La liviandad en la era tecnológica. Pasó a ser el hijo dilecto.
Nunca falta, el viejo arcaico “ético” ingenuo le preguntó, ¿sos vos? ¡No, yo no! Sabés que todo el mundo me quiere y pertenezco a Instituciones respetables. ¿Cómo voy a ser yo?
Resulta que el Viejo más o menos sabía de sus andadas, sabía que venía de un partiducho de izquierda. Luego, el devenir. Cuando el sospechoso vio que la derecha avanzaba, también vio su oportunidad. Y saz, echó mano a su caudal de seguidores. Y al ver que la ilusión y la necesidad de la gente eran grandes, se sacó la máscara, usó el entretenimiento como trampolín y gana punto y banca en el poder.
Qué tal el tipito. Hizo tanto, tanto por su pueblo. En vez de discursos vacuos, antepuso obras de caridad, y así, exactamente creativo y digital, se ganó el corazón de los vecinos. La ilusión colectiva hizo el resto: su pueblo lo subió al máximo sillón local, convirtiéndolo en intendente. El entusiasmo fue tan arrollador y el algoritmo soplaba tanto a favor, que las proyecciones ya indicaban que aspiraba, sin escalas, a la presidencia de la nación. Una maravilla de la modernidad. Porque al fin y al cabo, la vida es un carnaval, y él era el rey indiscutido del corso digital.
Pero a veces, el viento deja de soplar a favor y el miércoles de ceniza llega sin avisar.
La realidad no tiene pantalla táctil y un día la ola digital se pinchó. La estructural intocable siguió su curso y los votantes continuaron con el eterno Papá Noel.